O algo así

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Ella lo vuelve a llamar. ¿Ya van cuántas, diez, quince, veinte veces?, ya perdió la cuenta hace mucho. El no está en el trabajo ni en el club ni en el bar y, claro, tampoco en el departamento. ¿Dónde está entonces? 

   Con otra, con una nueva conquista claro, piensa, como hasta el último día de su vida. Va a perder el pelo pero no las mañas. Ciertamente antes del último suspiro en un hospital tendrá la desfachatez de agarrarle la mano a una enfermera joven, tonta, rubia y tetona. ¿Cuántas veces me dijo que era la última aventura? ¿Y cuántas veces me dijo que yo soy la única? ¿Cuántas veces me juró de manos juntas que ya no está para esos trotes? y sin embargo... cuando no es un cabello pegado del sobretodo es la tapa de un lápiz labial debajo del asiento del acompañante del auto, o tarjetitas perfumadas en la caja de correo. Da para hacer un rosario, un rosario de pecados. ¡Ah, pero siempre las mismas disculpas!, que no se casará nunca porque necesita espacio o que hacerlo significa perder la mismidad. Siempre con un "dejémoslo así que está bien", que "el casamiento mata el amor" y cuanto cuento disfrazado de disculpa encuentra más a mano. ¡Mentiras y más mentiras! Como si no lo conociera. Y ahora resulta que no aparece por ningún lugar. ¿Cuántos moteles hay en la ciudad?, cientos. ¿Y cuántas mujeres solteras?, miles. ¿Y cuántas mal casadas o aburridas?, casi todas las mujeres del mundo. Imposible de calcular. Pero hoy es la última que me hace; la última gota ya rebalsó el vaso y hoy me las paga todas juntas. 

   La mujer busca una silla en la cocina, saca de encima del ropero la caja de zapatos con la pistola que él le compró para que se sintiera protegida por la noches y la mete en la cartera. 

   Mientras el auto corre veloz tragando calle tras calle ella piensa que lo esperará en la entrada y esta vez no lo dejará hablar para que no acabe convenciéndola como siempre. No, esta vez le vaciará el cargador en el corazón sin remordimiento. Al final, tantas veces se lo ha roto él, ¿por qué no una única vez ella?, si la ley de la vida y la razón están de su parte. Lo dejará con las ganas de morirse de viejo agarrado a la mano de la enfermera tetona. 

   Cuando toma la última curva, antes de bajar por la colina, ve que las luces del departamento están encendidas. 

   ¡El maldito está en casa y no me ha querido atender, los mataré a los dos!, grita furiosa pisando más a fondo el acelerador. Al doblar en la esquina ve delante del edificio gente reunida, y la policía y una ambulancia. Siente algo en el pecho. Hay mil doscientas almas viviendo allí, sin embargo piensa en una sola, la de él, la única que le importa en el mundo. Frena, baja y corre hacia el edificio llorando. La policía ha cercado el área. Ella rompe la cinta listada, la verdad no la ve, la verdad no ve nada, no quiere ver nada. Un policía la ataja. Oye que alguien, el portero quizás, dice que la conoce, que la dejen pasar, que es la novia o algo así. Entonces el policía la deja seguir. En la entrada un paramédico la detiene. 

   Lo siento mucho amiga, ha muerto por la mañana, le dice. ¿Quién ha muerto?, se pregunta en silencio, porque si lo hace en voz alta tendrá que oír lo que se niega a creer. Aquí viven mil doscientas personas, por qué tiene que ser... No quiere pensarlo. Ve que la puerta del ascensor se abre, que otros paramédicos empujan una camilla. No quiere, pero tiene que ver, ver que no es él, que le mintieron, que se han equivocado. Hay mil doscientas personas viviendo aquí... entonces por qué... Levantan la sábana para que lo identifique, entonces el mundo desaparece bajo sus pies. Se arroja sobre el cadáver y le pregunta por qué le ha hecho aquello. Le dice que lo del arma es mentira, como en las otras veces; que una vez más va a dejarse convencer, que nuevamente lo iba a perdonar, que nunca tendrá coraje de dispararle. Las lágrimas ruedan por su rostro y le mojan el pecho. Alguien le ofrece un pañuelo, ella lo desdeña y busca en su cartera el suyo. Entonces sus dedos tocan el frío metal del arma, en ese momento recuerda las palabras del portero o de quien sea:  es la novia o algo así... o algo así... 

                                                                        Fin. 


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