El terremoto

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Se había echo de noche y mi abuela no tenia ganas de alargarlo mucho.

Mis padres, que trabajaban turno de mañana ya eran en sus cama a las nueve y... algo. De verdad, no me acuerdo. Era casi las nueve media cuando.... Mi hermana (Virginica), que intentaba ponerse el pijama, de repente no se aguantaba de píes. 

Intentaba, en un esfuerzo, agarrarse de la mesa (que era el mueble más cercano), pero le costaba mucho. 

Mi abuela que había vivido dos terremotos grandes mucho antes, se dio cuenta y empezó a decirnos: esto debe de ser un terremoto. Me acuerdo en... y empezó a contarnos como lo pasó mientras nuestras vidas corrían verdadero peligro. No muchas personas han vivido un terremoto de 7,5 grados por la escala de Richter! Aún menos a la novena planta de un edificio de 10 plantas. La sensación es como si fueras unas frutas en un árbol cuando lo están mareando.

A los cinco años no comprendía que podría derrumbarse todo el edificio y quedarnos atrapados/muertos debajo de los escombros. Sin embargo me daba cuenta que algo malo está pasando. 

Intenté salir de la cama, donde me había metido la primera, esperando a mi hermana y a mi abuela, pero una vez pisé el suelo, comprendí que no era la más estable de las cosas. Un barco en mar abierto.

Lo malo es que fue un terremoto aparte de muy fuerte, con movimientos de tierra tanto horizontales que verticales, y que duró bastante para derrumbar edificios cuyos construcción era muy antigua o su resistencia era bastante débil. Cosa que realmente pasó con muchos edificios de Bucarest y mucha gente se perdió la vida en aquel entonces.

Por suerte, el bloque donde vivíamos, era echo comanda especial, apoyado por cojinetes. Estos se iban de un lado a otro, sin dejar que se derrumbe. 

He ido a despertar mis padres, mientras mi abuela seguía explicándole a mi hermana lo del otro terremoto.

Parecía que no acabaría nunca, y es que la verdad duro mucho. 

Mis padres, cuyos sueños los he quitado, no acababan de entender que es lo que está pasando. Se levantaron de la cama, y a su paso, cayó una maceta, cortándole superficialmente la mano a mi padre. 

Me pusieron un abrigo y botas (hacía bastante frío al principio de mes de marzo) y mi padre me cogió en brazos para bajar del edificio.

El ascensor ya no funcionaba debido a que cortaron la corriente, así que tuvimos que bajar por las escaleras, que era lo más peligroso porque podrían caer en cualquier momento, pero más peligroso había sido si nos habíamos quedado en el piso. 

Todos los cristales eran rotos, los tuvimos que pisar porque cubrían la superficie del suelo. 

El panorama era apocalíptico: sin luz, pisando cristales rotos, en una bajada interminable, intentando evitar que no nos golpeamos de algo. 

Parecía un sin fin.

A mirar por las ventanas (lo que quedaba de ellas) veíamos un edificio en construcción ( apenas había llegado a la séptima o octava planta), gris y triste. 

Los sentimientos están relacionados con la edad (sobretodo si es una edad infantil), con la educación, entorno, etc. Sin embargo, no es por frágil y delicada que era sino por la dureza de la realidad: una realidad abrumadoramente angustiosa, imponentemente depresiva.

Pensaba que no voy a volver a ver persona humana, pero afuera era toda la peña.

Habían bajado todos. 

Nosotros, los últimos. 

A una señora que vivía al tercer piso, el terremoto la pilló bañándose. Había bajado sin coger ni tan solo una toalla.

Suerte con alguien que vivía a la planta baja: le trajo una sábana. 

Después de esperar unos dos interminables horas, tuvimos que subir, por no pasar la noche en la calle.

Han sido unas cuantas réplicas. Una de ellas casi igual de fuerte con el terremoto mismo. 

Sin duda, vivir un terremoto es una experiencia;  menos peligrosa a la hora de decir:

“Esto es la historia...”


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