Rapaces

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En las proximidades de una ciudad de lo que antes se llamaba Castilla «la Vieja» se halla una casona. En torno a ella, casi en su totalidad, el rio ha excavado un profundo y estrecho valle dibujando  una pronunciada curva donde las paredes sirven de refugio  a cientos de buitres.

La que fuera dueña del edificio era una mujer de carácter dominante y muchas veces cruel. Había enviudado hacía algunos años y se recluía en la casona donde las comodidades distaban de ser las óptimas. No tenía red eléctrica ni agua corriente. Dos veces al mes le eran suministrados los víveres, la madera para el hogar y el agua de boca. Dichos servicios se abonaban por parte de un administrador que se encargaba de las cuentas. Aunque vivía en tan míseras condiciones, la mujer gozaba de un suculento patrimonio fruto de lo que sus campos producían. Poseía una casa en el sitio más granado de la ciudad a la que acudía rara vez.

Mi madre le quedó muy agradecida cuando la mujer aceptó acogerme en su casa en calidad de sirvienta cuando yo contaba catorce años de edad. Para mi madre fue un alivio «colocar» a uno de sus ocho hijos.

Si mi vida en aquellas circunstancias ya resultaba difícil, se empeoraba por la convivencia con tan arisca mujer. Me mandaba a buscar agua del pozo cuando peor eran las condiciones climáticas. Me ordenaba lavar la ropa cuando el agua apenas llegaba a los cinco grados de temperatura. Ella se bañaba en la casa junto al fuego del hogar, mientras que a mí jamás me permitió hacerlo. Me escatimaba la comida y me obligaba a dormir en la zona más expuesta a las inclemencias del tiempo. Un auténtico suplicio.

Los años iban pasando. Mis escasos momentos de liberación se limitaban a las visitas a la pequeña biblioteca del desván y a unos paseos por el entorno mientras contemplaba a los buitres. Al ver como reducían  un cadáver a su mínima expresión empecé a trazar mi plan.

Sufría de problemas cardíacos y en las pocas visitas que hizo a la ciudad, los médicos ponían mucho énfasis en que respetara al milímetro las dosis de su medicación.

Tenía yo el motivo, el arma y cómo deshacerme del cadáver. Solo me restaba decidir la ocasión.

Una preciosa mañana de primavera, le preparé el desayuno y se lo serví en su habitación.

Cuando se aproximaba la hora de comer me llamó. Me hizo sentar en su sillón favorito y comenzó a hablar. Reconocía que no había sido la mejor de las anfitrionas y que mis servicios habían resultado de su agrado. Que a falta de hijos propios yo había suplido esa carencia. Me entregó un papel por el que todas sus posesiones pasaban a mi poder. Solo faltaban su firma y la mía al pie del documento.

Cuando ella cogió la pluma un gesto de dolor se le dibujó en el rostro. Comenzó a retorcerse y dijo ver borroso. Se desplomó sobre la mesa en donde descansaba el documento que ya no pudo firmar.

Los buitres acabaron con su cuerpo y yo con mis esperanzas de salir de aquel inhóspito lugar.


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