Melodías animadas de ayer y hoy, presentan

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Matilde abrió la biblioteca municipal a la misma hora. Qué frío. Ojalá llueva, pensó. Cerró la puerta y desapareció de la calle. En el interior abrió el termo y el café con leche la reanimó. Apretó el interruptor, se encendieron mogollón de luces. Diez minutos más y se levantaría para abrir la puerta. Tres libros de Juan Ramón Jiménez en la mesa. Ah, sí, antes llegaría el chico de los periódicos con El Mundo, El País, El Día, el Diario de Avisos, La Provincia y el Canarias 7.

Así comenzaban los días de una mujer que no es protagonista de nuestra historia y tampoco de su vida. No volveremos a saber más de ella. Pero la biblioteca sí es importante en esta historia que tiene que ver con el arca de Noé, la ballena de Jonás, las lamentaciones de Jeremías, el pelo de Sansón, las guerras de Josué, Isabel criando a Juan y buscándole en el desierto para saber qué quiere de comer para hoy, los noes de Pedro, Simeón que no ha muerto y Lázaro resucitado para morir aquí, la Magdalena al frente de hombres cobardes, la mujer de Pilato que soñó repetidas veces con Bach y La Pasión Según San Mateo.

Y tiene que ver la biblioteca con todo lo anterior pero también con nada, conmigo, con lectores mediocres y escritores rusos, con la estepa mongola y la Patagonia, con las mariposas todas que vuelan en zigzag, con la mano de Alec Harvey que se posa en el hombro de Laura Jesson.

Biblioteca moderna que sustituye a la vieja y pequeña, incómoda. En la otra hay un libro regalado por mí. Unas líneas escritas y la firma. Mi firma. Alicia en el país de las maravillas. Dice “este libro me gusta y con eso basta”, y luego la firma, claro. Me lo pidió el alcalde por carta. Donar un libro para aumentar la afición a la lectura.

En la biblioteca vieja aprendí todo lo que quería sobre las cruzadas, abracé a Shaw y Yeats. Casi decido hacerme una paja con Chatterley encima. Mientras los chicos y chicas tenían deberes, yo leía y volvía a casa con la cabeza en ebullición. Me ponía a escribir asquerosidades.

Después de ver El Exorcista se va la luz y subo seis pisos a oscuras y corriendo. La llave entra a la primera y en casa las velas, el sol del mediodía en un verano de baños en el muelle. Una vela en el dormitorio y leo a los del 27. Termino dormido, soñando con una bombona de butano que cargo de un sitio para otro y pesa pero es parte de mí, como los libros que en el sueño no están.

Y hoy todos los sueños llevan agua. Y los muertos son los que están en mis sueños. Y el agua. La mar. El agua del grifo. O me ahogo, o huyo de ella. O meo y la meada es infinita y limpia la calle de la sangre de Pier Paolo.

Todo lo malo que pasa en mí es consecuencia de la amistad con los libros. Y leer embrutece; ¿no? Si no embrutece te hace pequeño, frágil, dócil, asesino, vulgar, brisa, orilla, un pingüino terrorista, un nepalí urbanita, manda cojones.

Siempre que hay silencio traigo el espejo y contemplo la fealdad. Mi cara se parece a las flores muertas de Hiroshima. Jezabel camino del lazareto y yo que la sigo queriendo y no respondo preguntas.

Hasta que un día, a una hora exacta, cinco minutos antes de la una de la madrugada, apago la radio y meto el caramelo de menta fuerte y lo chupo y cierro los ojos y busco una historia en la cabeza que sirva para espantar demonios.

Lo confieso, aunque leo, escribo y mantengo que el cine ha muerto pero no lo sabemos y que en los años cuarenta se hizo todo el cine de puta madre, temo, claro que temo la llegada de la muerte. Me gustaría morir despierto, peleando contra ella, con dolor, pero no la otra muerte que llaman plácida. Ni hablar. La vida me aburre y la vida me llena de lexatin.

Los libros por aquí. La casa es un cementerio de libros. También lo leí en un libro de segunda.

Apesto. Llevo más de un mes sin ponerme bajo la ducha. Aunque no caiga una gota de agua.

Una voz de mujer por teléfono habla para la próstata, no, para la posteridad. “Haré que te ingresen y que no salgas. Estás pa’llá, tío.” Es mi hermana que vive al lado de la casa del alcalde y está casada con un médico. Un dentista, pero apasionado del aparato digestivo. Todo un David Simon.

Cuelgo.

Pero ya no encierran a nadie por estar loco. O estar lleno de mierda hasta arriba. Me extirparon un huevo y si me corro paso todo el día con ganas de mear. Cago y mientras cae la mierda hay un placer grande y una sensación de bienestar que seguro es el mismo que experimenta Melmoth.

Con trece años en la biblioteca vieja me dio una hostia un hijoputa llamado José Domingo. Ni puta idea de por qué me dio la hostia José Domingo. Me eché a llorar. Los otros chicos se rieron y la señora mandó callar y callaron y salieron de la biblioteca. ¿Qué libro estaba leyendo? Ah, sí, Pinocho. Y había también un atlas con el mapa de Groenlandia.

A los trece años me pagaron más que nunca en la escuela, en el campo de fútbol, en el muelle, en casa. Hasta murió mi madre. Me pegaron en la iglesia, en la plaza. Me despertaban con un guantazo. Trece años y una noche salí despavorido de la casa vieja para preguntar en la plaza a un gordo que estudiaba conmigo y a la chica de la que estaba enamorado si les asustaba la muerte.

La chica se llamaba Juana. Mis dientes sucios, mis paletas rotas, mis ojeras, mi mal olor, mi delgadez. Ella me veía llegar y se iba a Boston. O a California. Sabía nadar muy bien, pero no tanto como Sarita. Y después regresaba a casa y todos dormidos. Cerraba la puerta de la calle y sentado en la sala a oscuras pasaba las páginas de un libro de mi madre. Ya no recuerdo el título. Pero era de mi madre, seguro.

A la mañana siguiente se murió y el libro desapareció de casa. Pero llegaron los libros. Un horror. Y también murió el pollaboba que se dejaba pegar, escupir, el pollaboba del que se reían todos. No lo sabía explicar. En pocas semanas me tenían miedo. Leer y pelear. Romper cabezas. Aplastar caras con las piernas, violentar con las mismas ganas a pibes y pibas. Leer a los sudacas que se comían el mundo con historias de puta madre. Pantaleón y las visitadoras, por ejemplo, un libro del tío ese del que nadie habla y a mí me chifla. El libro, digo. Los funerales de la mama grande, otro libro de otro tío también con el Nobel del que ni mu. También hablo del libro.

Pero durante años dejé de pisar la biblioteca y peleaba en Santa Cruz, La Laguna, algo por Candelaria. Pero las dos capitales eran un campo de batalla que se perdió Kubrick por vivir no sé dónde.

Hasta que volví. Y traje conmigo varios libros robados y una chica que decía estar preñada y la presenté para que cenara esa noche y ya se quedara en casa. Pero le bajó la regla esa misma noche y a la mañana se subió a la guagua y paró en Santa Cruz. La casa al lado del manicomio. Ella también con montañas de libros en la casa y una madre chocha y loca y pegona y mal hablada. No supe nada más de ella, pero de haber sido padre me hubiese puesto cachas para ser bombero o legionario. Nunca guarda bosques. Guarda coches sí, por supuesto.

Regresé y no me perdí más. Eso me dijo uno. Y varios más. Pero lo de pelear se vino conmigo.

Jugando al futbolín un mierda pierde la partida y se caga en mi madre. Lo empotro contra la pared y le reviento los huevos a rodillazos y a cabezazos le quibero la cara. Sangro. Y él. Un poquito. El mismo cabrón hacía solo dos años me intimidada con darme otra cuerada si le miraba a la cara. Me separaron dos señores que luego llevaron al mago de La Orotava a que le curasen las heridas. Pero si está muerto y huele a muerto, grité.

La biblioteca nueva es fea. Fría. Woke hasta las trancas. En los cristales hay nombres de autores pero seguro que pasado mañana borran el noventa por ciento. Entro y no hay un ejemplar de B. Tampoco de M. Busco las edades de lulú que es una mierda de libro de la factoría Disney y encuentro el Alicia en el país de las maravillas con mi firma y la dedicatoria: “Este libro me gusta y con eso basta”.

Ya llevo más de un año sin curro y me informo y puedo sacar ciento cincuenta euros a la semana ayudando a un analfabeto que quiere convertirse en alcalde. Dice que yo era bueno haciendo radio y televisión y entrevistando y haciendo notas de prensa y dando consejos para ganar votos. ¿De quién habla? Pero respondo que sí y empiezo el lunes. Ya me adelantó 500 euros por el sí. Cuatrocientos euros en billetes de cien y cien euros en billetes de cincuenta. ¡Arcalde!

Meto el dinero en casa y aviso a una mujer para que vuelva porque la nevera se puede llenar. Me dice cosas muy feas y que ella se vale por sí misma. Woke. Llamo a otra y esta viene enseguida y me la chupa de puta madre. Es polaca y gordita y siempre está en una silla por fuera del bar. Dos horas después de la mamada se pone como la perra que es y la polla entra como Pedro por su casa por el coño y por el culo y luego me corro y ella pide que se la vuelva a meter por el culo que ahora duele menos y así se corre un montón y grita.

Le enseño los billetes y bajamos y nos tomamos unas cervezas y un bocadillo de pollo con todo. Con todo lo que se le puede meter al pan además del pollo.

Hay un libro que voy a quemar esta noche. Y si arde la casa que arda. Y si arde el mundo que arda. Tengo ganas de ver Melancolía otra vez.


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