El lector

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joven presentó la obra ante los enormes ojos del gran maestro. Ni una palabra. La habitación donde este trabajaba tenía miles de libros. Y pensar que todos habían sido leídos. No solo leídos. Memorizados. El joven se encontraba delante del escritor entre escritores. Y no se podía decir que era un hombre ya consumido por la edad. Ni siquiera se acercaba a los sesenta años. Pero siempre se ha dicho, desde Estocolmo a Buenos aires, pasando por Madrid y Estambul, que el maestro había nacido con la bendición de Dios. Al igual que Mozart deleitaba los oídos de los modestos desde tempranísima edad, y sus composiciones asombraban tanto al experto como al simple aficionado, el maestro de la literatura a los 6 años había escrito el primer libro de versos y la primera biografía autorizada de Jorge Luis Borges.

Eso decían.

Pero era mentira.

-No es tu camino la literatura, querido hijo. Busca y encontrarás, estoy convencido, el oficio que hará de ti un hombre útil, laborioso y buen padre de familia.

-Pero he puesto tanto empeño en esta obra, maestro. Llevo diez años trabajando en ella.

-Consumirías tu vida y nada bueno sacaríamos de tu trabajo, el cual seguramente te llevaría a la tumba antes de tiempo.

El joven abandonó la estancia con el manuscrito.

El viento del norte helaba la sangre.

Las personas laboriosas, útiles y con familia estaban en las casas.

Pero él había desperdiciado diez años de vida.

Y llevaba el manuscrito bajo el brazo.

Caminaba sin rumbo. Mirando el suelo cubierto de nieve. En la cabeza bullían las horas, los días, pero sobre todo las penalidades, también la decisión firme de ser escritor ante la zozobra del padre y el llanto de una madre que necesitaba abanicarse y sentarse.

Las carencias, la soledad, a veces, sí, deseada, pero casi siempre grotesca, fría, perturbadora, ladrona de vida.

Los días de júbilo ante el avance. Los días y meses de angustia infinita. Las palabras que se negaban a brotar. Enemigas de él.

Y ahora, en el puente, mirando el río negro con el agua precipitándose ruidosa y hambrienta, nuestro joven solo tiene una idea fija en la cabeza. Su obra y él debían desaparecer. No hay sitio para la derrota tras esta noche heladora.

II

El maestro levanta los ojos tras pasar la última página de la obra del joven.

Los ojos miran con luz prístina al muchacho que hace esfuerzos para no desmayarse.

De repente el maestro se pone en pie y ofrece su mano.

-¿Cómo se llama, joven?

-Segrob.

-Ocupará a partir de hoy este sitio que le corresponde, Segrob. Llevo esperando por usted una vida. Necesito, no, mejor dicho, quiero descansar. Todo lo que ve le pertenece. Es suyo a partir de ya.

-¿Se publicará mi obra?

-¡Qué locura está diciendo! Nadie publicará su obra. Pero se ha ganado el derecho a leer todas las obras escritas y por escribir. Nadie estará tan arriba como usted. Usted, mi respetado joven, no nació para ser escritor. Quítese esa absurda idea de la cabeza. Usted nació para ser lector. El único lector.


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