El Candidato

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—Son esas pequeñas cosas que odio porque nos desnudan como pueblo —dijo Herminio, el joven candidato a la presidencia que, tras la formación de su partido, había sido invitado a un debate televisivo por una casa televisora cuya línea editorial era subvencionada por el partido oficialista en el poder.

El entrevistador rio con malicia y, sabiendo aprovechar el momento, en un truculento juego de palabras, le preguntó de forma disimulada:

—¿Cómo así? Me sorprende, señor Herminio. ¿Le molesta que la niñez del país reciba como donación esas 10 tablets como un recurso didáctico imprescindible para su desarrollo educativo? Piense en los niños, en sus sonrisas tiernas y su candor infantil, antes que en su corazoncito político.

—Sí, me molesta —le reafirmó Herminio, bien serio y con la mínima expresividad que exigía la ocasión—. Nos hace quedar a todos como unos estúpidos indigentes y faltos de cerebro, lo que, en cierto modo y con ironía, es muy, pero muy revelador y demostrable.

El público le lanzó un largo y chismorreante reproche que silenció a todos en el plató.

—Se sepulta políticamente, Herminio. ¿Lo sabe?

—Al contrario —dijo el joven, seguro—. Le abro los ojos a mi pueblo.

—Increíble —dijo el presentador riendo, sardónico—. Su juventud le hace pagar un alto precio, Herminio, un alto precio.

Enseguida giró el rostro hacia el otro invitado, el candidato oficialista, a quién le preguntó casi de forma orgásmica:

—¿Está usted de acuerdo con lo que pregona el candidato Herminio sobre la idiosincrasia de los pobladores de esta hermosa y única nación?

—¡Por supuesto que no! —dijo el candidato oficialista—. Lo que este joven pregona con tanto fervor es un odio hacia los valores culturales autóctonos y contra la forma de gobierno. Nosotros, en cambio, luchamos por la nación solidaria que lleva mucho beneficio a la gente excluida de este país por medio de nuestra plataforma política.

«Debería darle vergüenza», acabó bien indignado.

El público se levantó eufórico de los asientos para aplaudir a semejante monumento a la corrupción y el clientelismo político.

Herminio, sin perder un ápice de cordura, le respondió:

—Vergüenza deberían tener ustedes que tienen a un presidente narcotraficante acusado por la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York. Vergüenza deberían tener ustedes que el hermano de este presidente, su hermana, su mejor amigo, sus asistentes, su jefe del estado mayor de las fuerzas armadas, su jefe de la policía nacional, sus diputados en el congreso y sus planillas del partido, estén acusados por narcotráfico.

«Vergüenza debería darles que “reciban en donación” 10 tablets para una población estudiantil de 1.7 millones, que, paso a recordarles, no tienen pupitres donde apoyarse, ni escuelas, y si las hay, indignas, mal construidas y mal mantenidas, sin agua ni energía eléctrica, convertidas sobre todo en un peligro para la integridad física de los niños y en centros antipedagógicos, por señalar lo mínimo de las miserias en la que ustedes, narcotraficantes y criminales, tienen a la gente de mi país».

El público guardó un silencio recriminador. Pero el candidato oficialista no se arredró:

—Todo eso de lo que usted nos acusa no es cierto. Le recuerdo, señor Herminio, que todas estas acusaciones son una venganza de algunos narcotraficantes que han sido extraditados hacia ese país. Ellos mienten, quieren confundir a este valiente y honesto pueblo con sus mentiras —y viéndole fijamente para que el público lo entendiera— utilizando a gentes como usted de megáfonos de su sordidez y mala voluntad.

«Le repito. Nadie, nunca jamás, ha hecho por mi país lo que nosotros hemos hecho como partido por este pueblo. Nos hemos sacrificado para que la nación salga adelante».

Herminio se lanzó una gran carcajada que molestó a todos en el estudio.

—¿Cómo de qué tipo de sacrificios hablamos? —le preguntó riendo.

El candidato oficialista enrojeció de la ira. Antes de que pudiera hablar, Herminio lo reculó:

—Recuerdo muy bien todavía cuando usted le sacó 8 millones de dólares al Estado por un supuesto incumplimiento de contrato por recolección de basura. ¿Lo recuerda? Demandó al país, ganó esa demanda gracias a sobornos de jueces en la maquinaria judicial y se echó esa plata al bolsillo sin siquiera mover una rueda de sus camiones recolectores.

»Le recuerdo, además, que los dirigentes de su partido, los mismos que lo han puesto a usted de candidato a la presidencia, le robaron 1,000 millones de dólares a los obreros y trabajadores al saquear el Instituto de Seguridad y Sanidad Social.

»Le robaron otros 200 millones de dólares al campesinado para comprar la voluntad de los mandos intermedios del ejército...»

El presentador, angustiado y azuzado por el apuntador, saltó de pronto del mueble. Pero Herminio no lo dejó hablar y cerró con esta frase:

»¿Y todo para qué?

»Para sentarlo a usted en la silla y seguir con el robo, el pillaje, el saqueo, y así financiar más el narcotráfico, hacer crecer aún más sus cárteles y enriquecerse vilmente como unos idiotas.»

Y volteando despaciosamente el rostro hacia las cámaras, agregó:

—De ese tipo de sacrificio hablamos, señores.

La alarma comenzó a sonar en el estudio. El público estaba molesto e incómodo.

—Se equivoca de lugar y persona —dijo el oficialista golpeándose el pecho—, porque aquí, en este podio y en este corazón, solo habemos buenos nacionalistas que tratamos de hacer cosas buenas por el país. ¡Viva la Nación y viva el Nacionalismo!

La gente comenzó a saltar de la alegría, a la vez que lanzaban besos y hacían corazoncitos con las manos frente a la cámara, en tanto que el presentador daba unos pasitos de baile que encandilaban y hacían olvidar a la gente la seriedad de la situación.

«Esto es una fiesta. Puro amor», parecían decir, haciendo muecas mudas hacia la cámara. Al fondo se escuchó la voz lejana de una viejecita que gritaba con fuerza:

«¡A un perro pueden poner como candidato de mi amado Partido Nacional, y a ese perro le daría mi voto!».

Herminio se vio a sí mismo en el reflejo de las pantallas que rodeaban las paredes del estudio. Lo que veía era lamentable. Supo que no había vuelta atrás.

«Me duele el alma», dijo. «Mi nación está perdida.»

El día de las elecciones ya todo estaba decidido. El candidato oficialista ganaba abrumadoramente, con una mayoría aplastante.


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