¿Respirar es más importante?

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Quién de ustedes no tiene en el interior de una lata que ponga “London” un puñado de viejas fotografías, algunas a color, que forman parte de la pequeña fortuna que atesoran en este presente caduco y visceral?

Las ojeamos.

Y Lloramos. Sonreímos.

Pasamos de una foto a otra; bebemos y masticamos algo, farfullando palabritas más o menos sedosas. Como si el pasado siempre hubiese sido mejor. Más limpio, menos bruto, más humano, menos egocéntrico.

Pero el pasado, aunque quedase atrapado para siempre en una foto con los seres más queridos, fue un tiempo difícil. Rocoso.

Para un niño como yo, el pasado comenzó a tener luz cuando llegaron a mis manos, prestados, comprados, robados, los primeros libros. No los de estudiar.

De esos libros que llevaba a la escuela no guardo recuerdo. Ni malo ni bueno.

Mi fracaso en los estudios no se debió a la mano negra de algún maestro; ni hablar.

Yo fui torpe, lento, vago, indisciplinado, vulgar, respondón; ni siquiera puedo decir que las musarañas invadieron esta cabeza.

En mi cabeza no había nada.

Sigue sin haber nada.

Pero leer historias, cualquier historia (me valía la vida de un santo), tenía para mí el mismo valor que el bocadillo que preparaba Adela por las tardes. Queso blanco fresco, dulce guayabo y un plátano.

No te digo nada y te lo digo todo.

“Mi chico no es tan tonto, Periquín.”

Allí estaba yo, en el patio, comiendo y leyendo.

Hasta ponía cara de angelito. Niño que no rompía un plato. Jarrón chino del que los papás podían despreocuparse.

Al fallecer mi madre robé tal cantidad de libros, que hasta mi padre un día preguntó lo que hacía con ellos. “Leer, papá.”

Bajo la cama. Amontonados en una vieja silla.

Todo en la casa era viejo, pero eran nuestras cosas, y aunque viejas, las queríamos, las protegíamos.

Robé “Los funerales de la mama grande”, “Trópico de Cáncer”, “Trópico de Capricornio”, “El amante de Lady Chateerley”, “La ciudad y los perros”, “La familia de Pascual Duarte”, “Pedro Páramo”, “El llano en llamas”, “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, “La Biblia”, “El Quijote”, “Madame Bovary”. ¡Uf! No exagero. Y me quedan muchos más títulos que no pasaron por caja.

Hasta de la biblioteca municipal mamé libros.

De casas particulares.

Me salvé de la quema porque aprendí a robar al mismo tiempo que la lectura lo era todo en un mundo gris, violento, tedioso, con el reloj hecho de piedra, sin amigos (hasta hoy), sin madre (volveremos a vernos).

Cuanto más leo, más odio a Jorge Luis Borges.

Fue “El Aleph” el primer libro que pagué con mi dinero. Bueno, el dinero era de mi padre, que desde ese día, se dejó mucho billete para satisfacer el único vicio que tenía el yo hijo. Ése y el cine, naturalmente.

No sabía lo que llevaba a casa. Tras leer el cuento, tampoco supe muy bien lo que había leído. Pero sí sabía una cosa: aquel escritor argentino era un hijo de la grandísima puta. Mejor que él no se podía escribir, por Dios.

Ni en el libro de “Job”, ni en “Tobías, podía yo encontrar algo similar.

Cuando llegó a mis manos “La isla del tesoro”, primero, y con posterioridad “Moby Dick”, casi mando a tomar por culo al argentino. Pero no.

Releer aquel libro de cuentos fue una maldición.

O sea, que la mocedad y la juventud, tras convertirse en fiambre mi madre, o por lo menos su cuerpo, la pasé ocultándome de los mostrencos con los que antes correteaba, comía lapas, burgados, cangrejos, y jugábamos al fútbol en cualquier sitio, sin pronunciar palabra, como tribu que desconociese el lenguaje y se comunicase a través del sonido gutural, el choque de piedras. Enseñando la polla.

Leía, iba al cine. Al cine, y leía.

Libros y cine, después el teatro, y ya un poco más tarde los periódicos. Esas cosillas hicieron el milagro. Evitaron que cincuenta y siete años más tarde, un hombre temeroso de Dios, de las mujeres; temeroso también del ruido, del dolor y del estómago vacío, formase parte de esa lista larga, verdadera columna vertebral de la sociedad española de hoy y de siempre; analfabetos como símbolo de grandeza y herramienta fundamental para alcanzar el triunfo.

Por tanto, mi fracaso, a todos los niveles, es la demostración clara y precisa de que sé leer. ¡Leer!

¿Respirar es más importante?

 


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