Soñé con gatos

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Anoche soñé con gatos. Uno era mío, totalmente negro y que yo sospeché que fuese Boris. Una réplica en miniatura de pantera que una vez, ya lejana, fue parte de mi vida por muy poco tiempo, exactamente hasta que se le dio por robarse la carne encima de la mesada, una milanesa, cuando no tuve otra idea que revolearlo a una casa de tapial alto a diez cuadras de la mía. El otro era una gata azul, y estaba sentada sobre un par de piernas hermosas de las cuales no quise mirar la cara de su dueña para no ilusionarme, o lo contrario, que sería mucho peor, entonces me quedé con las piernas nada más. Estábamos los cuatro en el intervalo de una película separados por el pasillo entre las filas de butacas. Las insistentes cabeceadas de mi gato (que también estaba sobre mis piernas) hacia el pasillo me hizo seguir la dirección de su mirada y descubrir la gata azul, y ahí las piernas hermosas. 

   Dale, anímate, le dije a Boris, claro. La dueña de la gata, quizás pensando casi lo mismo que yo, le habría dicho algo parecido a su mascota porque la gata saltó al piso y, por debajo de las butacas, llegó hasta el palco donde se metió por un hueco de una tabla que faltaba. Entonces mi gato fue atrás de la aventura. Después el sueño se volvió caótico donde no faltó un frezzer, un tío despreciable, un caballo medio ahorcado, verduras y un amigo colombiano llevándose un manojo de ajo porro fiado, que yo vendía sobre una manta entre la primera fila de butacas y el palco. 

   ¡Zas, un cuento!, me dije, apenas desperté. Rápidamente, me levanté y fui al baño tratando de esbozar mentalmente la trama de la futura historia. Vaciaba la vejiga cuando sentí como arañazos en la puerta de chapa de la cocina; lo primero que me vino a la cabeza fue alguna chapa suelta del galpón del vecino, pero después oí maullidos: miau, miau. Entonces pensé en un gatito huérfano que alguien había tirado a mi patio como yo hice un día con Boris. 

   La rueda del karma, pensé, conque fui a abrirle la puerta, mientras intentaba recordar si tenía algo de leche en la heladera. Pero para mi sorpresa, y como si se tratara de una extensión del sueño, no era un gatito arañando la puerta en busca de hogar sino el mismo Boris, ¡y dentro de la cocina! (¿Qué otra cosa podía pensar si era igual?)

   ¿Boris?, lo llamé, para ver si era él o no, entonces corrió a frotarse entre mis piernas. Lo tomé en mis brazos, le hice unos mimos y él me devolvió el cariño con ronroneos mañosos producidos por el motorcito interno. Le abrí la puerta y él corrió al cantero de flores donde se puso a regar las plantas. Mientras rastreaba en la heladera a ver qué tenía para darle de comer pensaba en cuál película estaría en cartelera para esta noche. Quizás me encuentre con una gata azul sobre unas piernas hermosas y quién sabe corra el riesgo de mirarle la cara a la dueña.


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