Silvia es el toque

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Usted sabrá disculparme, pero no veo nada. “Abra los ojos”. Sigo sin ver nada. “Abra más los ojos y desee ver”. No veo, lo siento, me esfuerzo, pero es imposible. Todo está blanco. En blanco.

“Esa es una buena noticia. El blanco significa que no está ciego. Es una llamada en espera. Un mensaje. Tiene usted sin duda la fortuna de pertenecer a ese escaso grupo de personas que seguramente recibirán un toque del universo. Espere y no desespere. Coma, diviértase, viaje, deje de leer y no escriba más tonterías para matar el tiempo durante un minuto o algo así. No folle más con desconocidas como hacía hace 40 años en Italia, Francia, Portugal. ¿Recuerda lo que pasó en Marruecos? Pues eso. No follar. Haga el amor cuando la otra persona signifique algo para usted. Pero algo de verdad. Y aguade a recibir la llamada. El mensaje. El toque”.

Está bien quedar en blanco. Mejor que el negro. O no.

Estoy igual que el personaje de Al Pacino en “Insomnio”. Alaska y un día interminable durante meses. Luz y más luz. Imposible alcanzar la oscuridad. Y creo que a veces el hombre, el hombre libre, naturalmente, necesita llegar a la oscuridad para estar vivo de verdad.

Y ahora, tras la visita del médico me muevo por el manicomio con la blancura hedionda y enferma. Nadie se aproxima. “Está blanco. Es blanco total. En blanco hasta que lo llamen. A la espera del puto toque. ¿Y si no llega nunca a recibir el toque?

Cuando el blanco mancha las paredes del alma, los otros sentidos se contraen.

La polla se ha contraído. Ya no es igual de gorda que Júpiter. Ahora es una estrella blanca. Y fría. Me la sacudo después de mear sangre. Ni hace por morderme.

Yo estoy contraído. No combado. Soy un hombre menguante en la cumbre de una montaña que vomita fuego.

Este manicomio chicharrero se hace gigantesco, pero vacío.

A lo largo del día llevo tragadas unas siete mil quinientas millones de pastillas. Una por cada hijoputa que pisotea la tierra. Y no cierro los ojos. El dormir es un vago recuerdo.

¡Pero el olor aún está aquí! La huelo. Tan ligeramente. Pero es ella. Otra vez la niña con el dedo en la boca, la sonrisa de puta en horario de recreo. Ya la toco. Me toca. “Hola viejo”.

Le cuento que el blanco es el color más feo. “Aquí todo es blanco, viejo. Yo soy blanca como la leche. Blanca como la nieve. Blanca como la sangre, voejo”.

Me pone en la boca una teta y luego la otra. “Ah, si pudieras ver el rojo en mis pezones”.

Chupo tetas más de una hora.

El asiento se nos hunde.

El enfermero cierra la puerta y se masturba sin sacarse la polla del pantalón.

“Y ahora la pastilla para estar preparado por si llega el toque”.

Han pasado, no sé, ¿cuarenta y ocho horas?, no sé, pero el manicomio chicharrero es ella.

Abierta de piernas con un chocho que más parece un sobaco y siempre hambriento.

Por fin la polla muerde, deja de estar contraída. Echa la blanca noche y mi niña muerde el cuello del viejo hombre; este hombre en espera.

Una llamada de una amiga. Es Guillermina la Mota. Guille. ¡Cuánto tiempo! Quiere saber de mí. La última vez que supe de ella tenía su culo ante mi ojos negros y rabiosos. Y ella me echo a patadas de la casa. “No sabes hacer el amor. No sabes acariciar. No sabes escribir. Eres un perfecto inútil”.

Rompimos por culpa de Woody Allen y su maldita “Annie Hall”. Me volví loco y a todas las chichas y maestras y putas de pocas perras las llamaba Keaton. Siempre Keaton. Me corría y el Keaton salía de la polla y de la boca”.

“Hace tanto tiempo, Lorenzo. Realmente sé que estás muy mal. Me lo dicen los viejos amigos. ¿Sabes que José se pegó un tiro el pasado año? Miedo a quedarse calvo. Había engordado unos cincuenta kilos. Ya no era abogado, no había conseguido hacerse con la casa de su padre. Francis le ayudó cuanto pudo y luego lo abandonó para no terminar comiéndoselo. Una vez me lo dijo. Lo mato y luego me lo como. No lo hizo. Por eso sigue vivo y dando clases de matemáticas en la uni. Y sigue con el teatro. Aquí, allá, en todas partes. Donde encuentra un grupo de fantasmas, ahí se mete y es feliz. Yo, tú no lo puedes saber, me casé con Mario y tengo cinco hijos y vivo muy bien, y soy muy feliz, y en el periódico me publican los reportajes y en el instituto veo a Silvia que, ella sí que no te ha perdonado, Lorenzo. Las dos dando clases, bien folladas, con dinero, con vida, pero no te perdona. Uf, no pidas un imposible”.

El toque. Silvia es el toque.


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