Terquedad

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Cuando Catia se dio la vuelta, vio al que sería su primer amor. Hasta entonces no lo sabía. ¿Cómo podía ser? Había convivido con esa persona durante 23 años, pero no se había dado cuenta hasta entonces.

Catia estaba frente a un espejo. Era la tienda número mil que visitaba aquella tarde. Mil, sí. Según sus cuentas, no podía haber sido la número novecientos noventa y nueve, ni siquiera la mil uno. Estaba claro que tenía que ser la mil y era importante recordarlo.

En ese momento, se acababa de probar LOS PANTALONES. Cintura alta, tobillo estrecho, talla 38. ¿¡38!? ¿Estaba segura?

Catia miró la etiqueta una, dos veces, tres. Se los quitó y se los volvió a poner. ¿Cómo podía ser? Jamás recordaba que se hubiera probado unos pantalones de la talla 38 y que las piernas le hubieran subo más allá de los gemelos. Pero ahí estaba ella frente al espejo. Guapa, lustrosa, altiva, altanera... Catia. Y, por un momento, feliz.

Había cogido esos pantalones por error de uno de esos montones en los que las tiendas anuncian ofertas a 10€. Ella pensaba que los que había echado al carro era los típicos pantalones anchos y negros -para disimular cartucheras, por supuesto- que ya tenía, pero que había roto por decimonovena vez por la cara interna de los muslos. Talla 44, por supuesto.

Como si tal cosa, Catia se los probó de un plumazo. Como un guante. Hechos para ella. Nacida para llevarlos. Orgullosa como la que más, se giró para verse en el espejo. ¿Se gustaría? ¿Serían los pantalones demasiado pegados o no dejarían que se marcase su celulitis del bajoglúteo?

Lo que vio al darse la vuelta superó cualquier expectativa. Era ella, lo sabía, se estaba viendo. A medida que levantaba la vista, crecía su asombro. Eran sus pies, reconocía perfectamente esos calcetines de búhos roídos por los meñiques que le regaló tía Conchi unas navidades.

Comenzó a subir la cabeza. Las rodillas, rollizas y amorfas, parecían más separadas de lo normal, más estilizadas. Pero de pequeña había comenzado a andar con las rodillas hacia afuera, con los pies marcando las diez y diez, como le decía su madre cada vez que le regañaba por adoptar la pose de un pato. Inconfundibles.

Continuó por las caderas. ¡Qué finas! Pero la molla de la zona del flotador pedía a gritos su liberación por encima de la cintura del pantalón. Era su molla. Un poco más arriba, sus pechos, redondos y gordos, nutridos a base de hamburguesas y postres azucarados. La parte que más le gustaba y de la que más orgullosa estaba.

En este punto, Catia hizo una pausa en su respiración. Respiró hondo, tomó aire y lo soltó lentamente a medida que su cuello pasaba de formar un ángulo de 90 a 180 grados con su cuerpo. Hacía mucho tiempo que no pasaba tanto rato frente al espejo. Mirándose. Observándose. Siendo consciente de su piel, su dimensión y su físico. Hacía mucho tiempo que no se miraba, que no se reconocía... que no se quería.

Pero aquella tarde se quiso. Se amó. Amó a la persona que tenía enfrente, su belleza y fuerza, tan diferente pero tan única. Era ella, ella desde el principio, pero había sido necesario engañar a su cuerpo, enfundarse una falsa 38 para que le revelase lo que ya sabía; que era hermosa.

YARA MENDIA

612.irene@gmail.com

 

 

 


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