Infancia de un suicida, por partes.

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Infancia de un suicida.

 

Cuando se murió el dictador tenía diez años.  Nos colocaron su mensaje, caramente enmarcado, al lado del primero del Rey. Entrabas al colegio por aquellos días y te dabas de bruces con aquellas siniestras sombras.

Cuando Lolita Galán- que también había visto, y en el mismo lugar que yo, aquel díptico- decidió salvarme de sucumbir en la fuerte marejada de la vida, todavía no era demasiado tarde, por lo que el  título que encabeza el escrito no es del todo exacto. Pero que mantengo por eufónico y casi verdadero. Por tener vocación auténtica, sin materialización es verdad, pero sólo por hecho tan peregrino de haber suscitado el amor de alguien. Cosa que tampoco quiero elevar demasiado a cátedra, por si cambia de opinión y se hace verdadero el título, hecho que me desagradaría. Pero como uno es un anónimo, antes que cualquier otra cosa, me arriesgo, por necesitar también el aplauso del público como actor de esta miserable existencia a la que llamamos vida.

 Y se dirá, qué tiene de particular la infancia de un suicida. La infancia de todo suicida, me atrevería a decir. El suicida se hace durante la infancia. Contribuye al hecho la afición etílica. Nada baladí, ni despreciable asunto. Sobre las razones de esto último no tengo respuesta, que es cosa que tienen que dilucidar los médicos. Imagino que influye lo que se ve en casa, y el gusto que uno le saque al vino. Yo puedo hablar sólo sobre la mía, pero imagino que no le ando demasiado lejos al arquetipo. Que quiere decir, que todo se sujeta a moldes parecidos.

Pero a Lolita Galán debí parecerle un borracho simpático.

Y qué tiene que ver el díptico de marras con el suicidio. Pues no lo sé, pero el caso es que por aquel tiempo  Lolita Galán vio en mí que no era un individuo del todo despreciable. Quizá me vio leer atentamente- como así hice- aquellas dos proclamas. Que no recuerdo exactamente, pero que hacían referencia a que terminaba una etapa y entraba otra. Léase, que entraban otros a mandar, aunque con las mismas consecuencias. Y es entre tales consecuencias donde se enmarca quién ha de ser víctima o victimario. Y uno iba para lo primero, pero llegó la chica y me convenció de tres o cuatro cosas que uno tenía difusas. Con tales aclaraciones pude seguir vida. Qué duda cabe, también su calor contribuyó al hecho.

El “calor”- al margen de la Física: grados Celsius, grados Fahrenheit y todo eso- es un concepto importante en la vida. Su falta nos hace máquinas, autómatas precisos, pero miserables faltos de afecto. Y qué hacemos con un filósofo de la existencia que difícilmente, porque no lo ha recibido, puede darse calor ni a sí mismo. Las calles de las grandes ciudades, entre cartones, están llenas de ellos. En toda ciudad tendría que haber una zona reservada a tales sabios, un espacio donde situar los cartones, un recinto de este tipo, pues es la sociedad la que los produce por su propia consubstancialidad, a modo de lacra inevitable. Igual que se hacen parques y bocas de metro: también el ágora del caído, del derrotado, de quien se ha salido de los cauces por razones misteriosas que sólo se pueden hablar en privado.

Tampoco venía a derivar en queja, sino explicar al respetable que Lolita Galán tuvo la última palabra en relación a lo mío. Un día me encontró por la calle y descubrió en el cristal de mis ojos- aquellos que atentamente habían dado pábulo a la despedida de uno y el saluda del otro- que yo era yo y no otro.

Pero, muchacho (me dijo nada más reconocerme). Cómo vas tan desastrado.

Lolita Galán, lo que tenía de buena, lo tenía también de espontánea.

Ya ves (le dije). No he tenido tiempo de pasarme por el Corte Inglés para ver la moda de la temporada de invierno.

Me invitó a su casa, dejó que me aseara y me vistió como un gentleman con unos ropajes que habían sido de su hermano.

De ahora en adelante, cada cierto tiempo… No vengas todos los días… Vienes a casa, te aseas y a ver si el mercado te da un puesto.

Lolita Galán tenía confianza en el mercado. Yo pensaba que se refería al de abastos. Pero luego me explicó que era un término más amplio y omnicomprensivo.

 Y así es cómo se inicia y concluye el primer capítulo de esta historia verdadera, para edificar al ignorante y confirmar lo que ya saben los avisados y despiertos.

 


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