Perdóneme, Sr. Eminencia

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Era todavía muy joven e inseguro, pero engreído y ambicioso. Comenzaba a escribir y mis cuentos eran –aún lo son– francamente ridículos, sensibleros y de lo más ordinario, sin ningún ápice de genialidad ni talento; sin embargo, para mí, en mi anublada cabeza, eran los mejores del mundo (los relatos de Jack Keroauc, por ejemplo, comparados con los míos, no eran más que parrafadas de adolescentes burgueses aburridos); no hacía mucho que se había inventado el internet y los publicaba de manera anónima como recién salidos del horno con un eficiente copy-paste de Word a la página web. Por los números y likes que acumulaba, me creía un genio. Assimov, Stendhal, García Márquez y, especialmente, el zoquete de Vargas Llosa (esa basura imperialista), podían besarme el trasero.

Recuerdo que había llegado por casualidad a un post de Facebook –la suerte que tuvo ese nerd de Zuckerberg no deja de asombrarme– de uno de los escritores contemporáneos más renombrados de mi pueblo, y que en ese momento radicaba en París; sus libros habían sido publicado por todas las editoriales conocidas del planeta, tales como Seix Barrial, Mondadori, etc, y tenía reseñas literarias del New York Times, el Boston Globe, El País, el Bild , Le Monde, y muchos más. Yo me había convertido en uno de sus lectores y comentadores recurrentes, ya que sus posts, en su mayoría, eran sardónicos y hasta divertidos.

A mí, no obstante en honor a la verdad, de todos sus libros sólo uno me gustaba, “Los pendejos se hacen a sí mismos por convicción”. Era un escritor mordaz y picapleitos; en cambio, tenía un alma tan dulce y samaritana que cualquiera se animaba a verle la cara de tonto. Solo tenía un defecto: era endiabladamente pretencioso y narcisista, ah, y a pesar de ser un excelente prosista, era una nulidad como poeta. Yo no lo sabía.

Cierta vez, publicó un poema que él consideró una eminencia literaria. Para mí no tenía la calidad suficiente. Y lo peor es que se los etiquetó a todos sus editores internacionales que comenzaron a lanzarle grandes vítores. El poema decía así.

A la flores

"Las flores del romero,
niña Isabel,
hoy son azules,
mañana miel.

"El jazmín es una flor,
no vividora
ya que no dura horas

¡Rayos de estrella!
El ámbar es ella
aprended, flores, de mí
entre ayer y hoy,
maravilla fui,
y sombra mía aún no soy".

Impertérrito en mi opinión y molesto por tan burdo “crimen poético”, le escribí en los comentarios:

“Apreciado amigo mío, siento decirle que, a pesar de que lleva la prosa en sus adentros, usted nunca llegará a ser un gran poeta. Su poema carece de lo que es principal en la poesía: LIRISMO; y en vez de ser un canto a las flores, se convierte en una adulación a su persona. Atentamente, un lector asiduo de su obra.

La que se armó en la sección de los comentarios. Como pude, me di a la tarea de capear la guerra fratricida de proporciones épicas que se libró entre sus seguidores y los que defendían mi postura. Fue inútil. Me llenaron el buzón de notificaciones inservibles.

“Dios se apiade de tu alma, fariseo del diablo. Tienes el infierno ganado, ignorante”, me escribían.

“No juzgues para que no seas juzgado, basura de mierda.”

“Quien sos vos, hijo de puta, para decidir qué es bueno y qué es malo.”

Pero el mensaje más duro vino del propio creador. Me escribió:

“Se ve que sos una persona inteligente. Me gusta. Pero no, lastimosamente, no puedo tomar tus palabras en serio. NO SOS UN CRÍTICO LITERARIO importante, no tenés siquiera una carrera como ESCRITOR o EDITOR, nunca nadie ni ninguna editorial internacional te ha publicado trabajo alguno, ni siquiera un maldito cuento. En una palabra, SOS UN MALDITO DON NADIE.”

¿Qué si lloré? No; en cambio, decidí rehacer el poema en plan de venganza y distribuirlo en la internet atribuyéndolo a su nombre. Escribí:

“A las flores

"Las flores del romero,
niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.

“Flor es el jazmín, si bella,
no de las más vividoras,
pues dura pocas horas
que rayos tiene de estrella;
si el ámbar florece, es ella
la flor que él retiene en sí.
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y sombra mía aún no soy".

Pronto el poema fue tagueado y compartido miles de veces en Facebook; apareció posteado por todas partes, hasta en las postales del día de la Madre. El escritor quiso detener el bulo y la chanza pero se vio superado por la cantidad y calidad del poema. Yo me sentí realmente satisfecho.

Muchos años después, sazonado ya por la vida, mientras releía a los clásicos de mi patria, me topé con uno de sus libros. Abriendo extremadamente los ojos, me di cuenta que en realidad era un genio. Me avergoncé de mí mismo. Viaje a París enseguida, pregunté por su apartamento y pronto di con él. Vivía con modestia y dificultades económicas. Andaba en silla de ruedas, rodeado de su familia, su excepcional familia. Todavía tenía ese carácter alegre y despreocupado.  Bajé la mirada y lloré por mis errores. No hice mención de lo sucedido tiempo atrás.

Simplemente me arrodillé acongojado, le tendí la mano y dije:

“Perdóneme, Sr. Eminencia”.


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