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Alzó la mirada al cielo y su expresión se volvió ausente.

-El gato ya está en agonía, yo creo que es mediodía –dijo mientras retiraba las manos de los barrotes y se las llevaba al pecho.

-Sígueme- ordenó amablemente. Caminamos a través del pasillo que formaban las camitas individuales, nuestros pasos resonaban en las bóvedas enormes, vigilados por los Santos con ojos de vidrio; el ambiente siempre era fresco y se respiraba el olor de las constantes capas de yeso que la superiora ordenaba para cubrir los dibujitos de aviones y familias imaginarias.

Llegamos a su cama, justo al fondo del pasillo: Alejito –me cogió de los hombros-, debes ser más sonriente, más normal… en especial cuándo te muestran a las familias, tus cordones deben estar atados y tus zapatos lustrosos. Voy a dejarte mi cajón de ropa, así estarás más presentable. Ah, y acuérdate de mí.

- Tú siempre sonríes y sigues aquí –le dije-.

-Sí, pero ya me voy –contestó frunciendo el ceño. Se sentó en la orilla de la cama. Con un gesto me pidió callar, no quería dar detalles, solo respondió no al preguntarle si lo habían adoptado ya.

-Ahora sí se está muriendo el gato –dijo-.

- No te entiendo, Juanito –respondí-.

-Los gatos se comen el alma de los huérfanos –alcanzó a decir, con las manos en el pecho -, asegúrate de ser más normal, para que una familia te lleve antes de que se coman la tuya.

Inmediatamente sus ojos se fueron a blanco y se fue hacia delante en un movimiento sin resistencia, su cabeza dio contra la cabecera de la cama vecina y giró en un segundo, cayó muerto. Inanimados, sus ojos se quedaron enfocados en las vigas de madera que sostenían el techo. Un hilo de sangre que manaba de su frente se coló por los resquicios en el piso de madera y goteó sobre las hostias que las monjas preparaban a esa hora en el piso de abajo:

¡Milagro, milagro! –gritaban extasiadas-.


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