Pater Noster

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Ojos rasgados. La claridad del día mata. A cuchilladas. ¿Cuándo la noche con los ojos cerrados? El silencio. Tapones. Primero la radio. La oscuridad abrazando el cuerpo del culpable. Yo. ¿Y el verdugo? Nunca le pongo nombre. No huele mal. Para mí que es joven. Un ruiseñor. Una flor en el estanque. Un Federico García Lorca coqueto, joven, luminoso y gracioso. Lleno de vida. Una vida que se desparrama pero no se agota. Es infinita como la poesía de la que escribe María Zabrano. El mejor poeta, Platón y la filosofía del alma separada del cuerpo.

Los ojos rasgados por tantas pastillas y tantas palabras y tantas caricias y tantos silencios y tantas mentiras y tantas preguntas y tantísimas respuestas. Las respuestas a las preguntas son enemigas del hombre. No hay respuesta que primero no haya probado el cuerpo de otro. De otra. Las respuestas no traen verdades; ¡que no son las verdades las que ahí llevas, maldita! Son días y más días y un tiempo que se precipita hacia la nada y apenas hago un movimiento y ya aparezco tumbado, frío, canguelo, ojos pequeños y la cara con esta barba valleinclanesca, blanca como la noche, blanca como el fuego, blanca como el frío, blanca como el otoño que algunos dicen se llena de colores y en mi otoño siempre el blanco triste.

Ah, calla, cobarde, miserable, mentiroso. No siempre el otoño fue blanco. No mientas más. El otoño te gustaba en la cordura del escritor aplaudido, querido, bien follado. Te regalaban palabras hermosas. Una promesa de las letras en el Madrid que enterraba a Franco. Un hombre canario que se divertía vomitando palabras, dando resurrección al Goya afrancesado. Siempre con ganas de guerra.

Y mírate hoy. Mírate ahora. En esta habitación blanca con ese tío enorme que te mira esperando que hagas el movimiento extraño para golpear la sombra y luego el cuerpo. Se muere de ganas. Imagina cogiéndote por el cuello. Se regodea con la imagen de un hijoputa a cinco centímetros del suelo y él mordiéndote la lengua y arrancándote el cacho para la cena que necesita antes de dormir.

Has encontrado tu sitio en un manicomio cerca del mar. ¿Lo hueles? Claro que lo hueles. ¿A qué sabe el mar? Sabe a padre encorvado, generoso, y tú sin prisas, poniendo la mano y haciéndote con el dinero, interpretando el papel de joven escritor incomprendido. ¡O maldito!

Siempre te gustó lo de ¡maldito! Pero no es esa la palabra que buscas. ¡Que no es esa! ¿Qué haces leyendo a Borges? ¿Qué quieres encontrar en Delibes? ¿Umbral, rosa, muerte, mi libro? ¿Dejas caer a Camus? ¿Tan fácil te rindes?

“Son mucho años mintiendo. No ha habido un día sin máscara puesta. La coraza de la mentira para nunca dar la cara. ¡Cobarde! Escribes para rendirte siempre. Nunca escribes para ganar una guerra. Escribes para esconderte. Ese soy yo. La lombriz intestinal que sueña con la llama de la  vela cerca del ojo del culo y que llama, me llama. ¡Oigo su voz!”

Nace la oscuridad en la habitación, en todo el manicomio. Béla Lugosi. Klaus Kinski, Frank Langella, Peter Cushing, Boris Karloff, Christopher Lee; todos, sí, todos, bailando y cantando y riendo y bebiendo y en blanco y negro se suben a la cama y me echan de ella.

¡Al suelo, perro!

Y ladro como un gato, y bebo leche como un perro, y como queso como un pez, y vuelo como el elefante elefantiásico de los hermanos Grimm.

Ah, tú, caperucita. Aquí estás. Sin pedir permiso te liberas de las cadenas y follas conmigo como el primer día. No corremos y bebo la sangre que confirma la muerte de la virginal pureza.

¿Loco yo?

Escritor de blanca cordillera con mar de nubes y un sol de muertos allá, a la espera.

Ya voy.


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