Relato feminista 3

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Bahía llegó temprano a Constitución. Debía tomar el subte hasta Diagonal Norte. No le gustaba el microcentro, pero se había comprometido con su hermanita a comprarle un unicornio de peluche, el cual sólo se conseguía en una juguetería de Capital.

Era hora pico. Constitución estaba atestada de gente que iba a sus respectivos trabajos; cirujas que pedían monedas en las esquinas; Vendedores que ofrecían chipá, churros, y tortas fritas, y los ladrones de siempre, que observaban todo con sus ojos astutos, esperando encontrar una víctima.

Bahía sentía con cierto regocijo, como atraía las miradas de personas de distintas edades y sexos. Hacía unas semanas se había animado a teñirse el pelo de lila. Era largo y estaba suelto, así que era imposible que pasara desapercibida. Además, tenía un septum en la nariz, que junto con el tatuaje de mariposa en el cuello, y los ojos verdes, hacía que su rostro bello de veinteañera pareciera una obra de arte.

Vestía una linda pollera roja, con botones blancos y un top negro. Esto hacía que las miradas de algunos hombres se desviaran a sus piernas blancas y desnudas, a sus pechos pequeños y tersos. Una vez que les daba la espalda, más de uno torcía el cuello para mirarle su trasero carnoso y prieto. A esos “pajeros” les devolvía una mirada mordaz.

Se sentía fantástica recorriendo esas calles grises, dándole color y gracia con su presencia. Y estaba orgullosa de que su estética evidencie su feminismo incipiente. Su pelo lila, su pañuelo verde atado a su cartera, su andar seguro, y su mirada asesina dirigida a los machirulos que se atrevían a mirarla con excesiva lascivia, eran una combinación que no dejaban dudas: era una chica decidida a hacer su parte para derribar al patriarcado.

Llegó a la estación de subte. Se metió en el vagón justo cuando las puertas corredizas se cerraban. El vagón estaba lleno. Se metió en los pequeños espacios que había entre las personas, y se hizo lugar, agarrándose de un fierro plateado que estaba entre los asientos. En las siguientes estaciones subió más gente, a pesar de que ya no cabía un alfiler.

Bahía estaba apretadísima. Pero sólo faltaban cuatro estaciones más. Debía aguantar.

El continuo roce con los otros cuerpos no le molestaba, porque sabía que esos contactos eran involuntarios. Pero de repente sintió algo duro apretarse con sus nalgas. Se sintió incómoda, pero no se quiso adelantar a los hechos, quizá era un celular, o cualquier otra cosa. Algo rígido y muy resistente. Intentó darse vuelta para ver de qué se trataba, o al menos ver quién estaba a su espalda, pero era imposible moverse. 

En un momento el tren hizo una curva pronunciada, y aquel objeto misterioso que se posaba sobre sus nalgas, se alejó unos milímetros, y por unos segundos dejó de sentirlo. Pero cuando el tren volvió a su camino recto, sintió de nuevo aquella dureza, esta vez pareció que era hincada con la punta de aquel objeto. Ahora comenzaba a sospechar que ese contacto era malintencionado. Además, esa forma fálica que sentía sobre su cuerpo, y a esa altura… Ya no tenía muchas dudas. Alguien no había podido controlar su excitación, cuando vio que frente a él había una chica extremadamente joven, con un culo precioso cubierto por una minifalda.

Bahía había participado de incontables charlas, donde, con sus diferentes grupos de amigas, debatían sobre qué hacer en situaciones así. La mayoría de las chicas coincidía: Ya no había que tolerar esos comportamientos machistas, y abusivos. Si alguien se propasaba de esa manera, había que exponerlo, gritarle delante de todo el mundo, que pase la vergüenza de su vida.

Ella estaba de acuerdo con esas afirmaciones, pero ahora, mientras sentía esa verga erecta frotarse con sus glúteos con mayor vehemencia, estaba petrificada. Sus neuronas parecían haberse muerto. No le nacía la voluntad de resistirse a ese hombre libidinoso. Solo se limitó a removerse de un lado a otro, sin poder alejarse más que unos centímetros. Y cuando lo hacía, el hombre disfrutaba con mayor placer la fricción de su sexo con las nalgas turgentes de Bahía.

La chica buscó con la mirada a las personas que la rodeaban. Quizá alguno se daría cuenta de lo que sucedía, y se animaría a socorrerla. Pero solo encontró miradas vacías dirigidas a celulares. Sólo un hombre elegante de traje le devolvió la mirada, pero ella se dio cuenta de que ese tipo la observaba con lujuria. No podría contar con él.

Ahora el hombre a su espalda se apoyaba sin el menor disimulo. De hecho, no tenía por qué preocuparse. Estaban todos tan pegados unos a otros, que sería casi imposible que alguien notara lo que pasaba. La tomó de la cintura, y realizó un movimiento pélvico hacía adelante. Era como si se la estuviese cogiendo a través de la ropa. Luego empezó a acariciarla con la yema de sus dedos. Dibujaba círculos sobre el trasero. Ella, en silencio, sólo esperaba que todo termine.

Luego sucedió lo impensable. El hombre elegante que estaba frente a ella, le puso la mano encima del muslo, y fue subiendo lentamente.

Por un momento Bahía creyó que estaba soñando. Debía tratarse de una pesadilla, se decía. 

Mientras era manoseada por los dos hombres, el resto de pasajeros no se enteraba, ni se quería enterar de nada. Bahía tenía la pollera cada vez más levantada, debido a los masajes que el hombre de traje le propinaba a sus muslos. Uno de los botones se desabrochó, y ahora la mano se deslizaba lentamente hacía su sexo. El hombre de atrás también se había atrevido a meterse por debajo de la pollera, y ahora estrujaba las nalgas de Bahía con fruición.

Cuando el subte se acercaba a la estación Diagonal norte, las manos se alejaron de su cuerpo. Bahía observó, mientras se acomodaba la pollera, la sonrisa perversa del hombre de traje. Quiso devolverle la mirada mordaz que la caracterizaba, pero no pudo sostenérsela. Al llegar a la estación, la mayoría de los pasajeros bajaron, incluido Bahía y el hombre de traje. El tipo que estaba a sus espaldas, sin embargo, siguió su ruta. Pero ella no se animó a mirarlo. No quería saber cómo era. No quería tener pesadillas con su siniestro rostro. Le bastaba con el recuerdo de ese falo erguido frotándose con ella, y de esas manos patriarcales y malignas, hurgando en sus partes íntimas, con total impunidad.

El hombre de traje, por suerte, se perdió de su vista. Bahía se quedó unos minutos en el andén hasta que quedó sola. Recordó el estribillo de una canción feminista “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía”. Se suponía que al repetirse esta letra debería recordar que no estaba sola, que había otras como ella, y que sufrieron cosas similares. “y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía”, se repetía en su cabeza, pero ese himno no daba resultado. Bahía se sentía sola, indefensa, usada como un objeto, y totalmente impotente. “Y la culpa no era mía…”

Se sentó sobre el banco de metal, se tapó la cara con vergüenza, y se largó a llorar como una niña.


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