EL ANACORETA parte 1

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                                                              EL ANACORETA                                                                 

 

Tenía 24 años cuando decidió apartarse del mundo y dedicarse desde  entonces al retiro y a la oración .El era un fraile capuchino, pero la vida en la comunidad no le parecía lo suficientemente aislada para sus propósitos de meditación y sacrificio a los ojos del creador.

 

Una mañana soleada del mes de junio metió sus escasas pertenencias en una mochila de lona y tras despedirse de sus compañeros se encaminó rumbo al sur, donde tenía conocimiento de que el clima era más templado. Disponía de una brújula y  una cantimplora, instrumentos básicos para sus intenciones eremitas .Mendigaba  al pasar por los pueblos, donde generalmente le ofrecían un plato de sopa caliente y rebanadas de pan, lo cual él agradecía con bendiciones.

 

Pasaba las noches en graneros o al raso según le pillaba, y para la lluvia se protegía con un impermeable muy fino de plástico, que no le ocupaba apenas hueco en la mochila.

Caminaba todos los días muchas horas, excepto los domingos que dedicaba al ayuno y a los rezos.

A finales del mes de septiembre avistó un pueblo pequeño, en el que tras darle alimento y cobijo, le dijeron que ya no quedaban más pueblos ni habitantes al sur, que ellos eran los últimos miembros de la especie humana en esos parajes.

 

Alertado de esta manera, hizo provisiones con las últimas monedas que le quedaban, compró un par de sandalias nuevas (pues las suyas estaban destrozadas por los más de dos mil kilómetros recorridos) y tras introducir en la mochila todo lo adquirido se encaminó a su destino final.

Poco a poco el paisaje se fue haciendo más agreste, lo que le confirmó que ya no había vida humana por esa región. No obstante siguió caminando sin descanso hasta que el terreno se convirtió en un auténtico pedregal, en el que solo había arbustos y flora silvestre. Supo entonces que su morada estaba próxima, pero era indispensable encontrar agua para la subsistencia. Prosiguió su marcha con cautela y al cabo de unos días se topó con un riachuelo por el que bajaba un insignificante caudal de agua, pero que a él le pareció tan caudaloso como el Amazonas.

 

Feliz y contento por el hallazgo, estableció su campamento a la orilla del riachuelo, y dio gracias al señor por haberle traído al lugar de su retiro. Los días  siguientes los pasó inspeccionando la zona, en busca de alimentos para poder sobrevivir. Aunque apenas sabía nada de botánica, se encomendó al sumo hacedor y comió raíces, frutos silvestres e higos de las chumberas y cactus que encontraba en los alrededores. Excepto algún retortijón, que se le pasaba con horas descanso, no tuvo más complicaciones digestivas y poco a poco fue aprendiendo a distinguir entre unas plantas y otras, de manera que llegó a conocer cuáles eran astringentes y cuáles eran laxantes. También conoció los efectos alucinógenos de algunas de ellas e incluso llegó a establecerse dietas distintas para no aburrirse con la monotonía de tan escasa  oferta alimenticia.

 

Como el agua no le faltaba, llegó con el tiempo a preparase sopas y purés vegetales, que calentaba al fuego que hacía con las ramas de los arbustos, mediante la yesca y el pedernal que había traído consigo  en su peregrinaje .Indudablemente comenzó a perder peso de forma ostensible al principio, pero luego debido a sus hallazgos culinarios la pérdida se ralentizó, de manera que conservaba sus energías intactas. Para ello corría todos los días por la orilla del riachuelo durante un buen rato y efectuaba ejercicios gimnásticos antes y después de las carreras.

 

Descontando el tiempo que dedicaba a comer y mantenerse en forma, el resto del día lo dedicaba a la oración y a la lectura de las sagradas escrituras en la biblia que guardaba en la mochila.

Lentamente se fue acostumbrando a esta rutina y llegó el día en que perdió la cuenta del mes en que se encontraba. Todos eran prácticamente iguales entre sí y solo distinguía las estaciones del año por las nubes que se movían por el cielo, que eran muy escasas, excepto en lo que él suponía era  el invierno, cuando algún día caía un aguacero que duraba solo un rato. El resto del tiempo el sol iluminaba el yermo paisaje durante el día y la luna y las estrellas eran sus compañeras por la noche.

Debido a las soleadas y tórridas jornadas, su tez se volvió muy oscura, pese a cubrirse con un sombrero de ala ancha que traía desde el inicio del viaje.

 

Llegó un momento en que ya no sabía cuántos años habían transcurrido desde que estableció  su retiro del mundo, pero al contemplarse las canas de la luenga barba que le llegaba hasta las rodillas, pensaba que eran bastantes. La únicas señales de vida que hallaba a su alrededor, aparte de las plantas que le sustentaban, eran pequeños roedores e insectos que encontraba en sus escaramuzas en busca de alimentos. En alguna ocasión un ave cruzaba el cielo sin detenerse y nunca en bandadas.

También se topaba con alguna serpiente, pero no les hacía frente por miedo a sus picaduras y se alejaba de ellas cuando las divisaba.

Su alimentación exclusivamente vegetariana le fue pasando factura con los años y sus energías fueron menguando, de modo que las carreras y ejercicios gimnásticos se fueron reduciendo, hasta desaparecer .Aun así continuó dando largos paseos por la orilla para mantenerse mínimamente en forma y lograr que los músculos de las piernas se fortaleciesen.

 

Con el transcurso del tiempo sus ropas se fueron deteriorando, hasta el punto de que apenas le cubrían ya jirones de tela por todo el cuerpo. Para entonces el calzado hacía tiempo que se había destrozado por completo y caminaba descalzo por el paraje. Los jirones dieron paso a retales y éstos a su vez dejaron de sostenerse sobre su cuerpo, que quedó completamente desnudo, a excepción del sombrero que resistía bastante bien los efectos de la climatología y lo protegía de una fatal insolación .Una vez desnudo, su cuerpo se tornó negruzco y arrugado, pero para él todo sacrificio era poco con tal de ser agradable a los ojos del Señor.

 

Se terminó construyendo un lecho de hojas, con las que se protegía del frío nocturno, aunque era un parco remedio que apenas lograba calentarle cuando dormía. Tenía sueños repetitivos, uno de los cuales consistía en que otro anacoreta se encontraba justo en las antípodas y que a través de una paloma mensajera se cruzaban mensajes. La amistad llegó a un punto tal que decidieron conocerse, para lo cual decidieron cavar un túnel  a través del cual pudieran comunicarse. Los dos comenzaron la excavación el mismo día y a través de la paloma se transmitían sus progresos. Pero cuando llevaban excavados 20 metros de túnel, éste se derrumbaba con estrépito, sepultándolos entre los escombros. Este sueño le tenía inquieto y no hallaba su significado, pero sabía que tenía que haberlo, pues lo soñaba con mucha frecuencia.


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