Resurrección

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Cuando vi la fotografía, mis lágrimas, profusas, inundaron el arco entero de mis pestañas y comenzaron a caer, gota a gota, pasión a pasión, de forma descontrolada, sobre la página satinada de aquel viejo libro. Muchas imágenes vinieron a mi mente, imágenes familiares, conyugales, filiales, que creía pérdidas o que ocasionalmente me llegaban como en una especie de deja vu, de las que solo me bastaban su sola avenencia para estropearme el día. Era previsible, pues, que sintiera un dolor autodestructivo en lo alto del pecho y que el poder de su asombro no me dejase siquiera respirar. La amaba y ella me amaba, y me trató siempre como si yo fuera su dios predilecto.

Por ello, ahora que tenía aquel retrato en mi mano, temblaba; alcé el libro, le eché una mirada tierna, sumergí mi nariz en sus páginas amarillentas, y aspiré profundo, como si quisiera volver a sentir el delicioso olor de la piel de aquel ser que había sido el único acierto en mi vida, y que se había marchado para siempre hacia los confines de ese lugar incógnito que, obviamente, nadie conoce, pero que todos alcanzaremos algún día.

Sabía quién era el sujeto de la fotografía, el escritor León Tolstói, a quien admiraba mucho y había leído desde siempre, pero nunca lo había visto de una manera tan personal y tan cercana. Aquella fotografía, extraña, atrapaba el prurito de su alma. Su visión, inesperada, impresa en aquella hoja de papel brillante, ese descubrimiento íntimo mío, me dislocó psicológicamente, dejándome perplejo.

Se veía tan natural, tan humano y tan familiar, que pronto evocó en mí algo que yo había desechado a golpes de ira y negación desde lo más recóndito de mi apagado interior: su mirada.

Esa mirada franca que ambos poseían, Tolstói y mi mujer, y que tenía el poder de subyugar a cualquier voluntad, por terca que fuera, para enderezarla por el camino del bien con la dulzura de la razón y el amor, y a la que yo, un imbécil bien pagado de mí mismo, había hecho entristecer por muchos años.

“¡Yo nunca me equivoco!”, solía gritarle, mientras aventaba la hoja de la puerta y me marchaba al porche, furioso, con ganas de fumarme un cigarrillo.

Aunque Tolstói era un soñador temperamental, muchas veces autoritario, el típico profeta loco, a lo Rasputín, desclasado, que había brotado de las entrañas del inmenso campesinado que da vida a la gran matria rusa, mi mujer, una mujer libre y moderna, era lo opuesto: sosegada, silenciosa, diligente y muy capaz. En una palabra, era prudente, pero también una feminista decisiva y perspicaz; sabía manejar los tiempos y el ritmo de los eventos.

A la hora de acostarnos en la cama, llegaba despacio, me acariciaba el cabello y entonces me daba un beso en la frente.

“Román”, me decía en susurros, “tranquilo. Todo estará bien”.

Ahora me daba cuenta, de nuevo, mientras me restregaba los ojos, como muchas veces antes me había dado cuenta más allá del luto, que existen seres, voluntades y existencias tan ricas emocionalmente, que nos desnudan como lo que realmente somos: un cadáver seco e hipócrita, que no tiene más arma que despotricar contra todo aquello que atente con resucitarnos por la vía del amor y el conocimiento.

Entendía en ese momento, a través de los ojos eslavos de Tolstói, asombrosamente similares a los de mi mujer, y a través de su camisa campesina, a través de sus botas lodosas, a través de su pipa sucia y a través de su gorro militar de noble despreciado por su propia clase, que no había otro camino para la redención que el arrepentimiento, el desprendimiento, la humildad y el verdadero amor.

¡Cuántas veces el egoísmo me hizo quedar en ridículo como un pedante estúpido y soberbio a los ojos de mis pupilos y, sobre todo, a los ojos de aquella espléndida mujer! ¿Podrás perdonarme? ¿Podrás disculpar los errores de juventud de este hombre viejo y decrépito que está punto de exhalar su último aliento? Fui un egoísta. Y, lo peor de todo, me enorgullecí a cada minuto de ello, y lo disfruté, como un tonto disfruta de su mala broma, como si aquello fuera el ultra plus del intelecto humano.

Tengo aún en la mano el libro que compré en un baratillo de venta de ropa usada, mi dedo sigue estancado en la ,página 66, titulado “Resurrection. Revised Edition”, publicado por la casa editora neoyorkina Grosset & Dunlap con prefacio de su hija la condesa Ilya Tolstói, firmado con su puño y letra, ilustrado con fotografías del Sindicato de la United Artists tomadas de la película homónima protagonizada por Rod La Rocque y Dolores del Río.

Estoy inmerso en el folio y no veo ahora ya a Tolstói ni a mi mujer. En la oscuridad que me atrapa, ahora solamente distingo al Príncipe Dimitri Nejliúdov, que cabalga orgulloso montado en su caballo negro a lo largo del campo, y tras él, sonriente y feliz, a su humilde Katiusha, su amada Máslova, quien de pronto se ve libre de sus miserias y su corroída prisión. Mi corazón se desgarra.

“¡Te amo, príncipe mío! Todo va a estar bien”.

Cierro mis ojos, mientras limpio mis pómulos y siento el fuego de una opresión, fuliginosa pero redentora, que va absorbiendo mi último resuello.

Oh, mi Katiusha, mi Katiusha, mi amor, lo siento tanto, lo siento tanto. Todo ha sido culpa de este hombre estúpido, pérfido y sin valor. No te vayas, mi Katiusha. Quédate aquí conmigo.

Veo tu espectro, te giras, y con tu limpia sonrisa y tus pequeños ojos marrones, envuelta en la mayor de las ternuras, me susurras dulcemente:

“Tranquilo, Román, resurgirás, y esta vez no volveremos a equivocarnos”.


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