El regalo de navidad

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1 - 

Dentro de casa Laurencia contaba las moneditas que guardaba desde hacía mucho tiempo en una lata de galletas en el armario, sobre la cocina y la pileta de lavar, economía extra para comprar un televisor blanco y negro usado en la próxima navidad. "Si Dios quiere", decía a cada monedita que dejaba caer dentro de la lata, y llena de esperanza se santiguaba varias veces, a modo de completar su pedido y le llegara al Creador bien bonito. 

    De pronto oyó que la llamaban. Se trataba de un vecino, que a los gritos de "¡Doña Laurencia!" "¡Doña Laurencia!", la llamaba desde el portón de la calle. Laurencia arrojó las monedas en la lata que le quedaban en las manos y gritó: 

   ¡Ya va!, y enseguida se asomó de la penumbra de la cocina amparándose la vista con ambas manos por causa del solazo que a esa hora de la tarde inundaba el patio de tierra con un resplandor de fuego amarillento casi blanco. La silueta humana detrás del portón enrejado gritó nuevamente "¡Doña Laurencia, apúrese! Venga, venga a ver". 

   Resultó ser don Ramoncito, el viejo solterón que vivía en el ranchito pintado de celeste frente a su casa; con una mano la urgía a acercarse al portón mientras que con la otra apuntaba a un punto de la vereda que el tapial descascarado le impedía ver.

   ¡¿Qué pasó, hombre de Dios?!, se quejó Laurencia. 

   ¡¿Que qué pasó?!, preguntó don Ramoncito, acongojado, que pasó una desgracia, doña Laurencia. "Pero ¿a qué desgracia se refiere?", se preguntó Laurencia por dentro. Y detrás de su pregunta muda recordó que Albertito, su hijo, hoy no había ido a la escuela porque era feriado en el pueblo y ahí el corazón se le encogió, haciéndole doler el pecho. 

2- 

A Albertito le gustaba jugar a Tarzán, pero a falta de una soga para imitar las lianas con que su héroe selvático se paseaba por los aires de rama en rama entre los árboles, lo hacía saltando desde el tapial al ligustro de la vereda, donde nueve en cada diez veces le erraba el manotazo a un determinado gajo y caía con un ruido sordo sobre la vereda de ladrillos. Y en eso estaba esa tarde, después del almuerzo, cuando en un intento fallido había caído de mala manera, dando con la cabeza sobre los ladrillos. Laurencia, al ver entre las piernas de varios vecinos el cuerpo inerte de hijo caído junto al ligustro, dibujó una equis sobre el pecho y pensó en lo peor. 

3-   

   Fue solo una conmoción momentánea, doña Laurencia, debido al golpazo que se dio, pero ya esta bien, la calmó el doctor que atendió a Albertito en el hospitalucho del pueblo. Laurencia le dio las gracias a aquel ángel enviado del cielo para atender las pobres almas que vivían como podían en ese paraje perdido en la sabana desierta, que a su parecer era igual que agradecerle al mismísimo Dios. 

4-   

Los meses pasaron vagarosos como lo son los días de verano hasta que al fin llegó la navidad y junto con ella el televisor en blanco y negro de segunda mano tan añorado. 

   Mientras respondía a voz de cuello "¡Todavía no!", cada vez que el muchacho de al lado le gritaba desde el techo "¿Y ahora, doña?", tras cada giro de la antena, Laurencia pensaba en Albertito, que expectante, aguardaba sentado junto al aparato que mostraba rayas negras horizontales, inquietas como rayos, en medio de un alboroto caótico de puntitos plateados que asemejaban a las gotas de la lluvia sobre el patio encharcado, al son de un chirrido sin vocales, imposible de describir con palabras. 

   Laurencia guardaba dentro de sí la esperanza que el aparato retuviera a su hijo adentro de casa para que no le diera más sustos como el de la última vez cuando casi se rajó la cabeza contra la vereda. De pronto la imagen se estabilizó. 

  ¡Ya está, ya está bien, Raulito!, gritó Laurencia. En eso oyó la voz de su hijo.

   ¿Qué vamos a ver, mamá?, preguntó Albertito, como si su madre conociera la programación. 

   No sé, hijo, vamos a ver qué están pasando, respondió Laurencia, encogiéndose de hombros, y se puso a sintonizar los canales. Pero al tercero Laurencia soltó un "ay" de sorpresa, cuando vio que estaban pasando "Tarzán de la selva", justo cuando el héroe emitía su característico llamado. Laurencia, inmediatamente, se dio vuelta para mostrarle al hijo su héroe preferido, pero Albertito, con los ojos agrandados de asombro y una sonrisa de oreja a oreja, ya estaba con el pescuezo estirado. 

 


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