Todo es relativo

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Estudiábamos en la misma clase en la universidad de nuestra ciudad alemana natal. No era muy bella, no podía serlo siendo una mujer que se dedicaba a las ciencias puras (era su broma habitual) pero su inteligencia brillaba con luz propia. Cuando acabamos la carrera nos casamos. Imposible encontrar mejor colaboradora para mis investigaciones. Todavía tengo la sospecha de que sabía más que yo.

Me siguió por todos los países que recorrí. Me hice ciudadano estadounidense. Cuando nació nuestro hijo mandó a todos nuestros amigos del mundo científico una escueta nota en la que se podía leer:

«1+1=3»

Todos celebraron la ocurrencia menos los matemáticos que, claro está, no lo entendieron.

Soportó con estoicismo las partitas para violín de Bach que interpretaba muchas tardes así como el olor a tabaco de pipa. Dado que soy judío nunca permitió que producto alguno  derivado del cerdo ni especie alguna de marisco entrara en casa. Siendo ella cristiana, remediaba su síndrome de abstinencia marchándose a menudo a comer a un cercano restaurante chino en el que le servían unos langostinos a la plancha que eran su delicia.

Me concedieron un premio internacional de mucha trascendencia y una copiosa cantidad de dinero. En parte se lo debía a ella, pero eso sólo lo sabíamos los dos.

Transigió con todo hasta que un día me plantó las maletas en la puerta diciendo:

—Entre nosotros tiene que haber un fuerte incremento de la velocidad multiplicada por el tiempo.

Estaba hablando, como todo el mundo sabe, de poner distancia entre ambos. Había tolerado mucho, pero con mis repetidas infidelidades, ya no podía.

Nos divorciamos. Muchas veces he pensado que fue una solución errónea por mi parte.

 

 Mi actual esposa es más bonita y alegre, pero entiende la ciencia con la mentalidad de un zueco holandés.

Sigo en contacto con mi ex. Nos escribimos con frecuencia. Entre otras cosas que no mencionaré aquí, en su última carta me decía:

—Mira, Alberto. Estás descuidando tu aspecto físico. Llevas unas melenas de científico loco y esa manía que te ha entrado de sacar la lengua a los fotógrafos te va a costar un disgusto. Tú verás.

 

He llegado a una conclusión:

Con mi primera esposa gané el éxito, con el éxito gané mi segunda esposa.

 

Salí perdiendo.

 

 

 

 


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