¡Pero este huevón no la olvida!

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"No se puede olvidar a alguien con quien tuviste tantas primeras veces."

 

Era un viernes por la noche, reunido con mis amigos en una casa. Como siempre, era yo el que traía temas picantes y controversiales a la mesa. Me estaba demorando en preguntar por el novio de nuestra amiga A.

Todos sabíamos que habían terminado, pero, como siempre, sentía la obligación de torturarla.

Lo sé. No soy el mejor de los amigos.

Sin embargo, ante esta injusticia, A. se atreve a preguntar por mi ex. Sabe que esas son arenas movedizas, terrenos inhóspitos para mi mente.

Lanzo mi primera medida de defensa. Una sonrisa.

Luego lanzo la segunda. Responder tranquilo y sin agitaciones.

Sé que la venganza aún no termina y lo siguiente será preguntarme de lo bien que se ve mi ex con su nuevo novio. Me comienzo a preparar para el asalto, pero la nueva novia de nuestro amigo D. interrumpe.

- ¿Terminaste con tu chica?

- Sí, cosas que pasan.

Es nueva en el grupo y no conoce la trágica historia. Como era de esperarse, D. no tarda en reprochar.

- ¡Pero este huevón no la olvida!

Sí. El huevón soy yo. Es divertido para todos. El más cargoso del grupo sigue atrapado en el recuerdo de una relación que terminó dos años atrás.

- No se puede olvidar a alguien con quien tuviste tantas primeras veces.

Díganme si no la saqué del estadio con esa respuesta. Es la frase perfecta para conquistar incluso mientras hablas de tu ex.

- ¡Qué lindo! – dice la novia de D. disuelta en la ternura de mi respuesta – ¿La querías mucho?

- La amaba como no te imaginas.

Me quedo sonriendo.

- ¿Cuál es el recuerdo más bonito que tienes de ella?

Esperen, ¿qué? La novia de D. quería seguir hurgando al igual que toda persona que escucha la historia por primera vez. Pero esta pregunta fue distinta. No se interesó en saber quién fue el culpable.

Ella me preguntó algo que por mucho tiempo he querido contar.

No sé cual fue nuestro mejor momento, pero sí hay uno que hasta el día de hoy me hace sonreír. Aquí va.

 

Llevábamos menos de un año juntos. Habíamos quedado en aprovechar un viernes de feriado para hacer un viaje. Decidimos ir al cráter de un volcán en la cordillera de mi país. Una laguna de agua verdosa se ha formado en el cráter y el paisaje a cualquier momento del día es imponente.

Se podría decir que califica como un viaje romántico. Hay que añadir que se encuentra a más de 3,900 metros sobre el nivel del mar, por lo que el frío se convierte en una invitación para buscar abrigo en el cuerpo del otro.

Reservé una habitación en un hostal a unos metros del cráter. Estábamos listos para salir de la rutina.

Hagamos una pausa al relato porque es importante que conozcan algo. Este fue mi primer viaje en pareja. Tenía 27 años, ella, a quien llamaremos M., fue mi primer y única relación sentimental que he tenido hasta el día de hoy. Tampoco se confundan. Contaba con experiencia, pero no había profundizado jamás en el océano de las relaciones sentimentales.

Y ahí estaba yo. Organizando un viaje corto con alguien que me hacía cuestionarme el porqué demoré tanto en empezar una relación. La vida de pareja me gustaba.

Llegó el viernes. Nos levantamos muy tarde. Sin reproches ni apuros nos reímos de nuestro descuido y con calma salimos en dirección a la terminal de buses.

Tomamos el siguiente micro con destino a una ciudad a 2 horas de distancia. Allí tomaríamos otro.

Eran las 2 de la tarde cuando tomamos el segundo bus. No había asientos libres, así que nos acomodamos en la parte delantera junto al conductor. Fue un espectáculo ver como el diestro chofer conducía ese enorme vehículo por caminos estrechos a las orillas del abismo mientras subía las montañas de la sierra ecuatoriana.

A las 3:30 de la tarde estuvimos en el otro pueblo donde tomamos un vehículo pequeño hasta las orillas del cráter. 30 minutos después llegamos. Nos chequeamos en el hostal, dejamos nuestras mochilas y salimos corriendo para aprovechar la poca luz natural que nos quedaba.

