Manali - Leh Road (1)

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Agosto de 1994

La niebla empieza a invadirlo todo como si fuera un gélido aliento exhalado por las montañas. Una fina llovizna, casi suspendida en el ambiente, cala nuestras ropas a medida que ascendemos hasta la cumbre del Rotang Pass. Carmen aprieta su cuerpo contra mí y yo oigo castañear sus dientes por encima del ruido de la moto. Allí, donde los vientos monzónicos frenan su ímpetu comienza el auténtico Himalaya, grandioso e inexorable, acentuando la insignificancia de todas las almas que circulan por la ruta de Manali a Leh.

Visitar los altos valles de Lahaul y Pattan, en una moto Enfield Bullet 250, es una experiencia que perdura en el tiempo. Los pasos de montaña superan muchas veces los cinco mil metros de altitud en una sucesión interminable de elevaciones colosales. Las cumbres, solitarias y dramáticas, son testigos permanentes del esfuerzo de aquellas caravanas que antaño se dirigían hacía el Tíbet.

Estando aquí arriba, rodeado de banderas de oración, parece que oyes un viento que retorna trayendo consigo los jadeos que recogió en el pasado. Es como un sueño de vigilia inspirado en pasajes de otras épocas. Pequeños retazos de melancolía de experiencias no vívidas, tan solo leídas y escuchadas, nos empujan a imaginar como si todo estuviera aún aquí, permanente e inmutable, constante e inamovible, vinculado con nuestro tiempo por un fino hilo que se diluye en la memoria.

En Manali esperamos pacientemente hasta que conseguimos la moto. ¡No es tan fácil! ya que el propietario, que nunca antes las ha alquilado para hacer una ruta tan larga y menos por las montañas, se muestra reacio a negociar con nosotros a no ser que depositemos seiscientos dólares en concepto de depósito ( más de lo que cuesta la moto ). Así que tenemos que acudir a unos amigos para que intermedien en el trato del alquiler. Después de dos horas en las que no intervenimos para nada, por fin accede el dueño del taller y salimos de allí montados en una ruidosa y pesada Bullet. Al principio la moto no nos merece demasiada confianza, pero ya en ruta nos damos cuenta de que se trata de una máquina muy dura, aunque bastante incómoda.

Salimos de Manali una mañana expléndida, e inmediatamente nos ponemos a ascender el Rotang Pass, única puerta de entrada por el sur hacia el valle de Lahaul. Los primeros kilómetros son una excursión, ya que la carretera está en muy buen estado si la comparamos con otros tramos que todavía faltan por recorrer. El paraje por el que discurre brilla de esa forma tan especial que solo se ve por encima de los dos mil metros. La cima se encuentra a cincuenta kilómetros de Manali y en el último tramo poco antes de llegar arriba, nos encontramos con una espesa niebla que envuelve todas las montañas circundantes. La carretera va empeorando y da paso a una pista llena de huecos, piedras y barro.

No recuerdo el tiempo que transcurrió hasta que llegamos arriba, pero por momentos tuvimos la idea de volver. El tramo del Rotang Pass es realmente complicado, la nieve acumulada a lo largo de todo el invierno se ha convertido en hielo y la carretera está destrozada. El agua de los deshielos arrastra pedruscos que circulan por el acribillado asfalto y uno no hace más que preguntarse a cada momento, ¿Cómo pasaré por aquí?.

Una vez flanqueado este paso, la densa niebla va desapareciendo y nuevamente aparece el sol. A partir de aquí ya no descenderemos de los 3.500 metros de altitud. El espectáculo es impresionante, montañas de más de seis mil metros elevándose una tras otra como si compitieron en altitud; nieves eternas en los picachos más altos, de un blanco luminoso que molesta a la vista; y allá a lo lejos, debidos los rayos ultravioleta, las montañas se tiñen de azul coronadas de blanquísimas nubes atraídas como un imán.

Esta región es extremadamente seca y las precipitaciones no superan los quince milímetros de media al año. Por eso, los habitantes de estas tierras se han instalado desde hace miles de años en los fértiles valles que discurren entre las montañas. Lenguas de nieve, semejantes a diminutos glaciales, se deslizan laderas abajo derritiéndose y aportando agua a los ríos que son el elemento principal de las poblaciones. Allí, donde es posible arrebatar un poco de terreno a la montaña, se ven terrazas de color verde y amarillo en las que se cultiva un poco de trigo y cebada. Es impresionante la dureza y las condiciones necesarias para vivir aquí. La escasez es la nota dominante, sobre todo durante el invierno, ya que en esa época los valles se quedan totalmente aislados. Las caras curtidas de la gente demuestran la acción de los gélidos vientos y del sol abrasador de la altitud, pero detrás de esa ruda apariencia se esconde una amabilidad y sencillez que nos hace sentir realmente bien.

En el kilómetro ciento siete reportamos gasolina en Tandi, único lugar de todo el trayecto donde es posible conseguir combustible. Llenamos un depósito adiccional de quince litros y nos dirigimos hacia el valle de Pattan, siguiendo el curso del río Chenab entre intermitentes chaparrones de lluvia. A lo largo de las márgenes del río se ven cultivos de patatas, guisantes y lúpulo. Este último representa para la población una nueva fuente de ingresos, ya que se destina exclusivamente para la exportación.

Cruzamos el río y pasamos por la villa de Kishori hacia el templo de  Triloknath, lugar de peregrinación para budistas e hinduistas donde se adora a la reencarnación de Shiva: Avalokite?vara. Numerosos devotos entran y salen del templo cada uno con su particular modo de adoración: giran los molinillos de oraciones entre el humo de los inciensos siguiendo el sentido de las agujas del reloj por estrechos pasillos en la penumbra; paredes gastadas por el roce de los cuerpos que dan vueltas y vueltas sin cesar alrededor de la divinidad. De un atrio exterior viene un olor dulzón suspendido entre monótonos cantos, es hachís, el vínculo utilizado por los shadús para comunicarse con su maestro Shiva. Allí sentados, apoyados en las columnas, fuman una pipa que va de mano en mano llevándose las mentes hacia otras realidades.

Volvemos al valle de Lahaul y somos invitados por Nawang Lama a dormir en el Monasterio de Kardang. Es una auténtica novedad para él, ya que viene de un retiro de tres meses y habla por los codos. Le encanta contarnos historias de sus hazañas psíquicas, aunque la verdad, somos nosotros los que insistimos en que nos cuente su vida. Vemos fotos en blanco y negro de Nawang, sentado y desnudo en la nieve invernal hasta que está se derrita, haciendo las prácticas de Tumo, también conocido como "Fuego Interno"
Alucinante!!!


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