A mi amor, con amor

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Enviado el , clasificado en Drama
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A la persona que más quiero en este mundo. Eres tú. Estás sola. Llevas tanto tiempo sola. Te dije adiós y no he regresado. No volveré jamás a darte un beso. Un abrazo. No habrá cama. Sé que sufres. Que envejeces en soledad y rutina. El tedio de los segundos que transitan por tus ojos pequeños y oscuros del todo. Me dicen que no escribes, que apenas puedes leer, que te mueves poco y que la calle de esquina a esquina es un mundo lleno de escollos. Que ya nadie te reconoce porque los muertos pasan de ti más que los vivos. Y te quiero. No he dejado de amarte. Sé que lo sabes. Mi silencio es amor libérrimo. Mi ausencia casi rompe las paredes de tu piso. ¿El mismo piso? Hago la pregunta para provocar en mí un espasmo. ¿Sabes que me han diagnosticado un principio de Parkinson? El médico preguntó que qué tal. Ya me conoces. Le respondí que su puta madre y me recetó unas pastillas. El neurólogo es gordo, venezolano, y más alto que tu madre. Porque tu madre sí que era alta. Alta de cojones. Más de un metro ochenta. Y eso en nuestra España de curvas y regiones y belenes y Navidad sin paparruchas e ahora, era un montón de centímetros tirados a la  basura. ¿Para qué quería tu madre tantos centímetros?

Bueno, pues que tengo parkinson y olvido también con facilidad algunas palabras y que hablo muy deprisa y que voy acelerado por la vida y que eso no puede ser bueno. Que cinco tazas de café al día son demasiadas y que la mantequilla, el queso en plan tráiganme toda la Mancha y el azúcar y la ginebra como que no.

Le voy a hacer caso una temporada.

Más que la muerte me acojona temblar y no poder llevarme una polla a la boca.

Pero volvamos a ti, querida.

Me han enseñado una foto reciente. Has envejecido muy mal. Malamente. ¿Tanto me echas de menos? No tanto como yo a ti. Y me coge por el cuello de la camisa uno de mis serviciales amigos y dice, “vuelve con ella, hijoputa. Regresa y abrázala”. Será bobo. ¿Verdad que piensas igual que yo? Si antes me comía las pollas a pares, voy a regresar a ti ahora cuando no sirves para ir al supermercado de la esquina en busca de doscientos gramos de jamón, otros doscientos de queso, doscientos de mortadela, doscientos de salami y dos panes. Así que me suelta y sanseacabó.

Cuánto te quiero, mi vida. Qué años los vividos.

Y los dos niños. Tan buenos. Tan tuyos. Un médico y un arquitecto. Y los dos en Londres. Viviendo. Creo que la última vez que hablé con ellos los dinosaurios habitaban la tierra. Y tú follabas con Jaime, el de la editorial. Y también con Luisa, de hija de tu mejor amiga. ¿Qué ha sido de Luisa, por cierto? Me dijeron hace tiempo que había escrito una primera novela que había tenido éxito en Vallecas y El País. Nunca supe más de ella. Espero que si murió, primero probase el coño de tu madre.

¿Sabes que llevo tiempo colaborando con el periódico ese de Nueva York que tanto se lee y que tanto influye (tiene cojones) en la vida de las luciérnagas? Y me pagan del diez. Una columna al mes y con ello vivo tranqui. Pero también me tiene fichado un periódico liberal y otro conservador, y salgo en una tele de las privadas dos veces al mes y la audiencia se pone por las nubes. Digo barbaridades del gobierno, de la oposición, de la tele que me paga, de los presentadores que me acompañan, del público que aplaude, pero también, claro, de los otros que escriben y leen. Y cobrando lo que no está escrito. No sé qué hacer con tanto dinero. A veces pienso que haría bien marchando a Lesbos.

Nadie como tú, vida mía. Ah, cuando me leías a Camus en francés, a Calvino en italiano, Pessoa en portugués, a Fiódor en canario. Que tardes aquellas.

Tu dominio de las lenguas y de la lengua para chupármela.

Y yo después salía en busca de baños públicos, barrios apagados, niños a los que violar o que me violaran. Y después con ellos hablaba de cosas bonitas. Tan hermosas.

La vida siempre ha sido hermosa en el otoño de los lobos.

¡Mi loba!


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