Amor seco

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DESDE UN COSTADO DEL CAMINO 

De pronto, un punto pequeño empezó a insinuarse donde el camino de tierra se desprende de la ruta 51, como una raíz gris internándose en la llanura bonaerense. Enseguida una polvareda detrás suyo se elevó al cielo, hinchándose en borbollones arremolinados hasta formar una especie de capa gris. Era un camión, dirigiéndose quizás a algún horno de ladrillos de los tantos que se desparramaban por aquellos parajes, o bien a alguna estancia. 

   Ésto fue lo que pensó el hombre recostado en la bicicleta al costado del camino, bajo aquel solazo que parecía querer cocinar todo lo que hubiera sobre la tierra; incluido él, que chorreaba sudor como si fuese una esponja siendo exprimida. Esta distracción le duró un par de segundos, con lo que dejó de prestarle atención al camión y volvió a concentrar su mirada turbia en el rancho que tenía en frente, a unos cien metros del camino. 

DESDE LA CABINA DEL CAMIÓN 

Un bulto insignificante fue tomando forma de gente a medida que el camión se acercaba a él. 

   ¿Y ese ahí?, preguntó el acompañante, señalando a un hombre recostado en la bicicleta, al costado del camino. 

   Vaya uno a saber, respondió el conductor. 

   El hombre tenía la vista fija del otro lado del camino. Ambos ocupantes del camión llevaron la mirada en aquella dirección. Delante del rancho, una muchachita de no más de doce o trece años, apaleaba con una escoba una frazada o colcha tendida sobre el alambrado que circundaba el rancho; a cada golpe una polvareda traslúcida borroneaba su figura; entonces ella se retiraba unos pasos hasta que el polvo se disolvía en el aire y volvía a dar otro escobazo. 

   ¿Será que es un picaflor que le anda arrastrando el ala a la piba?, volvió a preguntar el acompañante. El conductor, todavía mirando a la muchachita, respondió: 

   ¿Debajo de semejante solazo? ¡Qué amor más seco! El conductor iba a soltar una carcajada por su ocurrencia repentina, pero habiendo ya desviado la mirada hacia el hombre, ahora más cercano y distinguible, vio que se trataba de un adulto, al que le dio más de cuarenta. 

   No, no es un picaflor, ése ahí es un degenerado, ¡clavado que lo es!, dijo, en un tono amargo, y añadió:

   Si no es nuevo en el pueblo debe ser un andarillo sin rumbo, que al pasar por acá se antojó por la piba. ¡Ah, si fuera mi hija, le doy una revolcada a ése que por acá no vuelve a pasar nunca más! Esta última frase le salió con algunas gotas de saliva que se estrellaron contra el parabrisas. 

   Enseguida hundió el pie en el acelerador, un poco por rabia, un poco para aumentar la polvareda. Cuando pasó frente al hombre bocinó con insistencia, creyendo que con el alboroto de los bocinazos alguien, el padre o la madre, saldría del rancho y con ello se percatare de la presencia del degenerado que le estaba echando el ojo a la hija. Pero nadie salió, solo la muchachita levantó su mano a manera de saludo. Mismo gesto repetido por el hombre al costado del camino, que levantó una mano pero sin quitar la vista de la muchachita, como si correspondiese al saludo de ella. 

   ¡Degenerado, hijo de puta!, le gritó el acompañante, en medio del estruendoso barullo del motor y los bocinazos, al pasar por él. 

DESDE UN COSTADO DEL CAMINO, CUANDO PASA EL CAMIÓN 

El camión pasó a alta velocidad, tronando y bocinando, mientras alguien gritaba algo que el hombre no alcanzó a entender, pero pensando que lo saludaban, levantó una mano que fatalmente se perdió en medio de la nube de tierra arrastrada por el camión, que lo cubrió por completo y permaneció por cerca de un minuto a su alrededor, pegotéandosele al cuerpo encharcado de sudor. Cuando el polvo se disipó parecía una estatua de barro. 

   Mientras se secaba la cara oculta bajo el polvo hecho barro con una manga de la camisa, una puteada alusiva a la madre del conductor del camión salió disparada con rabia de su boca reseca, disolviéndose en la nada un segundo después. Obstinado, continuó plantado en el mismo lugar. Enseguida su atención volvió al objeto de su acecho, pero cuando llevó la mirada hacia el rancho la muchachita ya no estaba más, había desaparecido. Él lanzó un suspiro de fastidio y volvió a secarse la cara, que de nuevo chorreaba sudor, y por un  momento la mente se le vació de palabras y apreciaciones. Pero como le volvieran las ideas, otra puteada al camionero siguió la misma suerte que la anterior.

   Mientras tanto el sol tenaz, empeñado en secarle hasta la última gota de su ser, continuaba a machacarlo sin piedad. 

DESDE LA CABINA DEL CAMIÓN, UN PAR DE HORAS DESPUÉS 

Un par de horas después, el camión retornaba por el mismo camino y, ya llegando cerca del rancho, el conductor dijo:

   ¡Ja!, parece que el degenerado se las picó. El acompañante agudizó la vista y pareciéndole ver algo más que marcas de ruedas sobre el polvo del camino, señalando con una mano, dijo: 

   Me parece que hay algo tirado junto a la cuneta, del lado izquierdo. 

   El conductor rebajó la marcha y divisando un bulto donde señalaba el acompañante, exclamó: 

   ¡Carajo, si no es el degenerado le pasa raspando! 

   El conductor aminoró la marcha: el bulto era nomás del desconocido. Estaba caído sobre la bicicleta con medio cuerpo dentro de la cuneta seca. 

   ¿Y ahora, qué vamos a hacer?, preguntó el acompañante. El conductor, el entrecejo fruncido, lo miró fijo. 

   ¡Nada!, ¿qué vamos a hacer? Si está mamado ya se le va a pasar la mona y si está muerto que se haga cargo otro. 

   Pero me imagino que le avisaremos a la policía, objetó el acompañante. 

   ¡Sí, y que nos tengan como maleta de loco de aquí para allá por ser testigos presenciales, no señor! 

  Sí, eso es cierto pero de cualquier manera... 

  ¡Pero nada! Nosotros no vimos nada, no oímos nada ni diremos una palabra de esto a nadie, ¿entendiste bien? 

   Sí, patrón. 

   El conductor escrutó hacia el rancho, pero no vio a nadie, apenas un perro flaco que parecía ladrar; después, asintiendo con la cabeza, dijo:

   Bueno, ahora rajemos antes que pase alguien y nos alcahuetee de que nos vio parado al lado del tipo. 

   El camión reanudó la marcha, levantando una nube de polvo que cubrió todo lo que había detrás. Al rato, el camión era un punto pequeño disolviéndose en la ruta 51, rumbo a Carmen De Areco. 


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