La librería del infierno

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Alguien, un guiri que se movía por la ciudad oliendo a puta mierda, escuchó decir a un hombre con una cerveza en la mano y trescientas mil en la barriga: “Performativo, o sea, por el solo hecho de ser nombrado, ya se convierte en acción. Yo paso a la acción, pero necesito que tú pases a la acción conmigo.”

El guiri se puso a pensar en todo el rollo del españolito subdesarrollado apoyado en una pared, con el sol de cara y la barriga echando fuera de la acera a todo bicho viviente.

El guiri se paró delante de una librería vieja, sucia, en tinieblas. Entró. La puerta se cerró para siempre. ¡Es broma!

Un hombrecillo con nariz aguileña y encorvado hasta besar el suelo con la boca, le habló en una lengua bastarda, pero que él sin saberlo sabía descifrar en su cerebro de hombre desarrollado y capaz de hacer fuego.

“Todos sabemos lo que ocurrió en Dallas el viernes 22 de noviembre de 1963. Pero no me interesa resaltar de esta fatídica fecha la muerte de la persona, sino la maldición que cayó sobre la ciudad. Mucho tiempo pasó hasta que por fin se vio libre de ser llamada la ciudad que mató al 35 presidente de los Estados Unidos. Una victoria en fútbol americano y una telenovela bastaron para enterrar al fin el maleficio.”

Y con la misma desapareció en la oscuridad.

“¿Tiene usted libros de Balzac, Cortázar, Lovecraft, autores rusos, Kafka?”

Muchas voces respondieron al mismo tiempo: “Noooooooooooo”.

¿Autores españoles del Siglo de Oro?

El viejo se presentó de nuevo saliendo de uno los bolsillos del pantalón del guiri. Masticaba algo. Los ojos color tierra se apoderaron del corazón del bípedo desarrollado.

“Esta librería lleva abierta ciento cincuenta años. ¿Lo sabía usted? Y nunca antes había entrado un señor o una señora o un hideputa a comprar un libro. Abrí esta librería para que el mundo me dejara en paz. Para ganar silencio. ¿Para comprar silencio? Como prefiera. Es usted, extraño, extranjero, desarrollado, lector, el primero que osa pasar esa puerta que se cerró con impertinencia. Pero antes fue abierta, por vez primera. Violada, pues. ¡Y no, por supuesto que no, aquí no vendemos libros, a nadie!

¿Quién es usted?

El viejo se paseó por la librería sin poner los pies diminutos en el suelo. ¿Volaba? No era volar. Se transparentaba, saliendo y entrando de los libros, escupiendo palabras y enseñando el negro de todos los infiernos de Dante. Y la risa, oh, la risa. Era la tormenta que despierta a los muertos del sueño eterno. El ruido metálico que resuena en el universo y que oyen los locos, los malditos, los poseídos por el mal terrible que empuja a perder la luz y ahogarse en la ciénaga de letras muertas, en descomposición.

Y quieto ante el guiri, apunto este ya de caer y perder la conciencia, la vida, o por lo menos las ganas de volver a preguntar, el viejo respondió con palabras que traspasaban la carne del hombre escandinavo, o de por ahí. Luterano sin duda.

“Todavía nada, hombrecillo. Pero espero muy pronto ser la locura que abarrote tu cabeza de pesadillas y enfríe tu alma con el horror de preguntas sin respuestas.”

 


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