Las ratas

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Las ratas sabemos nadar. No nos desagrada el frío, el calor. Nos espanta el fuego. Pero el viento, la nieve, el barro, la orina de los hombres, la mierda de los hombres. Todo nos vale. El fuego no. Y sabemos apreciar el hedor del hombre. Huele muy bien a mierda el hombre. De toda la vida. Nosotros olemos peor. Pero ellos tienen un olor especial que les hace estar muy arriba. Hieden a tantas cosas malas que, para nosotras, es como un perfume de esos caros que se echan encima las mujeres más putas y los hombres más putos. Todas nosotras soñamos con ir subidas a la chepa del hombre. En la cumbre de la miseria humana se tiene que oler de maravilla.

La vida en la calle tiene sus ventajas. No lo negamos. Yo por lo menos no lo niego.

Mi hermano, ahora que se descompone bajo tierra es un cuerpo maravilloso lleno de gusanos, lagartos y ratas que empiezan a vivir. Para nosotras, las ratas adultas, los muertos son comidas para pobres.

Comida basura.

Mi editor se pone en pie y es un yugoslavo que no olvida lo que es matar. Ahora es un serbio de puta madre que publica libros asquerosos de tipos que están locos. Se forra con los locos, los asesinos, los violadores, las ratas. Pero las ratas somos inocentes. Las ratas no asesinamos, no violamos, ¡no estamos locas! Es el hombre el que decidió venciendo en la guerra que ser rata lo convertía en dios. En uno de los dioses de las alcantarillas.

No sé leer, no sé escribir, pero mis libros se venden en medio mundo y se traducen a cuarenta lenguas y se llevan al cine y otros escriben sobre una jodida rata que no aspira a ser hijo predilecto ni a tener columna en El País.

Me llevan y me traen en los mejores trenes. Nunca aviones. O barcos. O coches silenciosos. Y me hospedan en los hoteles donde las putas entran como señoras y salen como ratas después de clase.

Una conversación ahora mismo con un maricón de Madrid haciéndose una paja.

Pero no se está dando cuenta que está hablando sólo él.

“Y mi familia me echó de casa cuando tenía once años. Mi tío me tocaba, el cabrón. Me llevaba al cuarto y se acostaba conmigo. Desnudos, claro. El niño lloraba, pero no estaba asustado, en serio. Lloraba porque la polla del tío llevada por todo mi cuerpo se parecía a las lombrices de las que tanto hablas. O se parecía también a las termitas. Mi tío estaba lleno de termitas que se lo comían por dentro. Tú estás lleno de lombrices. O moscas. O mariposas, vete a saber. A lo mejor son mariposas. Luciérnagas. Y siempre he vivido en la calle, ¿sabes? Pero también conozco sitios como este. Lujo. Buena comida. Agua caliente, comida guay. Y tipos como tú. Bueno, como tú sólo uno. El año pasado. Un periodista que me pagó bien y se dejó hacer de todo. Ah, me corro. Ay, qué bueno. Uy, cuanta leche. Mira, mira.”

Le pago muy bien y se manda a mudar. No se ducha. No cena. No sabe decir adiós.

Las ratas le esperan.

Pongo música. Mono. A un volumen que enloquece. Y me pongo a escribir algo que no sé si tiene vida o muere ya mismo.

El teléfono y la puerta al mismo tiempo. Mejor la puerta.

“La rueda de prensa será a las doce. Aquí, en un salón apropiado. Hay quince medios acreditados. Tres son internacionales. Vete a dormir y descansa.” Mi editor es inmortal.

Llevo sin dormir tres meses. La barba me da un aspecto de finlandés con graves trastornos psíquicos. Una especie de asesino en serie. O el de un policía que huye de la gente y de las ratas para que no lo toquen.

Me ducho cinco veces al día. Así que ustedes, hijos de la gran puta, no deben imaginar a una rata sucia. Pero apesto a vida, a ciudad, a dinero, a todas esas cosas que las ratas más odiamos.

Mis ratas reniegan de mí. Pero no pueden alejarse de mí.

El éxito en una rata es la consumación del gran fracaso.


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