El abrigo

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Era un domingo por la tarde y acababa de salir de la residencia donde vivía mi abuela. Estaba sentada en la parada del autobús. La temperatura había bajado mucho y yo no había salido de casa demasiado abrigada. Tenía frío.

Un hombre de aspecto poco aseado se sentó junto a mí. Llevaba un abrigo que debía haber pasado muchos lustros a juzgar por el número de rotos que presentaba. El pordiosero no lo pensó dos veces. Al verme aterida de frío, se desprendió de su tabardo echándomelo por la espalda.

Al principio, rehusé alegando que él también lo necesitaba. La realidad era que sentía verdadera repulsión por la prenda. Luego valoré el gesto de suprema generosidad que el individuo mostraba ante una desconocida y me lo puse con la promesa de devolvérselo al día siguiente.

El lunes estaba el hombre sentado en el banco de la parada. Le llevé un abrigo de los que ya no usaba mi padre. Ahora era él quien se negaba a aceptar. Le prometí enfadarme si no se lo llevaba. Al fin, accedió.

En uno de los bolsillos dejé un billete de veinte euros.

La tarde del domingo siguiente, al salir de la visita a mi abuela, lo vi sentado bajo la marquesina. Era la tercera tarde en la que lo encontraba sentado en la parada. Se había afeitado y llevaba el pelo arreglado. En cuanto me vio, sonrió y se dirigió a mí.

—Hola, niña. Con el dinero que me diste, he ido a un barbero conocido, me he comprado unos zapatos en el Rastro y adquirí un cuaderno y un bolígrafo. He escrito un relato pensando en ti.

Cuando estuve de regreso en casa, lo leí con curiosidad. Era una verdadera preciosidad. El estilo no me resultaba extraño. Al pie, se encontraba su firma: R. Bosque. Entonces caí en la cuenta. ¡Era el desaparecido Rodrigo Bosque!

Se trataba del famoso escritor de relatos cortos que, de un día para otro, había desaparecido del mundo literario.

Soy periodista y no podía dejar la oportunidad de rescatar a esa vieja gloria.

Por cuarta vez, nos reunimos en la parada.

Al decirle que era conocedora de su pasado, empezó a contarme las razones de su desaparición de la pléyade literaria.

Su esposa, mujer dominante y posesiva, era la dueña de la editorial para la que él escribía. Cada vez le exigía más y más producción. Rodrigo se sentía ahogado y buscó en brazos de otra mujer la comprensión que su esposa le negaba. Como suele ocurrir en estos casos, la infidelidad acabó por descubrirse. Tras el divorcio, él se vio sin dinero y ante las puertas cerradas de cualquier otra editorial.

De esto hacía ya quince años. Ya había pagado con creces su delito.

Mi labor ha sido restituir la fama al escritor que nunca debería haber perdido. He leído otros relatos contenidos en su cuaderno. La magia no ha desaparecido, si bien, un punto de amargura puede apreciarse en alguno de ellos.

Aunque mi pobre abuela ya murió, hoy domingo, tengo una nueva cita con Don Rodrigo Bosque con motivo de la presentación de su nuevo libro de relatos. Va a ser un éxito.


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