Intermitencias

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La luz parpadea en el inmenso habitáculo, su intermitencia constante y ambarina se estrella en tus ojos. Las correas que sujetan tus brazos y piernas tienen una sensación acartonada. Sangre seca –piensas con los últimos destellos de tu mente cansada-. Han sido tantas horas –sigues pensando. Exhausta.

Giras tu cabeza y compruebas que hoy las demás camas están vacías. Hoy solo eres tú.

 

Una lágrima involuntaria resbala por tu mejilla derecha cuando las máquinas se encienden nuevamente. La luz parpadeante se refleja sobre esos metálicos y puntiagudos utensilios médicos que te resultan desconocidos, a pesar de tu título de cirujano partero.  

 

Aquí vienen otra vez, entran al habitáculo. Tus latidos aumentan. Respiración agitada.

Míralos a los ojos, no tienen ojos. No son como nosotros.

Luz parpadeante. Intermitencia ambarina. La correa acartonada. El ruido de  las máquinas. Tus lágrimas. 

Aquí están. Están cogiendo los utensilios médicos.

 

Duele mucho.

 

Ruido de las máquinas. Hay tanta oscuridad en ellos. Tanta desesperanza en su energía. 

Tu respiración agitada. Más lágrimas. 

 

Silencio…

 

Despiertas otra vez en casa. Cuando vinieron por mi eran las dos cuarenta y siete de la mañana. Han pasado tantas horas –sigues pensando, exhausta-, pero aquí siguen siendo las dos cuarenta y siete de la mañana.

 

Eso suele suceder.

 

Volverán por ti en la noche, a pesar de tus constantes mudanzas. Ellos no están aquí, tú estás aquí para ellos.


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