EL FOTÓGRAFO

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El fotógrafo


Decididamente andaba en la mala. Había discutido con su mujer (ella le echaba en cara lo mucho que gastaba para alimentar su sueño), lo habían suspendido en el trabajo por faltar sin aviso ni justificación y, para colmo, ni siquiera lo mencionaban en el concurso.

Hermindo estaba seguro de que su fotografía era la mejor. Invirtió en ella mucho tiempo y paciencia; se comió fríos y, en ocasiones, se desveló pensando en cómo la haría. Estuvo muchos días de guardia en la cancha de fútbol… mejor dicho, en el potrero del barrio. Eligió aquellos partidos más prometedores, fue a aquellos encuentros entre barrios de dudosa reputación; trató, incluso, de forzar el clima propicio. Y nada ocurría.

Hasta que un día, en un partido muy reñido, se produjo una verdadera batalla campal. Un penal mal cobrado fue el pretexto, el chispazo inicial. Llovieron puñetazos y aparecieron algunas navajas y palos. Hermindo gastó un rollo completo, casi sin focalizar, embriagado, poseído por una tremenda ansiedad.

Envió tres fotografías al concurso, pero su favorita era una ampliación de una imagen general de la pelea. Esa ampliación consistía en un primer plano fuera de foco que mostraba un pedazo de espalda, un brazo, una mano armada con una navaja y, más atrás, bien nítido, un rostro que pasaba de la ira al miedo, de los párpados entrecerrados y rabiosos a los ojos abiertos y con pánico. La boca del muchacho comenzaba a ensayar una negación, un “no” incapaz de detener a aquella mano presa de la furia.

—Me hubiera gustado —le dijo a su mujer— que la navaja estuviera penetrando en la mejilla, que la sangre saltara, y que la boca y los ojos expresaran todo el dolor del mundo. Su mujer lo miró y, diciéndose que cada vez lo conocía menos, corrió a refugiarse en el teleteatro de turno.

Finalmente, su obra no tuvo éxito. Los premios se otorgaron a fotografías infantiles y casi inexpresivas.

—No tiene importancia, —le decía a Roberto— otra vez será…

Roberto, oyente forzado de mil y una charlas, asentía con la cabeza. Estaba convencido de que era un genio y que estos nunca eran valorados en su real dimensión. Era algo así como mirar un edificio a cinco centímetros de distancia.

—Son las generaciones futuras las que otorgan a los destacados su lugar exacto, porque se alejan y adquieren una perspectiva mayor —decía, mientras su amigo volvía a mover la cabeza afirmativamente.

En esos momentos, cuando todo se desmoronaba a su alrededor, pensaba en los grandes hombres del pasado, muchas veces rechazados por su tiempo. A pesar de su autoconsolación caía en profundas crisis, se aislaba, faltaba al trabajo y casi no le hablaba a su mujer.

En aquella tarde de invierno, salió por primera vez después de su fracaso. Se sentía tibiamente optimista. Con un poco de suerte y voluntad, podría superar las eternas discusiones con su mujer, la cuerda floja que era su trabajo y su reciente traspié.

Abrió el diafragma hasta f/5,6 y salió a la calle sintiendo que el frío se colaba por la suela descosida, por las mangas y por el cuello. Tomó por una calle tan solitaria que ni árboles tenía. Lo único que se divisaba era una vieja muy gorda que caminaba hacia él con cierta dificultad. Lo demás eran puertas cerradas, autos estacionados, mudos, algún montón de basura sin moscas ni perros… Después la tarde gris y fría. Instantáneamente, pensó que la vieja sería un buen tema. Se acercaría hasta uno o dos metros y trataría de captar su rostro: gordo, cansado, desagradable tal vez.

Mientras pensaba en eso, vio a la mujer vacilar, manotear el aire y apoyarse en la pared. Corrió hasta ella y pudo oír su jadeo.

—Ayúdeme —suplicó, con una vocecilla que contrastaba con su gruesa humanidad.

Él la miró y reprimió su primer impulso de caridad; enfocó y apretó el obturador.

— ¡Señor! —gimió la vieja, mientras se iba arrodillando.

Hermindo corrió el rollo, enfocó, observó el fotómetro y apretó el obturador sintiendo bajo la piel un cosquilleo inexplicable. Después ya no volvió a ver con dos ojos, todo lo que vio pasó por la cámara antes de llegarle a la retina. La mujer se arrodilló, abrió la boca, extendió las manos trémulas como una niña pidiendo comida, cayó hacia adelante sin decoro alguno, se aferró a la pierna del hombre, giró sobre su cuerpo hasta quedar boca arriba y lanzó un último chillido.

Hermindo, prisionero de quién sabe cuál musa, corría el rollo, enfocaba, disparaba, captando cada instante, cada gesto. Cuando la vieja quedó estática, aferrada aún a su pierna, llena de un silencio plomizo, él bajó la cámara, mientras el sudor se le congelaba en la piel.

Se quedó con los brazos caídos y las piernas separadas, y con la desagradable sensación de que todo giraba, de que alguien movía el piso y solamente permanecían estáticos él y la vieja, con su mueca absurda, estúpida, como todas las cosas.

Del libro "Como pompas de jabón" 


 


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