Las ratas

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Brusco encuentro con la noche. La madrugada es fría. Inhabitada la ciudad. Aparentemente. No hay gatos. He visto en el pasear lento y encorvado unas ratas enormes con ojos enormes y rabos enormemente largos. No tengo miedo. Me siguen. Las ratas. No duermen. Yo quiero dormir pero me convierto en rata casi todas las noches. Ellas salen a las calles. Yo me quedo en casa. Pero hoy no. Así que ellas, las verdaderas ratas, enseñan el asombro. Sabían de mí, pero seguras de que jamás pondría los pies en las calles con ojos estos ojos en rojo y con el temblor en el cuerpo. Con malos pensamientos, como si viejos demonios me empujaran hacia el rincón más oscuro e impenetrable de la ciudad que duerme. Seguro.

Hay ratas por todas partes.

Más ratas que estrellas en el cielo.

Los bares de la ciudad cerrados son nichos. Sin muertos en el interior. Ojalá así siempre. Los fiambres llegan por la mañana, y ya no se salen del bareto hasta que las ratas amenazan con morder el gaznate de las criaturas con derecho a subsidio. El derecho romano, la filosofía griega y el cristianismo sirven para guerrear contra la cochambre humana. Gano siempre. Pero no sin heridas.

Y a mí qué.

Las ratas y yo nos movemos libres. Nos adueñamos de todo lo que aquí está. Ante nosotros. Olfateamos, mordemos.  

No hay rata grande que pierda la oportunidad de mordisquear el alma. Mi cuerpo no les interesa.

Miro la hora y ya son. Qué tarde es ya.

En nada nacerá una claridad que me hará chiquito, insignificante, como un turista sin mascarilla metido en el jardín la Hijuela. Ya no sé el número exacto de turistas que he matado sin mascarilla. No llevo la cuenta de borrachos de aquí a los que maté con mis manos por estar fumando a mi lado.

Por la noche, con frío -ahora me doy cuenta que estoy empapado por la lluvia que cae-, no hay bocas con el puto cigarrillo, ni turista gigantón que lleve a la hembra enseñando varices del tamaño del Amazonas.

Las ratas terminan de comerse el alma y se dejan el cuerpo para que los rotos, los otros, rotos, hagan con conmigo lo que quieran.

Y a mí qué.

Ya sé que no dormiré jamás. Mis ojos son Endesa. En mi cabeza hay un enano grotesco que monta fiestas con todas las enfermedades.

Antes del primer atisbo de luz abro la puerta del piso y caigo como Little Boy en el suelo sucio y lleno de cucarachas que van y vienen, curiosas.

Lloro. Las cucarachas sacian la sed con estas lágrimas.

Y a mí qué.

Llaman por teléfono para decirme que mi hermano ha muerto.

Todo comienza ahora.

Continuará…


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