La botella voladora (1/2)

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      Como hacía muchos años que no había vuelto a San Petersburgo, llevaba ya varias semanas recorriendo a caballo las tierras del norte de Europa con este propósito, disfrutando de esa deliciosa estación que es el verano. Una soleada tarde hice un alto en el camino, dejando a mi lituano pastar en libertad, mientras yo descansaba tranquilamente a la sombra de un árbol.

      Sediento y hambriento como estaba, extraje del morral una botella de vino excelente y la introduje -el cuello atado a un cordel- en el cauce de un arroyo de agua fresca; al cabo de un cuarto de hora la abrí y, junto a una cuña de queso y una hogaza de candeal, di buena cuenta de ella, hasta sentirme algo achispado. Mi garañón, a lo lejos, levantaba la cabeza de vez en cuando y, mientras masticaba la fresca hierba, me miraba con curiosidad.

      Me froté los ojos cuando vi, a corta distancia, cómo se desplazaba, a través de los caminos rusos, una choza levantada sobre dos enormes patas de pollo, rodeada por una valla adornada con lúgubres calaveras, desprendiendo a su paso olores de carne y vino. No había acabado de salir de este asombro cuando, guiado por el vuelo de una mosca (una de esas moscas limpias del campo, vestidas como por los sastres más sublimes, que se pasean por detrás de las hojas de los abedules), miré al cielo y vi algo que me dejó estupefacto: una mansión-castillo de estilo europeo en forma de tumbada botella de vino jerezana, color verde musgo, incluido graciosamente el tapón de corcho, hecha de ladrillos y argamasa, dispuestos en aparejo inglés, volando por los aires, dibujando un arco perfecto.

      Aunque la visión duró un suspiro, gracias a unos segundos de sobriedad en el general embotamiento de los sentidos, pude observarla, y voici la descripción de lo que vi: el cuerpo de la botella estaba constreñido por un armazón de madera, una decena de larguísimas duelas que aprisionaban, como una gigantesca garra, las tres cuartas partes, teniendo por debajo una multitud de postes de madera, unidos a pares por travesaños en cruz, así como cuatro ruedas de madera, dos grandes y dos pequeñas (estas situadas bajo el fondo de la botella, en donde se intuía una entrada por la existencia de una breve barandilla y el perfil de un entoldado blanco, encima de la cual se hallaba suspendido, por una barra de hierro horizontal, un farol de cristal amarillo, enmarcado todo por un grueso lienzo de contorno escalonado), ruedas de seis y cuatro radios respectivamente, que probarían eventuales desplazamientos terrestres.

      Básicamente, el cuerpo de la redoma estaba dividido en tres secciones. La sección central, más estrecha que las otras, se componía de dos plantas con un alto tejado a dos aguas, rematado por una humeante chimenea de ladrillo rojo. Exteriormente, las dos plantas eran exactamente iguales: un balcón central a ras de fachada con cortinajes a los lados y un sobrecielo blanco; a derecha e izquierda sendas ventanas altísimas y estrechas y, por debajo de todo esto, en listones de madera clara, un exorno geométrico, una hilera de cuatro cuadrados tachados con sendas cruces. El tejado tenía un par de buhardillas, enmarcado a ambos lados por sendos gruesos lienzos escalonados, teniendo uno de ellos, el que miraba a la proa de la nave, un eje con cuatro aspas enteladas (¿morriña campesina?), debajo de las cuales aparecía el vano de una puerta rodeada de cuatro ventanas, las de arriba más pequeñas que las de abajo 

      Por debajo de este molinete, otro de los sectores de la fachada se organizaba en una puerta (con un gran toldo blanco y una ventana larga y estrecha a cada lado) situada en alto, cuyo rellano se sostenía con un arco de mampostería, a la que se accedía desde el exterior mediante una larga escalera de dos tramos desiguales (separados por un descansillo) con una barandilla de madera pintada de blanco. El tejado disponía de cuatro buhardas, siendo las dos de en medio más pequeñas; recorrido por arriba por una sinuosa balaustrada, que enlazaba el susodicho vano de puerta con una torre cilíndrica -con ventanas, vanos de puertas y balconada- de tejado cónico y descendía hasta otra torre redondeada -con vanos de puertas y ventanas- de elevado tejado cónico con un banderín azul en la cúspide, hasta recorrer el curvilíneo cuello de la botella, en cuya mitad se había instalado un gran sombrajo albo provisto de mástil y una bandera gordolobo que ondeaba al viento.

      La tercera zona del frontis estaba formada por una puerta baja, contigua a la parte central, con un rellano apoyado en un arco y medio de mampostería, a la cual se accedía por una breve escalera, unida esta a una balaustrada que rodeaba una alargada plataforma de madera con el lado menor en forma de semicírculo; al lado de la puerta con toldo naranja, un trío de largas, estrechas y combadas ventanas con toldillo blanco; en el tejado surgían tres buhardillas y arriba, en el centro, se elevaba una pequeña torre redondeada con respiraderos y un tejado cónico.

      Del abombado cuello pendían tres plateadas campanas (¿tañidos de júbilo?) y el interior de aquel se iluminaba con una fila de cuatro ventanas. En el hombro de la botella aparecían juntas otras dos ventanas; por encima de estas un farol colgante de cristal violeta y, por debajo, un ojo de buey del que surgía una garrocha, de la que oscilaba un pesado saquito a manera de contrapeso (lo mismo al otro lado).

      Todas las ventanas -más de una veintena- estaban encristaladas y enmarcadas en blanco.

      Grandes, medianos y pequeños árboles de ramas desnudas, invernales, muchas de las cuales sobresalían por encima de los tejados y las cubiertas cónicas, estaban incrustados en la plataforma de madera, con las mondas raíces al aire (arbres morts!), incluso uno pequeño deslucía en la redondeada boca de la botella, dentro de una especie de mirador circular.

      Una multitud de figuras humanas, los inquilinos de la extravagante mansión-castillo voladora, pululaba por todos los sitios: en la plataforma de madera, en los balcones, en la balaustrada superior, subiendo una escalera, bajo el sombrajo, sobre el tejado, en el mirador...

      Sí, extravagante y original mansión-castillo voladora, porque aquella rara invención etérea surcaba los cielos, por encima de los dientes de sierra de las cadenas montañosas, impulsada por no se sabe qué prodigiosa energía; un áncora de hierro (¿embeleso marinero?), en la popa, colgado de una soga completaba el inusitado cuadro.

 


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