La chica del otro día

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Aquella noche entré en el bar como cada sábado. Como cada sábado, llegué el primero, y, como cada sábado, me pedí la primera cerveza de la noche (como prácticamente cada noche). Julia (la camarera), me llenó la copa con una oscura cerveza de trigo tan densa que apenas deja pasar la luz a través de ella. El “culín” lo reservó. Giró varias veces la botella con cuidado y la maestría que le ha dado repetirlo cientos de veces por noche, para hacer espuma, y después la vertió sobre la jarra, dejando una blanquecina y espesa presentación en la misma, previa al líquido burbujeante, que quedó justamente a la medida perfecta a ras del borde del cristal. Una presentación magnífica, aunque he de confesar que no duró más de diez segundos, pues nada más agarrar yo la cerveza, le di un trago que la dejó a menos de la mitad. Seguramente había al menos medio litro, pero, la verdad, había sido un día largo, y lo último que me apetecía era escuchar las vanas historias de mis amigos, a los que aprecio, pero más cuando estoy un poco borracho, así que…, de perdidos al rio. Me la terminé y pedí una segunda de la misma variedad. Aunque en aquella ocasión le pedí a Julia que no se molestara en echarla al baso. Total…. Al cavo de un rato me dispuse a mandar el tercer mensaje a mis amigos, que, como de costumbre, llegan muy tarde (o yo había llegado muy temprano). Entonces la vi. Era aquella misma chica que había aparecido la noche anterior. Tan solo habíamos intercambiado un par de frases. En realidad, era más la amiga de una amiga, y yo había estado ahí por casualidad durante la conversación que ellas habían mantenido. No esperaba que se acordase de mí, pero…

—¡Oye! ¡Tú eres el del otro día! —Me dijo con ese tono tan animado suyo que tanto me había llamado la atención—. ¿Te acuerdas de mí?

Por un instante me hice el loco. Me eché una mano a la cabeza (ese gesto estúpido que tan solo queda bien en los dibujos). E hice lo que cualquiera haría en una situación así (o igual no), fingí que tenía que recordar su nombre.

—Sí, claro que me acuerdo. De tu cabello castaño claro, de tus ojos negros, de tu nariz respingona tan adorable y de tú… —por supuesto eso no lo dije en voz alta—. Eres Marta, aunque recuerdo que mi amiga te dijo que en realidad tienes cara de llamarte Lucía, a lo que tú respondiste que te gustaba más ese nombre, y decidiste que desde entonces te llamarías así. Después te pediste un refresco, no podías beber alcohol por que tenías que conducir, y… (para qué fingí que no me acordaba de su nombre, si ahora parezco su biógrafo). Bueno, entonces…, ¿Marta o Lucía?

Los nervios siempre me traicionan.

—¡Lucía! —entonces comenzó a reírse—. Ya ni me acordaba, pero si quieres, tú me puedes llamar así.

—Está bien, Lucía, ¿quieres un refresco? —Me atreví a preguntarle.

—No. Hoy puedo tomarme una cerveza, me ha traído…

—Por Dios, que no diga su novio…

—Una amiga. Aunque tiene otros planes. Más tarde pasará a recogerme. Hoy he quedado con nuestra amiga en común.

Si en algún momento había tenido prisa por que llegaran mis amigos, ya se me había pasado por completo. Por mí podían llegar de madrugada (o no llegar). Lo cierto es que, normalmente, soy menos dado a la conversación, especialmente con la mayoría de las mujeres, con las que no suelo encontrar un tema en común, pero ella había logrado que la noche fuera especialmente fluida. Su sonrisa, su atenta mirada, la forma amable de escuchar mis historias hasta el final sin interrumpirme e incluso su grata sonrisa que no duda en manifestar ante cada uno de mis torpes intentos de hacerla precisamente sonreír. Todo era perfecto. La noche parecía “pintada a mano” para mí. El ambiente, la música, la compañía y…, el silencio sepulcral que se queda en tu mente, cuando te das cuenta de que llevas como media hora imaginándote una situación que nunca ha sucedido, con personas que realmente no existen, o si lo hacen, tan solo están ahí de manera parcial, mientras que caminas con cara de imbécil y sin rumbo alguno.


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