Las ratas

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Me di a la bebida en 1982. Madrid, como siempre por aquellas fechas, apestaba a todo lo malo que necesita una rata, un hombre rata, para ser hermosa y apetecible. Lo de apetecible, quede claro, es siempre más importante que la belleza, que Sorrentino, que toda Florencia y que el cólera en Venecia. Bebía a todas horas. Despertar era beber. Trabajaba borracho, follaba borracho, no hacía nada de nada porque estaba borracho y me dejaba una barba valleinclanesca porque la barba, no la polla, follaba más y mejor. Las jóvenes y las viejas se metían en la barba y despatarradas se corrían como las cataratas de la África descolonizada para desgracia de los negros que allí se quedaron. Y las calles de Madrid en el 82, hasta las céntricas, of course, hedían a coño, a polla, a sobaco peludo del fumador de puros, gordo y sudando bajo un invierno de hierro. Madrid seguía siendo una ciudad de ministerios y de turistas que salían espantados de una capital viejuna, gris. Y a mí Madrid me gustaba de madrugada, con miles de ratas silenciosas subiendo paredes y bajando paredes, puentes, entrando y saliendo de iglesias, conventos, monasterios, museos, universidades y periódicos que nunca ponían el cierre. Ah, los cines. Las ratas y los hombres, en convivencia pacífica, pasábamos horas muertas en los cines. El cine yanqui sin palomitas nos obligaba a salir a la calle en busca de cucarachas que llevarnos a la boca. Lombrices. Moscas. En busca de vírgenes sentadas encima la polla sin bajarse las bragas, los calzoncillos, pero en movimiento lento. En una de las sesiones echaron una peli de Pasolini y el comunista me tocó los cojones. En otra sesión un alemán creía que agitaba algo en nuestro cuerpo con imágenes modernas, pero eran alegóricas, o barrocas, y tenía la puta manía de hacer que abriera la boca cuando su técnica superaba el trabajo de los actores. Y nos metíamos también salas para ver cine de pollas y conejos y pollas y más pollas y más pollas. El cine de maricones me la ponía muy dura. Y las corridas de las pollas hacía que saliera del cine en busca de la gachí más sucia y corrompida de Madrid. Entonces me la llevaba a un descampado y le metía la polla por los ojos. Y al correrme le pedía que acabara conmigo. Que las ratas al no tener alma.

“Pero eres un hombre, jodido cabrón”.

Y comenzaba a pegarle aquí, aquí. Veía salir la sangre de la boca. El cambio de color en la piel. Le pisaba la cabeza. Y ella repetía lo de hijoputa, hijoputa, hijoputa, cuando te.

Luego volvía a follármela y rara era la noche que no aparecía el gilí que se entrometía en el mete saca y viendo sangre y a una zorra casi muerta me cogía por el cuello y repartía hostias así de grandes. Dejándome como un Cristo no sentía remordimientos el tipo. Y yo mascullando, ahora verás, te voy a matar, cabrón. Espera que te mato.

Después, en 1986 me llamaron para estrenar una obra de teatro y acepté. Éxito. Luego me llamaron para un guion. Acepté. Éxito. Luego se enteraron que no sabía leer, que no sabía escribir, y la cosa comenzó a funcionar.

Dejé de beber y sereno perdí la pista de mi hermano, de mi madre, de una novia azul que vivía en Cádiz, o cerca de Cádiz. Ya no la volví a ver. Pero juro que era azul.

Noooooo; no eso.

Y señalo el cielo de Madrid, el de Berlín, el de Estocolmo, el de Varsovia, el de Palermo, que son los cielos más hijos de puta que me he tirado a la cara.

Ella era azul y se movía como una nota en la cabeza de Brahms.

Y aquí y ahora me dicen que mi hermano al que no conocía de nada ha dejado un fortuna y que el dinero, todo el dinero, lo tengo yo, que es para mí. Y la esposa me la mama y claro que me corro, pero no le doy nada. No digo adiós.

Han pasado los años y las ratas y los hombres seguimos vivos. Nos toleramos. Y las cucarachas y las lombrices y las moscas se buscan la vida como pueden. Se buscan.

Fin


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