Casa celeste

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El azul chirriante y enmugrado de las paredes indicaban que era ahí, porque así se le conocía en todo el pueblo y en las localidades vecinas: la casa celeste. Al fondo una mujer mayor vigilaba la escalera que conducía al lugar de la consulta. Donativo voluntario de cincuenta pesos en la primer cita –decía aquel cartelito triste-, treinta pesos para reincidentes.

Los hombres estaban sentados al lado derecho y las mujeres al izquierdo. En medio un pasillo de piernas que subían y bajaban ansiosamente con el paso reumático de los segundos en el calor convulso de marzo. Cada uno traía el material necesario para su trabajo: azúcar, sal, agua bendita, veladoras blancas. Olía a un sudor picante que espantaba el sueño.

Papá se acercó con el dinero envuelto en el paliacate, aquella mujer mayor de la entrada lo cuestionó: ¿qué es la cosa?

Mi abuelo me cogió de los hombros y se adelantó a mi padre poniéndome delante suyo: es el niño –dijo.

La mujer me miró desde un lugar en sus ojos que no era de este mundo, después miró a mi abuelo: usted no pasa, es peligroso a su edad.

Se dirigió a papá: guarde el dinero para la convalecencia. Le va a hacer falta.

¿Te duele la panza,  muchacho? –preguntó cambiando el tono de su voz a una amabilidad pura. Asentí con la cabeza.

Son los alacranes –dijo-, te están cortando por dentro con sus tenazas, pero ahorita les vamos a dar en la madre.

Se levantó de la silla con dificultad, esquivó el escritorio y retiró el retazo de terciopelo falso que hacía de barrera.  Con su mano nos dirigió: suban, suban, ahorita les ayudan.

Mientras subía la escalera alcancé a voltear y miré a mi abuelo echándome una bendición con la mano, con la otra tenía agarrado su sombrerito en posición solemne, se le notaba que quería llorar.

2

El olor cambió súbitamente al pisar el último escalón, por aquí el alcohol alcanforado, por allá la lavanda rancia de alguna curación pasada, el rastro de la parafina, de la mecha negra de los que se les apagó el cirio antes de curarse. Una silueta me observaba desde el fondo. Todo olía a todo y no pertenecía a nada.

Reaccioné al tenerla frente a frente. Me escrutó con sus ojos claridosos y me dejó una intranquilidad acelerada que solo encontró reposo con el paso de los años y sus amores maestros de combustión salvaje.

Viene mucha gente, pero a ti te estaba esperando –dijo-. Papá no hizo nada, solo escuchaba sin dejar de verla.

Salga – le ordenó ella-, baje con el abuelo. Aquí va a estar su muchacho, no le pasa nada.

Me cogió de la mano y me encamino a la mesa del centro: acuéstate bocarriba y cierra los ojos. Pronto saldrá el sol, pronto.

Obedecí en el acto. La sentí acaballarse sobre mí con un amor de madre no consumada. Con las rendijas de mis ojos vi que empezó a cortar mi ropa en retazos pequeños que iba echando en un balde metálico. Acabó con la camisa y se dio la vuelta sin bajarse de mí; me desabotonó el pantalón, escuché su risa al notar la contracción de mi vientre recatado.

Todo está bien, todo está bien –decía y seguía cortando. Me dejó en la pura ropa interior.

Prendió fuego al balde y aspiraba el humo, después me lo exhalaba por el cuerpo con una cercanía de su boca que hubiese hecho cimbrar los cimientos de la tierra. Al tiempo que lo hacía me llamaba en voz baja: Alejandro, Alejandro, ven que no te encuentro.

Lo repitió con una ansiedad que parecía fervor, hasta que el balde dejó de arder. Yo hubiese querido que el fuego no se apagara nunca, para seguir sintiendo que me moría por ella y con ella.

Me incorporó para colocarme una manta, me hizo beber algún brebaje de sabor amargo. Mi padre subió corriendo al escuchar mis quejidos. Justó entro cuándo mi estómago devolvió tres alacranes pestilentes que ella cogió al instante y metió al balde para ahogarlos con petróleo y prenderlos.

Es todo lo que recuerdo.

Desperté en casa al siguiente día sintiendo que la vida se me había arreglado.

Por la tarde celebramos, ese mismo día cumplía mis diecisiete años. 

Papá la invitó en agradecimiento.

Y ella vino, claro que vino. Pero no se fue, se quedó para siempre, aquí, en el pecho.

 

 

* A Julia y su mirada inquietante.  


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