Pierre le chef

Por
Enviado el , clasificado en Ciencia ficción
245 visitas

Marcar como relato favorito
Recomendación:
Deviajeros.es - La página de referencia para planificar tus viajes y vacaciones

Pierre le chef subió a la terraza, un piso arriba de su habitación, y contempló el paisaje desolado de su ciudad, tanto como su alma. 

  "Mon Dieu", exclamó. 

   La Torre Eiffel todavía se mantenía en pie, pero se venía abajo; un día abriría la persiana y solo sería un montón de hierros retorcidos y herrumbrados terminando de pudrirse en el piso como el esqueleto de un coloso prehistórico. 

   La mañana estaba soleada, el viento fresco que soplaba desde los alpes suizos se había llevado las nubes que cubrían el cielo de París desde hacía algunos días en dirección al canal de la mancha.

   "Un hermoso día para ir de compras", dijo, aspirando profundamente. 

   Pierre le chef salió del Hôtel de la Tour Eiffel, en el distrito de Gros-Caillou, donde se había instalado después del hecho inexplicable que había acabado con todo el mundo, tirando del carrito de compras. Sorteando escombros y ratas callejeras caminó por la Rue de l´Expisition hasta la Rue Saint-Dominique donde torció a la derecha hasta la Rue Jean Nicot, unos metros más adelante entró en el Supermercado G20. 

   Cargó en el carrito algo de carne congelada de la cámara fría y del depósito que había condicionado para la charcutería tomó queso, jamón, algunos salames, otros tantos frascos con conservas variadas y por último se encaminó a la parte trasera para llenar el depósito de los generadores con combustible.  

   A la vuelta, por la vereda opuesta, hizo una pequeña parada en el Carrefour city donde buscó unas salsas e inspeccionó el generador; después entró en Le Malabar - París, de donde llevó una botella de coñac. Una hora después estaba de regreso. 

   Durante todo el trayecto de ida y de vuelta, sus ojos contemplaron, como siempre sucedía, con sentida tristeza la ciudad en ruinas; los letreros de las tiendas perdiendo los colores, algunas letras; los carteles casi cayendo, oscilantes, medio locos; los pastizales angostando los paseos, obstruyendo las puertas, matando las flores; los gajos de los árboles entrando como ladrones por las ventanas desvencijadas; vehículos moribundos abandonados para siempre donde sus dueños los dejaron por última vez, antes de desaparecer sin dejar un adiós por aquellos días catastróficos. 

   A Pierre Le Chef le gustaba tomar unas copas de coñac después de la cena, casi siempre leyendo a Víctor Hugo, más que a otros autores. Pero esa noche no leía, solo contemplaba las estrellas a través de la ventana de su habitación mientras bebía sentado confortablemente en un sillón. De pronto luces intermitentes empezaron a zigzaguear de aquí para allá sobre el oscuro cielo parisino. Pierre dejó caer la copa y se abalanzó sobre el alféizar de la ventana y siguió, incapaz de pensar cualquier cosa coherente, el vaivén luminoso. Poco después, su emisor pasó cerca del hotel, entonces Pierre pudo ver con sus ojos, grandes como bolas de billar, que se trataba de un disco volador. La nave descendió en Champs de Mars, detrás de La Bomboniere de Marie. 

   Esa noche Pierre Le Chef no pudo ni quiso dormir, subió a la terraza, se envolvió en un edredón y se quedó allí observando el disco plateado, pero se quedó con las ganas de ver algo porque nadie salió del disco. Solo a eso de las diez de la mañana pudo ver los primeros movimientos, aunque por un breve momento. Una rampa se abrió por debajo del disco y una veintena de seres coloridos y bajitos descendieron y se deslizaron a toda prisa hacia los árboles, donde permanecieron hasta que el cielo empezó a nublarse algunas horas después, entonces los vio acercarse al hotel. Pierre pensó que debería bajar a darles la bienvenida. 

   "¡Por fin ya no voy a comer solo!", se dijo contento y bajó corriendo. 

   Cuando llegó a la planta baja los alienígenas ya estaban cómodamente sentados en los sofás de la recepción. Los visitantes galácticos parecían estar hechos de gelatina colorida, con su flacidez y su transparencia, pero con ojos de perrito pequinés y brazos regordetes aunque sin piernas, y lo mejor de todo: hablaban, y en francés. 

    "Díganme, amiguitos, ¿de qué lugar del universo vienen?", les preguntó. 

   "De marte", dijo uno de color azul. 

   "Pero de la parte de adentro, por el calor", esclareció otro, de tono verdoso. 

    "¡De marte!", exclamó sorprendido Pierre, ¿quién diría que los marcianos existen de verdad?" En seguida Pierre se vio rodeado por los marcianos gelatinosos que lo tocaban y comentaban: 

   "Es de carne, es de carne". A Pierre le causó gracia el simpático comentario y pensó que tal vez después de tan largo viaje las gelatinas ciertamente estarían hambrientas. Entonces les anunció que les prepararía algo típicamente francés para agasajarlos. 

   "Pierre le Chef les preparará sabrosos croissants, esperen un poco que ya vengo", les dijo, y rápidamente se dirigió a la cocina donde prendió el horno antes de dirigirse a la despensa en busca de harina, azúcar y levadura, luego se puso a amasar. Una hora más tarde, después de correr como un loco, ya les iba a avisar a los galácticos visitantes que los croissants ya estarían listos cuando, por la ventanita de la puerta, vio algo que lo dejó intrigado. Los marcianos habían formado un grupo, como hacen los jugadores antes del juego; cuchicheaban en secreto y de vez en cuando volteaban y miraban desconfiadamente hacia la cocina. Pierre le Chef entonces fue a ver como andaba el horneado y como no quería interrumpir el parlamento marciano se puso a barrer el piso blanco de harina. Cuando terminó de barrer sacó los croissants y mientras se enfriaban se dirigió a la recepción. No bien lo vieron venir los marcianos se dispersaron. Pierre les dijo que solo faltaba la bebida para acompañar. 

   "Amiguitos ya casi están listos. Ahora les pido que aguarden un poquito nada más que Pierre le Chef ya vuelve, voy a buscar un ingrediente que me faltó. Ya saben croissants sin café con leche no son Croissants", y dicho esto salió del hotel a toda prisa. A pocos metros de la puerta apuró el paso y al llegar a la esquina torció a la derecha, siguió por la Rue Dominique hasta La Pharmacie Parisienne, al rato salió con una bolsa de llena. Cuando los marcianos lo vieron llegar deshicieron el grupo que habían vuelto a formar y se hicieron los distraídos, pero Pierre le Chef había irrumpido de tal manera en el vestíbulo que no tuvieron cómo no mirarlo con atención y asombro: Pierre bufaba como un toro suelto por las calles de Pamplona en plena fiesta de San Fermín. 

   "Ya vuelvo amiguitos", dijo, entre jadeos desesperados. Ya en la cocina puso agua a hervir y cuando el café estuvo listo le colocó leche en polvo y azúcar y luego despejó en una olla grande encima de una mesita con ruedas. Primero llevó al comedor las bandejas con los croissants, después apareció con las tazas y cuando volvió a la cocina para buscar el café con leche sacó de la bolsa que había traído de la farmacia las doscientas tabletas de laxante que encontró y las despejó en el café con leche. Mientras revolvía para que se disolvieran bien Pierre le Chef pensaba: 

   "Muchas gracias por la visita, marcianitos, pero antes Pierre le chef vivo que comido". 

                                                              Fin. 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Diseño web para pequeños negocios, rápido y barato Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed