LA VIDA DEL PUEBLO 2

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Tras el paseo por los bellos campos de Castilla, Rosa y yo regresamos al centro del pueblo donde se hallaba la "cantina" que cumplía la función de bar y a la vez de centro de reunión a la mayoría de los habitantes de aquel lugar después de llevar a cabo una ardua labor en la tierra. Nos adentramos en ella y vi que se trataba de un amplio local con sus mesitas en muchas de las cuales había un grupo de clientes jugando al dómino y bebiendo un vaso de vino. Algunos de ellos depositaban con un golpe brusco y con una gran seriedad las fichas correspondientes sobre la mesa como si con aquel contundente gesto afirmaran su dignidad personal. De vez en cuando surgía algún pequeño altercado de un jugador con otro participante sea por un despiste de éste o por una mala partida pero sin llegar mayores consecuencias.

En el local nos encontramos con el padre de Rosa quien nos notificó muy ufano que le habían pedido que hiciese de director escénico para la representación teatral sobre LA PASIÓN de Cristo que no dejaba de ser un Acto Sacramental heredado de la  Edad Media que se celebraba en aquella villa casi todos los años el día de Jueves Santo. Y pese a la enorme responsabilidad que caía en sus espaldas éste aceptó el reto de mil amores ya que además de que esto le compensaba de la gris rutina de la vida cotidiana que le embargaba también le estimulaba a su amor propio.

Les invité a un aperitivo, y posteriormente nos dirigimos a la rústica vivienda de aquella familia. Durante el pedregoso camino en el que teníamos que sortear los mil excrementos del  ganado que transitaba por allí, Rosa y su progenitor se entretuvieron comentando los múltiples chismes de sus vecinos, dado que al no haber distracción alguna en aquel rincón del mundo salvo en las Fiestas locales en las que había baile, y en otros eventos oficiales se podría decir que medio pueblo estudiaba y criticaba al otro medio magnificando así cualquier insignificante detalle de la vida del vecino, que muchas veces suscitaba la amargura y el malvivir de los más envidiosos; lo que me dio a pensar que la idelalización bucólica que se le daba al "buen salvaje" del romántico Rosseau; al hombre rural estaba muy lejos de la realidad.

En otro orden un hecho sobresaliente que pudiera haber sucedido en la comunidad llegaba a formar parte de la memoria colectiva de sus habitantes y a pesar del largo tiempo que había transcurrido de dicho acontecimiento éste seguía recordándose como si hubiera acontecido hiciese apenas dos días. Pues para aquella gente el tiempo psicológico tenía más importancia que el tiempo cronológico de la ciudad.

- Tu padre es muy simpático - le dije yo a Rosa cuando estuvimos a solas.

- Oh, es un hombre muy inteligente. Pero también ha sido muy autoritario. En casa se tenía que hacer siempre lo que él ordenaba sin discusión. Y quien no estuviera conforme con ello que se fuera a la calle - me respondió la chica.

- Es que la familia ha sido un reflejo del sistema político totlitario que ha gobernado este país durante muchos años, del que se desprendía un temor reverencial hacia la autoridad y que mucha gente ha asumido. Se tenía que cumplir con la obligación impuesta por los mayores, y nada más.

- Ya entiendo - convino ella con su habitual laconismo, que era la genuina expresión de los habitantes de aquella zona de España.

Se acercaba la fiesta del Jueves Santo y en el ambiente del pueblo se percibía una cierta agitación. puesto que una gran parte de los vecinos del mismo colaboraban en la representación teatral LA PASIÓN de Cristo que se celebraría en la Plaza Central de la localidad. Así se podía apreciar en una casa cómo la dueña de la misma transformaba una simple y olvidada tela en la mágica túnica de Jesús; en otro hogar por el mismo procedimiento se elaboraba la indumentaria de María Magdalena, o de un centurión romano; mientras que en otra familia el padre en cuestión se convertiría por unas horas en el traidor Judas Iscariote.

Sin embargo existía un grave problema. Resultaba que en el pueblo ya no había ningún burro en el que pudiera ir montado Jesús para ir celebrar la Pascua Judía. La mecanización había sustituido a los animales para las labores del campo y esto podría restar credibilidad a la obra teatral. Entonces se supo que en el pueblo de al lado, había un sujeto que todavía tenía en su corral a un pollino, por lo que era necesario desplazarse a aquella localidad y pedirle a aquel señor que por favor nos prestara a su animal.

No sé muy bien el por qué me hicieron acompañar a un pariente de Rosa que era un hombre de piel cetrina y ancho de espaldas, en su tractor para ir a dicho pueblo para ir a buscar al codiciado pollino.

- Años atrás, cuando Rosa era casi una chiquilla, trabajaba como cualquiera en el campo - me confió el pariente-. Pero luego lo dejó para hacerse monja, hasta que también acabó por colgar los hábitos.

Aquella revelación me dejó pasmado, ya que no sabía casi nada del pasado de Rosa.

- ¿No lo sabías? - inquirió socarrón aquel pariente.

- Pues no...

- Es que ella no quiere tocar este tema.

Al parecer, en una época mucha gente de aquella  región creyendo que había sido llamada por la divinidad; pero sobre todo para poder sobrevivir en mejores condiciones elementales se había hecho religiosa. Mas cuando el poder de la Iglesia dejó de influir en las costumbres de la sociedad, se produjo un gran vacío de personal en los conventos, dando lugar a que muchas de las personas que habían dejado de ser religiosas emocionalmente quedaran en tierra de nadie. Esto es, que a pesar de estar en el mundanal ruido no se habían adaptado a él, y según la educación recibida seguían haciendo una vida de recogimiento monacal. Y esto explicaba la indiferencia de Rosa hacia el espectáculo de la imagen y de muchas otras cosas más.

Al fin llegamos a nuestro destino, donde no tuvimos ninguna dificultad en conseguir el dichoso pollino para la representción teatral. Sólo que un grupo de hombres me llevaron en volandas a visitar a la Iglesia de aquel lugar.

- Ah... Muy bonita, muy bonita - decía yo sin saber a qué se debía el que me enseñaran aquel monumento.

- Una vez que limpiemos el  interior del templo, usted ya podrá celebrar la santa misa - me dijo uno de los hombres.

- ¡¿Quee?! ¿Yo decir misa? - me extrañé.

- Pero bueno. ¿No es usted el nuevo cura?

- ¡No, hombre no! Yo sólo soy el acompañante del que ha venido a buscar al burro - le aclaré a aquel sujeto refiriéndome al pariente de Rosa.

Por lo visto, como yo llevaba puesto una indumentaria de color azul oscuro, los habitantes de aquel pueblo me habían confundido con el clérigo que estaban esperando.

                                                                            CONTINÚA  

 


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