La daga

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Recuerdo cuando mi padre me lo contó. Yo tendría unos cinco años. No me lo podía creer, pero me juró que era totalmente cierto.

—En nuestra familia —comenzó a decir— existe una maldición que consiste en que cuando el padre cumple sesenta y cinco años el hijo primogénito cumple veinticinco. Y así será también en nuestro caso.

—Pero, ¿qué tiene eso de malo? —inquirí.

—Pues que, inexplicablemente, ese mismo día el padre muere y, de esa forma, su hijo heredero ocupa su trono. Y así ha sido de generación en generación. Y así será cuando tú cumplas los veinticinco años. Ya hace tiempo que lo tengo asumido, no pongas esa cara.

El caso es que el día de mi vigésimo quinto aniversario no se cumplió lo que había pronosticado mi padre. Yo me había estado preparando todos esos años para reinar y todo se fue al garete sin ninguna explicación. Ni mi padre se lo podía creer. Sin embargo, se le veía aliviado por haber truncado lo que consideraba un destino familiar inevitable.

Por lo tanto, tuve que intervenir para corregir esa grave anomalía.

Tan supersticioso era mi padre y tantas veces había pronosticado públicamente su fin, que todos creyeron que su muerte había sido voluntaria para no acabar con la saga familiar, algo que habría podido tener consecuencias nefastas para toda la familia actual y su descendencia.

La daga con la cual supuestamente se quitó la vida era la que ha ido pasando de padres a hijos desde tiempo inmemorial, una daga que mi padre guardaba casi con devoción en un cofre.

Recuerdo que cuando alcé el arma asesina, mientras él dormía, resonó por todo el castillo un trueno ensordecedor. ¿Un mal augurio o una señal de complacencia desde el más allá por haber cumplido con lo que estaba escrito? Fuere como fuere, desde entonces los truenos me producen pavor. Me recuerdan lo que todavía me atormenta y no puedo olvidar.

Mañana mi hijo mayor cumplirá veinticinco años y yo sesenta y cinco. Nunca le he explicado qué comporta esta maldita coincidencia y creo que mi mujer tampoco lo ha hecho. Se lo prohibí. Si el maleficio volviera a incumplirse, no quisiera que accediera al trono como yo lo hice.

Hace días que me despierta un trueno y a continuación oigo una música que me pone los pelos de punta y que reconozco como la que sonó durante el sepelio de mi progenitor. Me incorporo y veo que toda la cama está teñida de sangre. Sé que se trata de una alucinación, pero parece tan real... ¿Qué significará todo ello? ¿Solo es una pesadilla o una advertencia?

Esta madrugada he vuelto a revivir la misma experiencia espeluznante. Pero en esta ocasión me ha invadido de pronto un mal augurio. He saltado de la cama sin pensarlo dos veces y he bajado al sótano. He abierto el cofre con manos temblorosas. Mi presentimiento se ha hecho realidad: la daga había desaparecido.

Esta tarde, después de la celebración de nuestro cumpleaños, le he preguntado a mi hijo si sabía dónde estaba la daga familiar.

—Lo ignoro, padre —me ha dicho. Y sin mediar más palabras, me ha dejado plantado en medio del salón mientras los invitados se marchaban.

Pero no me lo creo. Sé que se ha hecho el inocente. Sospecho que la tiene él para perpetrar el mismo acto criminal que yo cometí hoy hace cuarenta años. He decidido, pues, que si al término del día no muero repentinamente de forma natural, como marca el maleficio, por la noche atrancaré la puerta de mi dormitorio. Cuando se lo he contado a mi esposa, me ha mirado con una expresión que no he sabido interpretar. Me ha parecido percibir en sus labios una sonrisa maliciosa.


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