La verdadera historia de la noche de Maupassant

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Tanto frío hacía, que el Sol anunció en el periódico que se rendía. “Pero si vas a vivir más de cuatro mil quinientos millones de años. No nos dejes tirado, amigo”. Ni por esas. Mucho frío. Y es que el sol pasaba varios meses en nuestro pueblo, en nuestra comarca. Para él no había otro sitio en la Tierra con igual belleza, con un clima tan sano, y luego las personas, que para el Sol todos nosotros éramos el no va más de la humanidad. Bondadosos, cariñosos, solidarios, felices, trabajadores, buenos padres, buenos hijos, estupendos amantes y, algo que para él era quizá lo más importante, grandes melómanos. Oh, sí, en nuestro pueblo, en la comarca debería decir, la música, sobre todo la clásica, y tanto la zarzuela como la ópera, son cosas que nos tomamos muy pero muy en serio desde que nos movemos en el vientre de la mamá. Tal atributo para el Sol nos definía como perfectos. Humildemente creo que la estrella erraba un poco. A nadie le amarga un dulce que alguien tan importante vaya diciendo por aquí, o por ahí, que somos el número diez en el terreno de juego. Ni hablar. Pero a veces nos mirábamos al espejo, sugerencia que nos hacía llegar Ramón Olivar, y entonces, vestidos o desnudos, comprobábamos que algo no iba bien, o que algo no era del todo cierto. Y se nos helaba la sangre.

Y con la helada de la sangre comenzó el sol a mosquearse. Y nos observaba con más detenimiento.

Como si desafinar estuviese de moda, el paisano de aquí o la paisana de un poco más allá habíamos perdido el sonido que nos convertía en inconfundibles. Únicos. No teníamos la musicalidad en la conversación, en el movimiento, en el pensar, y mucho menos en el gusto eligiendo compositores, organizando conciertos o promocionado a las nuevas promesas.

El Sol, es cierto, dedicaba poco tiempo a la guerra. Los bombardeos de la aviación enemiga no tenían por qué silenciar el cuarteto francés que se había prometido traer para la celebración de la llegada de la primavera.

Hablamos con él muchas veces. Intentando razonar.

“Querido amigo, ahora toca la defensa de la patria, y la defensa de nuestras familias. El enemigo está ganando la guerra y si la acaba ganando, que tiene toda la pinta de ser así, ni cuarteto francés, ni sinfónica alemana, ni prima donna italiana. Así que usted verá. ¿Cree usted que nos gusta andar pegando barrigazos y dar tiros y dejar que nos maten unos hijos de puta que nos quieren arrebatar los instrumentos de nuestra banda municipal? A ver, responda usted si lo entiende o no lo entiende. Porque mientras hablamos con usted, mire la que nos está cayendo encima. Ala, ¿ve ahí? Ya se ha muerto el cura por culpa de la bomba en la casa de Alfonso. Diga usted lo que quiera. Le escuchamos con el interés”.

Pero no. Que no. Mutismo. Paseo tras paseo y amenazas afrancesadas, como el niño de la peli “Los cuatrocientos golpes” que al final se echa a correr en busca de la playa, en busca del mar. Y eso que el sol tiene más años que el más viejo de todos nosotros.

Pues un día se detuvo en mitad de la plaza y ordenó que dejásemos de pagar tiros. Así como lo están leyendo ustedes. ¡Que pare la guerra, por favor! Y le hicimos caso el enemigo y nosotros, melómanos y muy buena gente.

Yo como alcalde asomé la cabeza y pregunté que qué era eso tan importante que quería decir.

El ejército color sangre y sus aliados llenos de piojos y catarro del malo, pero muy malo, comenzó a impacientarse porque aquello era cualquier cosa menos una guerra como Dios manda.

Y el Sol habló rapidito: “O hay música o yo me retiro para siempre y, señores, que ustedes se las apañen con la Luna. Y saben que yo con esa señora no tengo nada que decir. Donde ella está yo no tengo sitio. Son muchos años de desencuentro como para que ahora me baje los pantalones por un pueblo y una comarca que se deleita más con la pólvora y la muerte que con Telemann. ¡Porque a mí se me prometieron varias obras del compositor del Sacro Imperio Romano para esta primavera, y aquí lo único que se oye es el bang, bang, bang, y ruegos, y quejidos, insultos, y unos silencios por las noches que despiertan a los muertos!

Que nada, que volvimos a la guerra y es Sol se mandó a mudar.

II

Fui yo el que le solté al Sol lo de que le quedaban por vivir esos miles de millones de años.

Y lo hice con la esperanza de que ganaríamos la guerra en un par de días. Pero la guerra se eternizó.

La nuestra, en nuestro pueblo, en lo comarca, se alargó más de dos mil años.

De la música se dejó de hablar y se pasó descubrir el arte contemporáneo.

Todos en el pueblo éramos artistas.

Claudio colgó de una pared de su casa una puerta vieja con la foto de una actriz de cine rubia y guapa de los años en lo que todo era ir con faldas y a lo loco y se hizo más famoso que Fermín, otro de nuestros ilustres artistas, capaz de hacer montoncitos de piedras hasta que llegaban a sobrepasar el Everest y la cabeza de nuestro querido dictador.

Pero la más renombrada de nuestras artistas contemporáneas es Irene M., chica retraída y autodidacta que escribe cuentos para niños con una desnudez del alma que los críticos literarios del mundo entero aseguran que hay en ella una madre universal de las letras. Ya tiene el Nobel, el Cervantes, y mañana, con la presencia de la Luna en primera fila, recibirá de manos de la alcaldesa el título de hija contemporánea, ilustre y fría de nuestro pueblo y comarca.

Ahora, eso sí, no olvidarlo, hacemos vida siempre de noche.

Y nuestro cronista oficial, Bonifacio Reverón de Andrés, acaba de publicar una historia hasta hoy desconocida en la que nuestros antepasados, ¡yo que sé!, digamos que el padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre del padre de mi padre vivían durante el día. ¡Efectivamente! A pleno sol. Y eran, según los últimos datos descubiertos en el adeene de un clarinete extraído de una cueva, melómanos y adoradores del Sol, y hasta hicieron la guerra con mascarillas y sin mascarillas. Y todas las guerras las perdían. Todas hasta que se hizo de noche e inventamos la tiniebla como luz de vida.

Nosotros ni que decir tiene qur adoramos la noche de Maupassant.


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