LOS MANIQUÍES DE TIRSO DE MOLINA

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Una tarde, saliendo del metro de Tirso de Molina, subiendo las escaleras que dan a esa plaza en la que los corrillos de yonquis conviven con el establishment de las terrazas, como un anacronismo de un Madrid que ya no existe, me di cuenta de que los maniquíes desnudos que durante años habían decorado uno de sus balcones ya no estaban. 

¿Se habrían mudado los inquilinos de aquel piso, desalojados por los usuarios de otro Airbnb? ¿Los habrían robado unos chavales en una noche de alcohol y adrenalina gamberra, trepando por la fachada como se trepa por todo lo prohibido en la adolescencia? ¿Habría dejado, simplemente, de estar de moda lucir maniquíes en los balcones, igual que lo dejó pasear Bulldogs franceses por las calles del centro o llevar gafas de pasta sin cristales ni dioptrías? 

Caí en la cuenta, también, que nunca me había preguntado hasta ese día cómo habían llegado hasta allí aquellos maniquíes. Ni quiénes eran sus dueños. Ni había sido consciente de lo mucho que iluminaban aquella plaza. 

A menudo sólo cuando algo se ha ido es cuando nos damos cuenta de cuánto importaba, de cuánto lo vamos a echar de menos. Somos así de mezquinos.

Mi curiosidad duró sólo unos instantes, hasta que algo se cruzó por mis pensamientos desplazando, como siempre ocurre, lo urgente a lo verdaderamente importante.

No sabía cuándo habían desaparecido exactamente aquellos maniquíes. Cuándo había sido la última vez que había despegado la vista del smartphone para mirarlos. Podía haber sido ayer, podía haber sido hace demasiado tiempo. 

A veces las cosas desaparecen mucho antes de que nos demos cuenta de que se han ido para siempre.

Tampoco recordaba cuándo ella había dejado de ser Ella. Cuándo fue la última vez que nos habíamos reído juntos de verdad. Cuándo los nervios me habían encogido el estómago unos momentos antes de encontrarnos en esa misma parada de metro. Cuándo había tenido ganas de hacerle el amor. Cuándo había vuelto a tener ganas de hacerle el amor a todas las demás. 

En ocasiones lo que permanece ante nuestros ojos, sin haberse ido todavía, es un espejismo, porque en realidad ya no está. O al menos no está de la misma forma en la que un día estuvo.

Una de las mayores mentiras es aquello de que “hay cosas que nunca cambian”. Cuando en realidad es justamente lo contrario. Todo cambia permanentemente, todo fluye (que dice Mr. Wonderful), nada permanece. Desde el átomo observado con microscopio hasta nuestras ambiciones, sueños y pasiones, escrutados a través de la lente imparable del paso del tiempo. Un tiempo que lo estropea todo (que dice Gaspar Noé en Irreversible). 

Por cambiar, cambia hasta el recuerdo. La más tramposa de nuestras percepciones. La que moldea a nuestro gusto la realidad vivida, como una especie de salvavidas que encuentra la mente para darnos un poco de tregua, para maquillar una existencia que rara vez coincide con nuestras ilusiones.

Por no fiarte, no puedes fiarte ni del olvido. Pues aquello que crees que allí yace bajo siete llaves, vuelve, renace, en el momento más inesperado y más inoportuno.

Me da miedo que un día desaparezcan también los yonquis de Tirso. Y su Rastro. Y sus terrazas. Igual que desapareció para mí el piso en el que pasé tres años de mi vida. Y con él aquella época de mi juventud en la que parecía que había todo el tiempo del mundo por delante.

Esquivo la plaza todo lo que puedo. Y cuando paso, jamás levanto la vista de mi smartphone. No quiero que desaparezca nada más, ni que reaparezca ella.


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