La botella voladora (2/2)

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      Nada más ver esto, mis párpados cedieron y me quedé profundamente dormido, tendido en la hierba. Así estuve varias horas, hasta que me despertaron los relinchos de mi caballo. Después de refrescarme la cara y volver en mí, palmeé su cuello y puse el pie en el estribo.

      A los pocos días por fin llegué a mi destino: San Petersburgo, la capital de Rusia. Me provocó una sonrisa que aún circulara la anécdota, según la cual tiempo ha un extranjero había irrumpido en la ciudad montado en un trineo arrastrado por un enorme lobo que la diñó al final del trayecto. El lobo (¡lo vi!) había sido disecado y aún enseñaba los agudos dientes en una armería (Armería Merino, regentada por un sevillano rusificado que así exorcizaba los fantasmas de los lobos de su niñez montaraz, cuando los hijos de la noche aullaban a la luna y diezmaban los rebaños de ovejas merinas de su padre, de oficio pastor) y del extranjero se sabía que era un noble centroeuropeo que, tras una corta estancia, se había enrolado en el ejército ruso para luchar contra los turcos, consiguiendo memorables victorias (alors, acertaron de pleno).

      Tras unas breves pesquisas, no me resultó difícil hallar la casa de un antiguo y conocido general, de tez cobriza y grandes mostachos canosos, entero salvo la tapa de los sesos, perdida esta en batalla contra los otomanos (posteriormente sustituida por una lámina de plata), con la cabeza siempre cubierta por un sombrero, gracias a lo cual podía permitirse beber cuanto quisiera y no embriagarse, pues le bastaba levantar levemente el sombrero y, a su vez, la tapa argentada para que las nubes espirituosas se esfumaran.

      Cuando llegué a la casa en cuestión, la hallé muy concurrida. Allí me enteré que el viejo general de risueña expresión, antaño sufrido objeto de mis bromas llameantes, había perdido su última batalla (esa que perderemos todos y cada uno) y acababa de ser inhumado, a cuyas exequias había asistido media ciudad y el único de sus hermanos, un sexagenario tipo rechoncho, barbado y de mejillas redondas y rojas como manzanas. Tras identificarme ("Ante vos el Barón Munchausen. Os presento mis respetos y os ofrezco mi amistad, si de buena gana la aceptáis") y expresarle mis condolencias ("Una pérdida terrible. Lo lamento por vos. No debe ser fácil lidiar con el dolor en estos difíciles momentos") me invitó a sentarme y compartir una botella de aguardiente.

      "Mi hermano, Excelencia -dijo mientras llenaba un par de vasos fríos con vodka de 40 grados y exprimía levemente sobre ellos medio limón-, era un tumbacuartillos al cubo, un dipsómano incorregible. Como yo, aunque en menor medida que él. Ambos heredamos de nuestro difunto padre (se santiguó) esa afición por el alcohol. Afición nada recomendable, destructora de hígado, de estómago, de páncreas, de corazón, y lo que es peor, de familia; por fortuna, ni yo ni mi hermano formamos ninguna, tal vez escarmentados por la nuestra propia. Una afición, creo, inherente a nuestra naturaleza. Innata. Habíamos nacido alcohólicos, por así decirlo, una suerte de predisposición ab ovo. En mi caso, alcohólico e inventor. (Hizo una pausa y bebió de un trago su vodka aromatizado con jugo de limón. Yo hice otro tanto. Volvió a llenar los vasitos y, tras chasquear la lengua, continuó): Sí, desde muy joven me gustó el aguardiente y la ingeniería, a partes iguales, de tal forma que, pasados los años, entre trago y trago, entre curda y curda, después de concluir los estudios pertinentes, en la edad adulta, luego de múltiples aciertos y fracasos, de infinidad de pequeños inventos que me enriquecieron, decidí dar el triple salto mortal y construir mi obra maestra: una nave voladora con la forma de... ¿a que no adivináis cuál?"

