LA VIDA DEL PUEBLO 1

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A finales del siglo XX en mi dilatada vida mundana conoci a una mujer morena, delgada llamada Rosa, que era funcionaria del Ayuntamiento de mi ciudad pero que curiosamente era oriunda de un recóndito pueblo de Burgos perteneciente  a Castilla la Vieja con la que tuve una relación sentimental.

Recuerdo que estábamos en vísperas de Semana Santa y ella que a pesar de vivir varios años en Barcelona no podía dejar de sentir una cierta nostalgia de su lugar de origen me propuso ir aquellas fiestas a visitar a sus progenitores que estaban en su pueblo natal.

- Lo pasaremos bien. Ya lo verás - me dijo Rosa.

Así que cuando llegó la fecha señalada tomamos un autocar y nos dispusimos a realizar un largo viaje hasta aquella región de la Península Ibérica, por lo que tuvimos  que pasar toda la noche en la carretera. Mas al fin, una vez que hubimos llegado a la capital para ir al pueblo de mi  acompañante tuvimos asimismo que utilizar otro vehículo de servicio público para que nos llevara hasta allí.

Los padres de Rosa eran dos personas campesinas de una edad bastante avanzada que durante muchos años se habían dedicado a la agricultura como la mayoría de los habitantes de aquel lugar donde se cultivaba el trigo y la remolacha, los cuales vivían en una antigua casa de planta baja que estaba precedida por un patio bastante grande en el que había un olvidado y vacío corral. El era un hombre delgado, enjuto; y con una mirada penetrante, incisiva; mientras que la madre era una mujer de cabello negro, algo obesa y de aspecto bonachón.

- ¡Ya era hora de que Rosa nos presentara a alguien! - dijo Gabriel dando por supuesto que yo era un posible novio de su hija.

-¡ Calle, calle usted, padre! Francisco y yo sólo somos buenos amigos - se apresuró a corregirle su hija.

- Claro, claro... En la actulidad ya no hay novios. Ahora todos son "amigos" - respondió Gabriel con ironía- .Pero sepa usted, joven que mi hija Rosa vale mucho, mucho. Pero es más tozuda que una mula.

- ¡Bueno ya está bien padre! - protestó Rosa molesta.

- Y dígame joven. ¿Es usted creyente?

- Bueno... a medias - respondí yo con ambigüedad.

-¡Ah! Aquí todos respetamos la manera de pensar de cada cual. No se crea usted.

A media mañana vinieron a saludarme los vecinos y parientes de la familia de Rosa, dado que en el pueblo todo el mundo se conocía, y a pesar de que yo me sentía un poco al margen de aquel rústico contexto social, hacía lo posible para causar una aceptable impresión. Pues era evidente que yo era el "forastero" y por tanto una novedad en aquel rincón del mundo. Posteriormente la madre de Rosa llamada Benigna, cocinó un suculento plato de carne de cordero asada, que a la hora del almuerzo devoramos con fruición y a los postres, Gabriel contó:

- Ahora que aquí habrá unas nuevas Elecciones Autonómicas, vendrá la gente del pueblo a consultarme a  mí.

- ¿A consultarle a usted? ´inquirí yo extrañado.

- ¡Sí! En la televisión salen muchos políticos a hacer propaganda de sus partidos para que les votemos a ellos, pero la gente de aquí no se fía de nadie; o no los entienden muy bien. Y yo les aconsejo a quienes deben de votar - me explicó Gabriel henchido de orgullo.

- ¿Y qué les aconseja usted?

-¡Pues que voten a los de la derecha, que son los únicos que pueden darnos Ley y Orden. Mire usted, joven. En un país como el nuestro no puede ser que cada cual haga lo que le venga en gana. Para que las cosas marchen bien tiene que haber una disciplina y que proteja los sanos principios de toda la vida.

- Ya, ya...

Después del copioso almuerzo y del café los padres de Rosa se retiraron a hacer la siesta, y en aquella hora tan imprecisa,  tan mortecina como en primavera todavía colean ramalazos del  duro invierno, se despertó un viento helado que obligaba a no salir de casa, y a tener un brasero permanente encendido con toda suerte de combustible; desde cartones, hasta madera de muebles rotos y leña. Entonces sentí que se me iban helando gradualmente las extemidades hasta que no tuve más remedio que aproximarme a dicho brasero; pero de súbito se me quemaban las posaderas  o las pantorrillas y tenía que salir de allí enseguida para volver a pasar frío. Y otro tanto sucedió en la noche. Cuando me acomodé en la mullida cama mientras que los dueños de la casa se entretenían viendo un concurso en la televisión que era en realidad lo único que les entretenía, como aún era pronto para dormir quise leer una novela policiaca que me había traído de Barcelona pero en la medida que iba leyendo yo notaba que el brazo derecho se me iba congelando hasta que tuve que dejar la lectura y arrullarme en los brazos de Morfeo.

En el medio rural se duerme de un tirón y al día siguiente la familia hizo un magnífico desayuno con los mejores embutis de la comarca. Era como quiseran obsequiar al hipotético "novio" de la hija. Posteriormente salimos a pasear por las inmediaciones de aquella localidad y Rosa me advirtió:

- Mira de no pisar las madrigueras de los topos.

Pues en aquella zona dichas madrigueras abundaban por doquier como las trampas para cazar conejos.

Sin embargo, las incomodidades que pudieran haber en la vida rural, quedaban compensadas, eclipsadas por aquel tan mágico como bello paisaje consistente en unas  llanuras en las que la vista se perdía en lontananza y en las que asomaba un incipiente verdor vegetal; muchas de las cuales estaban sembradas de trigo y de girasoles cuyas amarillas hojas que estaban iluminadas por los tímidos rayos del sol que alumbraba en un plateado cielo adquirían un tono casi dorado; y éstas a su vez  lindaban con extensos páramos en los que se vislumbraba algún que otro olmo. A lo lejos despuntaba el regio campanario de la iglesia en cuya torre solían anidar las cigüeñas y que transmitía a los habitantes de la villa un hondo sentimiento de eternidad que les repercutía en su íntimo sentido vital. 

                                                                     CONTINUARÁ

 

 

 


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