En el precipicio I

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Estoy en el precipicio, lo veo todo negro, estoy dentro de un saco, con los ojos tapados, no se que pasa, siento la madera bajo mis pies, miro para atrás y entre la tela del saco y entre la venda veo a todos mis familiares y amigos, están todos muy serios, vestidos de luto.

Huelo y huele a mar.

Miro hacia abajo y veo unos acantilados verticales, la tierra es de color gris a vetas, verticales. Sigo mirando hacia abajo, como puedo entre las vendas y el saco, casi no puedo respirar. Así pues, me giro, y tengo otro ángulo de giro. Ahora puedo ver como las vetas verticales se hunden en el mar, el mar que está furioso, el mar que choca contra los acantilados, furioso.

Me siento desfallecer, no se que pasa, no entiendo nada.

Intento chillar, pero tengo la boca llena de algo pastoso, como una bola de algodón, no puedo chillar. Casi no puedo respirar, el poco aire que pasa está viciado. Toda yo huelo a fiebre, a enfermedad, huelo mal. Casi no quiero respirar, pero si no respiro me ahogo. Por lo tanto respiro un hilo de aire, lo justo, para no olerme, y todavía seguir viva.

Miro para atrás.

Veo muchas figuras negras. Ahora, mi madre, coge más importancia, sale a hablar y dice:

-Estoy muy triste de estar en el funeral de mi hija la mayor.

Lágrimas caen por su cara.

Ahí siento lastima por ella, y es mi madre, por muchas cosas que ha hecho en el pasado, no me gusta verla llorar y siempre he hecho todo lo que he podido para mantenerla contenta, hasta negarme a mí misma, con tal de hacerla feliz.

Se que me ha querido más que a mi hermana pequeña, por que congeniamos mejor, tenemos un entendimiento innato que va más allá de la conexión madre - hija normal, y precisamente por esa conexión sagrada, le he dado todo lo que podía y hasta más allá. He ido más allá de cualquier límite humano para nutrirla, para contentarla, para que supiera que estaba por ella.

A veces he creído que hablábamos diferentes idiomas, lo que entiendo ahora es que tenemos estilos diferentes, y que cuando conectamos es cuando estamos en el corazón.

Así pues lloro por ella, hasta que siento que la emoción va perdiendo su poder y la información poco va llegando a mi cerebro y me doy cuenta. ¿Ha dicho el funeral de su hija mayor? Pero si yo soy su hija mayor, la orgullosa cabeza de familia. De hecho, la que ha abierto camino siempre, para todos, para que todos estuvieran en su corazón.

La información poco a poco llega a mi cerebro. Y por un momento que son varios latidos de corazón, no respiro. La información es como un mazazo en mi corazón. De repente me siento vacía, me siento irrelevante, siento que todo lo que he hecho hasta el momento no ha valido.

¿Como es posible que me encuentre en mi funeral? Me pregunto.

Vuelvo a escuchar. Mi madre sigue hablando.

-Era mi hija primogénita, y ahora soy madre huérfana de hija primogénita. Dicen que no hay dolor como el de perder un hijo y que por eso no hay nombre para ello. Y así me siento yo. Que ya no tengo razón para vivir, bueno, me alivia pensar que tengo otra hija. Intento creer que su tiempo en esta vida ha terminado y contentarme con ello. Pero se me hace duro y no se si voy a poder seguir.

Mi madre se llena de lágrimas y deja de hablar.   

Mi cabeza da vueltas, no termino de entender. Pero, ¿de que me he muerto? ¿Que ha pasado?

Sigo mirando al grupo y hay un grupo de personas que sobresalen, se aguantan de pie, pobremente. Y aún así aceptan en el grupo a mi madre y la abrazan. Son mi pareja, mi hija y mi padre se buscan y se mantienen pobremente en pie, se dan apoyo moral los unos a los otros.

Un orador aparece, no le conozco, me suena familiar, un cosquilleo me recorre el cuerpo y aun así no termino de verle, me recuerda a un jefe que tuve, con el que nunca me llegué a entender. Y me lleno de repugnancia. Este hombre que efectivamente es mi jefe, dice:

-Conocí a Maria en una situación muy extraña, como la mayoría de sus amigos, como he ido descubriendo, por todo lo que habéis comentado de ella. Me impresionó mucho su fortaleza, y ahora al oír que era todo una fachada, que era todo miedo a dejarse ver, me da mucha pena, por todo lo que proyectaba. Yo creía en ella y en su fortaleza y espero algún día encontrar a otra socia tan competente como ella aparentaba ser.

Ahí me quedo sin aliento. ¿Habla de mi? ¿De verdad que me admiraba tanto? Y sigo pensando, ¿de verdad el miedo me atenazaba tanto?

La cabeza me da vueltas, intento moverme y siento que estas cuerdas que me atenazan solo se me clavan más profundo, apenas me puedo mover, y con la lengua empujo el algodón hacia afuera. Empiezo a respirar por la boca, por un rato se me va la cabeza, y poco a poco me voy despertando a mi situación.

Mi corazón pasa de super acelerado a poco a poco recuperando un ritmo algo más tranquilo, no estoy calmada, pero por lo menos, la cabeza deja de dar vueltas. Y me planteo, ¿como es posible que haya acabado así?

Vuelvo a mirar al grupo, intentando adivinar qué pasa. En el aire se va detectando un aroma de anticipación y espero que alguien se me acerque a rescatarme.  

Mi madrina está allí, a la derecha del grupo, algo separada, veo que tiene algo preparado. Pero no entiendo. La veo serena, la veo confiada, en su papel como si de una sacerdotisa en su papel se tratara. Veo que su mirada se dirige al otro lado del grupo y miro hacia donde está mirando ella.  

Veo a mi tia, la hermana mayor de mi madre, la cabeza de familia. Ella tiene una cara de circunstancias, una cara que no termino de entender. Se la ve también en su papel, se la ve centrada y con cara de circunstancias. Se la ve preparándose para lo que está por venir. Y pienso en lo irreal del momento.

El grupo, se va calmando, mi madre, apoyada por mi padre y mi pareja, se ha ido serenando. Y se la ve diferente, más aceptando la realidad.

Mi madre, mira a mi tia y le dice en voz alta y serena:

-Inshallah, que sea lo que Dios quiera.

Otro shock, ¿desde cuando mi madre habla árabe? Me pregunto.

Y la verdad es que no me da tiempo a reaccionar, por que en ese momento veo como mi madrina que había estado pendiente, asiente y repite:

-Inshallah.

Mi madrina, abre la caja que estaba cubierta y tapada. Y un gruñido sale de la caja. Veo como el grupo se echan para atrás parecen atemorizados y, a la vez parece como que hay una contención, un nerviosismo que no termino de entender, si ellos se creen que estoy muerta, ¿a qué viene esa contención?


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