Profesionales de la escena

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Escribe, Juanico. Escribe lo que te voy a dictar para que tus hijos conozcan las peripecias por las que pasó su bisabuelo en su trabajo.

Cuando me vine a la capital pensé que, ya que tenía ahorradas unas pesetas, sería una buena cosa dedicarme al negocio del teatro. Siempre me ha gustado ese mundillo y tenía en la cabeza grandes proyectos. Haciendo correr la voz, lo del Facebook no funcionaba por entonces, me hice con un reducido elenco de actores.

Ponían muy buena voluntad, pero poca memoria. El público no nos faltaba porque sabía que la diversión estaba asegurada ya fuera con obras de Lope de Vega, Molière o Shakespeare. Olvidaban los textos e introducían «morcillas» donde les parecía bien.

Poco a poco, nuestras obras iban ganando en complejidad. Representando «Macbeth» hicimos que una bruja volara por el escenario. Cuando la supuesta hechicera (que en realidad era un maniquí) se encontraba muy cerca de las primeras filas del patio de butacas, la cabeza se le desprendió dando con ella en la tripa de un señor muy serio que amenazó con demandarme. El resto del público se había reído tanto que convenció al hombre de que no lo hiciera. Pese a la deficiente calidad de las interpretaciones, el negocio no nos iba del todo mal. Me casé y luego nació tu madre.

Alguien tuvo la feliz idea de incluir un perro que ambientaría la obra «Historia de una escalera». A tal efecto, uno de los actores iba a traer su can asegurando que era un bendito. Ocurrió que la mascota se puso enferma la víspera y hubo que sustituirla por otro perro. La ocurrencia resultó brillante. Cuando no ladraba, mordía los harapos del protagonista. Sólo se calmó cuando dejó su maloliente «opinión» de nuestro trabajo en mitad del escenario.

En una ocasión, mientras se representaba «Las brujas de Salem», el vestido de una actriz se rasgó cinco minutos antes de salir a escena. No había tiempo para coserlo e hicimos lo que pudimos con unos alfileres. Jamás se vio una interpretación mejor de una posesión demoniaca que la que se pudo contemplar en esa velada. La actriz se retorcía, gritaba y lloraba como una verdadera adoradora de Belcebú hasta que abandonó la escena y se desprendió del vestido al que no le quedaba ni uno de los alfileres. Todos los llevaba clavados en la piel.

Recuerdo aquella noche tras la representación de  «Don Juan Tenorio». El actor protagonista vino a solicitar la mano de mi hija. Yo sabía que salían desde hacía meses y que era un buen chaval. Le dije:

—Ya he visto, por tu actuación, que no eres un Don Juan en absoluto. Cásate con ella y hazla feliz.

Así fue como tu padre, felizmente, pasó a formar parte de nuestra familia.

Ya han pasado muchos años. Yo, como sabes, querido nieto, casi he perdido el sentido del oído. No sé si será por esa circunstancia, pero te puedo asegurar que es ahora cuando más buenas me parecen las actuaciones de mi grupo.

—Me dices que quieres ser actor y eso me llena de orgullo. Adelante, Juanico, lucha por ello, pero quiero que seas uno de los buenos.

Estudia y lo conseguirás.

 


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