¿Bonnin un tío del montón?

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…Si no corres, tío

Y así fue come se inició la carrera hacia la muerte del fulano al que yo conocía por el nombre de Bonnin. No sabía mucho más de él. Bonnin. Así me escribieron su nombre o su apellido, que no lo recuerdo en este momento.

No lo mates, pero síguelo a todas partes. Adonde él vaya, tú detrás, siempre detrás, y que te vea, que sepa que estás ahí, junto a él. Como dicen en las pelis: se su sombra, ¿entiendes?

Y llámame cada dos horas para saber qué está haciendo. Cada dos horas. A este número. Estaré esperando tu llamada. Todos los días. Sin falta.

Recuerda. Es alto, flaco, se da un aire a Gary Cooper, pero no tiene ojos azules ni es valiente, ni mujeriego, ni un caballero. Es un hombre vulgar sin más. Pero no del montón. Trabaja en la banca y lo quiero muerto, pero ti ni tocarle un pelo.

Pasaron tantos años. Un horror.

Seguir a una lapa. Un ser sin interés. Tedioso. Las mismas películas, los mismos paseos, las mismas caras. Lo de siempre por la mañana, al medio día, por la tarde, a la hora de la cena. Y se acostaba oyendo la radio a la misma hora.

¿Qué sentido tenía seguir a un hombre así?

¿Aquello era vida?

Buenos días, buenas tardes, buenas noches. Hasta mañana.

Así un día tras otro.

Más que esperar la muerte de Bonnin, era como si alguien, no sabía dónde, esperase una reacción por mi parte.

Matar a Bonnin para recuperar mi vida.

A tomar por saco las órdenes recibidas.

Yo mataba y estaba hecho para cosas importantes, y no estaba hecho para seguir las huellas de una lombriz.

A veces, por supuesto, se me pasaban por la cabeza esas ideas. Y otras.

Salir de aquel infierno.

Esfumarme y convertirme en otra persona en otro sitio. Nueva vida. El Canadá. México. La isla de Guam.

Los compañeros me tomaban el pelo.

¿Qué tal la fiera?

Cuidado con el Komodo.

No te encariñes mucho con él.

Dicen que es capaz de arañar.

Hasta otra, capullo.

Pero así pasó tanto tiempo. Tantos días, semanas, meses, años.

Yo sin decidirme y Bonnin erre que erre.

Un reloj para todo. Sin retrasarse. Sin adelantarse. Sin estropearse.

Y el jefe queriendo saber de él cada dos horas. Dos horas exactamente. El mismo número.

Detalles. Más detalles.

Sé más minucioso. Creo que te falta alguna cosa por contar. No te guardes nada.

Y una tarde, poco antes de la seis y media, Bonnin se detiene delante de una tienda de muñecas.

Como lo oyen.

Muñecas.

Un buen rato.

Y luego se pone a caminar. Lo de siempre.

Pero aquella parada, oh, aquella parada; lo único que rompía la monotonía de una vida. La suya la mía.

El reloj seguía haciendo tic tac, pero la tienda de muñecas era la primera parada, la primera curva, el primer acelerón incluso en la vida de ese hombre hecho de aburrimiento y de un gran vacío.

Luego, además de la tienda de muñecas, vino el cine bueno, el baloncesto, el bar de citas, las compañías, el jazz, mucho jazz. Amigos negros que rían con él y lo metían en el grupo como uno más. Y fiestas en el apartamento de Bonnin.

Y chicas, muchas chicas.

Y fumar, y beber, y ser un líder de la manada.

¡El jefe se aburría!

Nada le parecía interesante.

Lo de antes sí.

Lo de ahora no era suficiente para mantener el interés en la vida de Bonnin.

Hasta me llegó a caer simpático. ¡Gran tipo el Bonnin!

No me importaba seguirle a los garitos, estar en las fiestas.

La ciudad parecía rendida a Bonnin.

“Mátalo. Ya no me sirve. Es uno más. Uno del montón. Regresa cuanto antes y déjalo tirado en un callejón cualquiera”.

Disparé con desinterés.

A ver; es un momento interesante. De-sin-te-rés. Pero también con la pegunta, la maldita pregunta en la cabeza cuando regresaba a la casa del jefe en.

¿Bonnin un tío del montón?

El jefe se arregló de verme.

Corre, acomódate, que van a echar “Cerdos y Diamantes”. Te juró que llegué a creer que Bonnin era como uno de estos tíos de la peli. Pero no. Me equivocaba. Tómate algo, te lo tienes merecido. Uno como nosotros. De verdad que estaba convencido.

¿Bonnin, un tío del montón?

Me tomé el vaso de leche fría y la peli me gustó mucho.

 


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