Hacia un nuevo amanecer

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HACIA UN NUEVO AMANECER

         A veces las cosas se entremezclan sin lógica aparente alguna, incluso las más disímiles, una frase surge en la mente y se solapa con el vermouth de un domingo a las doce de la mañana, una frase que no significa nada, o cuyo significado, de manera consciente o inconsciente, tal vez ya se olvidó, perdido entre los meandros de un pasado que a su vez también busca acomodarse en el regazo del presente para revivir de nuevo, para remozarse con la savia de lo actual y dejar que su aliento, aunque pueda sufrir de cierta halitosis, envuelva ese vaso de vermouth sobre cuyo contenido líquido se bambolean una raja de limón y dos aceitunas.

           Una frase, una imagen voladiza, ecos de un pasado que se muestra difuso, poblado de sombras, furtivo como un bandolero. Y olores, también olores que aparecen de improviso, a menudo sin correspondencia real con ninguna fuente que los genere, que trascienden al plano físico; olor a espliego que brota del aburrido tratado sobre prácticas jurídicas que estoy ojeando; olor a tarta de almendras en la toalla que seca mis manos húmedas; el aroma de los limoneros al subir las escaleras mecánicas del suburbano. Todo se sobrepone dentro de la mente para latir a un mismo compás, campo y ciudad, infancia y edad adulta, realidad y sueños.

           El pasado busca al presente y el presente se deja querer como solícito amante, aunque no sin reticencias, se apoya en la memoria para conformar un filtro con el que separar grano y paja: esta imagen tiene permiso para entrar, no así esta otra, pasen los hoyuelos que con cada sonrisa se abrían en las mejillas de Marta, al olvido confinada aquella otra mirada torva que anticipaba nocturnas pesadillas, bienvenida la hierba fresca, los campos de amapolas y la yegua tobiana que piafaba al salir de las caballerizas del abuelo Eladio, al exilio del olvido las estampas negras, los sonidos chirriantes, los monstruos ocultos entre las sombras.

           El presente veta así al dolor, a las ausencias, a las cenizas de ese pasado que con arrullos de muchacha mimosa le pretende camelar, pero el dolor, las ausencias y las cenizas encuentran a veces grietas neuronales para colarse, huecos inverosímiles por donde cobran de nuevo vida y despliegan toda su podredumbre, su aguda carga de tristeza. ¿Casualidad? ¿Es mera coincidencia que abra el grifo de la ducha y con el agua emerja la imagen de Cabrerizo, aquel compañero de colegio al que la meningitis fulminara hace ya mil veranos? ¿Sólo al albur se debe que la voz del médico de cabecera haga que de súbito tome conciencia de aquel perro que tanto me atemorizara en las visitas a mi tío Gabriel? Recuerdos que parecían proscritos de la memoria y que, sin embargo, aparecen de pronto, como brutales fogonazos. Miro al cielo y comprendo que su luz, por esplendorosa que sea, está en todo momento expuesta a la tormenta y que las defensas del corazón ceden con frecuencia ante las infatigables huestes de demonios que suben desde las profundidades de la tierra.

           El sol acaricia mi rostro con la tibieza y suavidad de unas manos femeninas, pero sé que si oso desafiar su poder, no dudará en quemarme, en enceguecer mis ojos, en salpicar mi piel de lacerantes ampollas. También la nostalgia acaricia y templa, te balancea con suavidad entre sus vaporosos hilos para adormecerte dentro de una confortante molicie; pero, al igual que el sol, esconde asimismo fuego en sus entrañas, un fuego que de volanta sirve a los demonios desterrados, prestos a reconquistar sus feudos en el alma. De nada sirve componer poemas, bailar descalzo bajo la luz de la luna, dejarse arrastrar por el cadencioso movimiento de las olas, porque los versos pueden terminar consumidos bajo lunas de sangre o devorados por oscuros piélagos donde flotan miríadas de rajitas de limón y parejas de aceitunas. El atrás se confunde con el delante dentro de círculos que se cierran y abren al albur, lo enterrado resurge para volver tal vez a morir y si acaso resucitar de nuevo en una palingenesia de ida y vuelta, y uno se pregunta entonces para qué cantar una canción cuya letra dejó hace tiempo de tener significado o qué séricos besos pueden restañar heridas si ya no hay labios que a fabricarlos alcancen.

           Un estruendo de campanas hace que el cielo se llene de palomas asustadas. Me identifico con ellas, también yo soy un ave llena de aprensiones, de modo que dibujo en el viento formas con los dedos, trazos invisibles que vienen a ser conjuros con los que invocar el poder divino, y soplo luego sobre ellos mediante la palabra amor, que de mi boca surge reveladora, mágica, extática, talismán contra mis miedos. ¿Cuáles son esos miedos? ¿De dónde vienen? El espejo encerrado en la cárcel de mi memoria me sigue ofreciendo estampas vagas, confusas, distorsionadas, en gran parte debido a que me resisto a mirarme plenamente en él, sólo lo hago de refilón, con los ojos entornados, temeroso de la imagen que pueda encontrar tras el cristal. Amor y miedos lidiando entre el presente y el pasado, irreconciliables enemigos que miden sus armas con saña, sabedores de que la sangre del uno es el alimento del otro, que sólo puede quedar uno, y en el clamor de la batalla frases que surgen deslavazadas en medio del silencio, imágenes que van y vienen, corazones con tiza dibujados sobre la corteza de los árboles, risas que retumban como estampidos, intermitentes destellos que relumbran entre las sombras de esa noche interna que pugna por girar, si es posible, otra vez, una más, hacia un nuevo amanecer.

                                                   



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