      Respondí: "De una botella de vino verde musgo".

      Sorprendido, exclamó: "¡Ah, la habéis visto! Muchos lo han hecho y se han vuelto majaretas, perdido la chaveta. Pero así es, existe. No es ningún sueño. Mejor dicho, es un sueño hecho realidad. Mi sueño. Unir en una sola cosa mis dos grandes pasiones: la invención y el acohol. (De nuevo empinó el codo para deslizar por su garganta el chupito de vodka con el toque limonado, acción que gustosamente imité. Mientras repostaba los vasitos prosiguió): Y lo más curioso de todo es que mi botella voladora funciona con alcohol. Kilolitros de alcohol en deflagración a través de un ingenioso y novedoso sistema de propulsión. Una botella con alcohol dentro (nada original, ¿verdad?) Da igual que este sea barato e imbebible y aquella sea gigante y hecha de albañilería. Nave y mansión-castillo a la vez, con ella viajo por todo el mundo -yo y mi comitiva (operarios, doncellas y criados)-, pues además de vehículo es una rica mansión, con decenas de estancias y todas las comodidades imaginables. La única diferencia es que todo, las sillas, los armarios, las lámparas, los espejos, las camas... todo está clavado para evitar el caos y la destrucción con el movimiento. ¿Cómo nos financiamos? En estos tiempos de guerra contra los turcos, hacemos las veces de espías alados. Observando y registrando minuciosamente, desde nuestra privilegiada atalaya, las maniobras tácticas del enemigo, para más tarde vender esta dorada información al servicio de inteligencia ruso. Los generales son nuestros más fervorosos partidarios: saltan de alegría cada vez que los visitamos con nuestros cartapacios, y no vacilan, mediante los delegados gubernamentales, en satisfacer nuestras ¡nunca mejor dicho! altas exigencias pecuniarias. De vez en cuando, un adinerado comerciante y su esposa contactan conmigo, a través de mis representantes en tierra firme, y los trasladamos a grandes distancias, a visitar países exóticos, en fabulosos viajes de esparcimiento y/o de negocios, con la condición de no divulgar detalles y pormenores de mi máquina volante. Cosa, lo sé, harto difícil de mantener".

      Tras vaciar de nuevo el vasito de vodka matizado de limón, el quimérico inventor concluyó: "Mañana, Excelencia, partiré hacia la China, donde me espera impaciente el Emperador Quianlong: desea sobrevolar su reino y ver la salida del Sol desde el monte Tai. En cuanto a esta casa y todo lo que contiene, salvo unos pocos recuerdos personales, he acordado con las autoridades de la ciudad su venta en almoneda y que los beneficios obtenidos sean repartidos entre los humildes. Os invito y animo, querido Barón, a que viajéis conmigo en mi botella voladora, pues me agrada vuestra compañía, y de este modo podréis probar la excitante sensación de volar y conocer de primera mano sus entresijos mecánicos. Un privilegio sólo al alcance de unos pocos".

      Aquello era desmesurado. Una tentación y un regalo demasiado seductores para rechazarlos. Una oportunidad única, no tanto de volar (cosa que ya había hecho muchas veces; creo que aprendí a volar antes que a andar), como de hacerlo con relajación y confort, además de descubrir el milagro de la máquina volante, viajar hacia el Oriente, atravesando sus incontables ríos, valles y montañas, llegar hasta la China, donde todavía no había estado, y si llegara la ocasión, conocer en persona a su mismísimo Emperador.

      Bebí mi vodka cítrico tout à coup, no tanto para decidir en el ínterin como para calmar la excitación que bullía en mi interior.

      Contesté: "Será para mí un honor y un placer aceptar vuestra amable y sincera invitación".

 

 

*Este cuento está inspirado en la ilustración titulada "Botella volando", de Sergey Tuykanov. N. del A.


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