Un mirador enorme nos recibió y pudimos divisar un paisaje hermoso. Recuerdo claramente el agua color esmeralda de la laguna y las montañas que besaban las nubes. Un nevado a lo lejos me hizo recordar el frío que nos esperaba esa noche.

Regresé a ver a M. Ella contemplaba el paisaje como si estuviese prohibido pestañear. La tomé de la cintura y le di un beso. Sencillo. Mi otra mano en su mejilla. Nos sacamos una foto, una selfie, con la laguna de fondo.

Éramos una pareja de portada. Ambos muy altos (el promedio de altura entre los dos es de 1.80). Ella blanca como la consciencia de un recién nacido. Yo moreno como el chocolate.

Era muy tarde ya para bajar al cráter. La caminata tomaba 40 minutos de bajada y 1 hora y media de subida. Decidimos dejar ese recorrido para el siguiente día. Así que recorrimos el pequeño pueblo y compramos unos guantes para soportar el frío. Comimos algo rico y nos tomamos unos vinos hervidos que calentaron la sangre.

Anochecía y caminamos al hostal. El frío caía y nos provocaba meternos bajo las cobijas. El servicio en el hospedaje nos ofreció leña para encender la chimenea. No se diga más dije yo y al calor de los leños encendidos nos metimos en la cama.

Las sombras de la habitación caían sobre nuestras caras. El sonido del fuego nos arrullaba. Aunque no dormimos. O bueno, sí. Pero después de hacer el amor. Caímos rendidos, víctimas del viaje y del placer.

Abrí los ojos mientras intentaba descifrar la hora del momento. Tenía la nariz helada. Le di un beso a M. y despertó al instante.

- Amor, tengo hambre.

Éramos dos. Me rugía el estómago, pero no sabía si faltaba poco para desayunar o era de noche aún. Vi mi celular y apenas eran las 9pm.

- Vamos a la cafetería. Seguro tienen comida en la cocina del hostal.

No tardamos y en dos minutos salimos de la habitación. Sin embargo, el frío había motivado una cuarentena. No había nadie fuera. La cocina estaba a oscuras y no se veía rastro alguno de la administración.

Salimos al pueblo y encontramos lo mismo. Restaurantes cerrados y luces apagadas. Nos frotábamos las manos y con las bufandas cubríamos las orejas. Comenzamos a caminar abrazados porque el frío así lo exigía. El ruido del viento nos hacía levantar la voz para poder escucharnos a pesar de estar cerca.

De regreso nos fijamos en un hostal con luces prendidas. No lo habíamos visto antes.

- Amor, parece un comedor – grita M. mientras cambiamos nuestro rumbo en dirección a aquel hostal.

Abrimos la puerta y nos encontramos con mesas y sillas. En una de ellas estaban comiendo tres jóvenes que parecían ser trabajadores del lugar.

- Buenas noches. ¿Tienen algo de comer?

- Buenas noches, no nos queda nada.

Qué desilusión. Vuelvo a insistir y la joven me pide un minuto para preguntar en cocina.

Regresa con una gran noticia. Queda sopa de fideos, un choclo (maíz o elote) y pan para hacer sándwiches de queso.

Nos vemos con M. y nos reímos. Sin decir más nos sentamos y pedimos los platos de sopa, el choclo y dos sándwiches.

La sopa llegó humeante a la mesa y el queso de los sándwiches estaba tan derretido que se podía estirar algunos metros. Regreso a ver a M. y la observo disfrutar cada cucharada. Me mira, me sonríe, se acerca y me da un beso.

 

 

Fue allí.

 

 

Fue ese el momento que me volvió totalmente vulnerable ante ella. Fue ese el momento que terminó de destruir todas mis barreras. Fue ese el momento en el que decidí darle el timón del barco al corazón.

Fue ese el momento que me abrigó el alma.

Se me humedecieron los ojos, así como se humedecen mientras escribo este relato. Volví a mi comida que se enfriaba a la velocidad de la luz.

Ese fue el mejor viaje, la mejor cena, el mejor beso, el mejor momento que recuerdo con ella.

Después de aquel viaje vivimos muchas cosas más que quedarán solo en recuerdos. Recuerdos que este huevón no olvida.

Es que, no se puede olvidar a alguien con quien tuviste tantas primeras veces.


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