Lectores imbéciles

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Me entrevistan en una tele para promocionar el libro. El último. Me rasco la barba y bromeo con el presentador que también se sabe cada vez más viejo y con menos gracia. El libro funciona de puta madre en librerías y por esos sitios donde ahora todo el mundo o casi todo el mundo compra, se deja comprar y es engañado, naturalmente. Mi libro también es un engaño. Es uno más de los que escribo en dos tardes. Si me aburro en casa, pues subo al tren en un viaje por dos o tres países de Europa. Si estoy en Roma me siento en un par de terrazas y así trabajo medio borracho. Uno de mis trabajos se escribió en un hotel que parecía una ballena muerta en Islandia.

A estos lectores les gusta la muerte. Y creen, ya lo creo, que soy un devorador de almas y un asesino en serie que se pasa de listo escribiendo una biografía novelada; que la policía es muy gilipolllas y no encuentra la manera de echarme mano. Las manos.

Mis lectores son tan imbéciles que compran y leen para caer en el analfabetismo.

A veces me ponen en la lista de los posibles aspirantes al Nobel de literatura. Tiene gracia. Mi amigo, también escritor, con la lista en la cabeza, me llama de madrugada y jura matarme cuando nos veamos por la mañana.

Dormidina, cabrón. Eso me dice el tío.

Y nos reímos.

Vendo mucho más que él y que otros cien más como él. Todos excelentes narradores. Le presto dinero. Le traigo putas de las caras a casa. Chicas limpias, inteligentes, pero todas analfabetas, o sea, lectoras, mis lectoras, y desconocedoras de la obra de tío empalmado que publica para dos o tres y un puñado de académicos repartidos por los continentes.

Volviendo a la entrevista, la cosa sale de puta madre. La gente invitada al programa, analfabeta, por supuesto, aplaude todo lo que digo, también mis silencios, mis anécdotas de andar por casa, y hasta me toman por un sabio cuando largo sin pensar que la cultura es la herramienta que nos hará libre. Que nos hace libres. ¡Seré cabrón!

Termina en directo la cosa y comienzo a desear romper la magia. El buen rollito que se ha creado empieza a ponerme de muy mala leche. Quiero probar. Sería la primera vez en esta casa, en este programa, junto a este tío y sus más íntimos colaboradores. ¡Coño, pero si hasta está aquí su mujer!

Es perfecto. Una situación cojonuda para que hablen de mí, para que un tío alto, un herrero que ignora que lo es en “El Camino” triture un par de huesos y pise mi cabeza. ¿Será posible? Por intentarlo.

Paso a la acción.

II

No le conceden el Nobel a mi amigo que sigue cabreado. Un zote del África central, hijo de la gran puta, se lleva el premio y él pide que me calle y que ha leído tres libros del tío ese y es magnífico, repite, “es magnífico, de veras”.

Que te vayan dando por culo, y al negro de los cojones del puñetero país de monos que le vayan dando también en seco, pero varios gorilas espaldas plateadas al mismo tiempo.

Ravelo se sienta y fuma. Se bebe el buen vino, caro.

Yo también fumo. Bebo menos, pero tengo sed. Abrazo una lata de cerveza negra rusa y la termino en un santiamén. Eructo sacando pecho y abriendo la boca como hacen los monos aulladores.

Pones cara de mono cuando eructas.

Reímos.

¿Y ayer en la tele qué coño te paso, cabrón?

¿Qué han dicho?

Alguien lo grabó todo con el móvil y lo subió, claro. Está por todas partes.

¿En serio? Eso merece otra cerveza del puto Putin.

III

En el vídeo se me ve bajándome los pantalones y abrazando a la esposa del presentador que es sujetado por otros tíos. Entonces se me echa encima un joven hispano de casi dos metros. Me arranca del cuerpo de la tía y se viene conmigo al suelo. Se sienta sobre el pecho y comienza darme con la derecha, con la izquierda. Con la frente.

Entonces otros chicos van a por él y me lo quitan de encima.

El que graba se me acerca y me da una patada en la cara y suelta un hijoputa de monasterio.

¡Así no vale, tío!, le suelto.

Parezco un toro que prefiere a los pies de Rubén Darío y que olvidó a Lorca hace tiempo.

Con un primer plano de mi cara hecha un mapa se termina la filmación.

IV

Merece un premio.

Y dos, dice Ravelo.

Mi cara hoy sigue siendo un mapa y me duele todo el cuerpo. Pero todo, no exagero.

V

Sigues en la lista de los escritores más vendidos.

Es que yo soy libre gracias a una lectora polaca que me lee siempre. Pero siempre.

¿Eres libre? Yo también.

Tú eres escritor, Ravelo. Tú no puedes ser libre. ¿Vas a copiar la vida de Rimbaud?

Te juro por lo que más quiero que soy libre.

Pero si has venido a por dinero y a por comida y a suplicarme que llame a la cochina directora de ese periodicucho donde escribes para que suelte un poco más de pasta.

Eso también.

Tú eres escritor.

Pero tú también lo eres, Lorenzo.

Yo soy Chernobil, Fukuyama, Hiroshima, Tenochtitlán, el papa este argentino de los cojones. Soy Orán, el hereje Cipriano sin tobillos.

¡Eres Borges!, exclamó Ravelo.

¡Viva Atacama!

Epílogo

Cinco años después me entierran. Leyendo en un parque, con mi sombrero italiano y mis botas alemanas, sentado muy cerca del parque infantil, un negro guaperas mete la navaja por el cuello y me raja como a un cerdo.

Recuerdo que lloro sin más.

El negro me mira. Se pone mi sombrero. Me quita la cartera. La pluma inglesa que llevo se la queda. Lloro en silencio. Como una Magdalena.

Maricón, dice el negro.

Si me levanto te vas a enterar, chico.

Así ocurrió lo más interesante que me pasó en la vida. Un año antes me habían dado el Nobel de Literatura y pocos meses antes del premio Ravelo se había quitado de en medio tirándose al vacío desde el tajo de Ronda. La armó grande. Se dijeron cosas muy bonitas. Pero en la calle un reportero preguntó por él a la gente y muchos respondieron que era un actor de cine, un científico, uno de esos que se meten en los volcanes, un alpinista, un cirujano que pone aguapas a las gachís para salir en Telecinco y ganar pasta gansa. ¿Escritor?

Yo es que no tengo tiempo para leer. Yo me levanto muy temprano y al trabajo.


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