De cacería II

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En algún lugar, los perros ladraron.

Ladridos furiosos.

Los ahogó un rugido bajo y un aullido que me erizó el pelo de la nuca. Accioné la palanca del Winchester resbaloso. Me acordé de la antorcha de azufre, pero no me atreví a distraerme encendiéndola.

¡Pam! A mi derecha, pero lejos: Néstor o el mellizo Francisco, calculé.

¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! Y un grito. Un grito que se cortó de golpe.

Más ladridos. Y voces. Reconocí la de Arizmendi, llamando a los perros; y la de Néstor llamando al otro mellizo, el que había encontrado al novillo masacrado.

Tembloroso, encendí la antorcha. Me valí de su luz amarillenta para moverme, el humo sulfuroso me sofocaba. La mantuve en alto mientras trataba de orientarme. El mellizo que permanecía a mi izquierda se me acercó, traía su propia antorcha encendida.

—Andan por aquel lado —dijo, y caminó adelante mío—. Vamos.

Lo seguí de cerca, dando vuelta la cabeza a cada paso. Algo, una mano helada, una garra, parecía tirar de mi ropa. Me pregunté si unas balas de plata me habrían dado más confianza que las de punta hueca que llevaba en el cargador.

Hubo un chillido. Y el grito de Arizmendi:

—¡Chungo!

¡Pam! ¡Pam! Mucho más cerca.

El tufo del lobisón era tan espeso como la niebla misma. Respiré con fuerza.

El mellizo se volvió hacia mí, la antorcha le amarilleaba la cara contraída.

—Nos está cazando —dijo, la voz como un graznido—. El hijo de puta nos está cazando a nosotros.

Apenas se veía a unos metros. Más allá, oí pastos aplastados, gruñidos sordos, de lucha. El gemido interminable de un perro. Quizá de un perro.

El mellizo corrió hacia el lugar de donde parecían provenir los ruidos, lo perdí en la bruma.

Corrí yo también, chapoteando, tropezándome con la vegetación podrida.

Sentí como un lanzazo en la pierna. El dolor me arrodilló. La antorcha ya parpadeaba, pero pude distinguir un pedazo de tacuara que me atravesaba el muslo.

Me encontraba en un claro, en medio de un pajonal tupido.

Arranqué la caña y traté de restañar la sangre con el pañuelo.

Llamé a los gritos y sentí a Néstor que me contestaba: no pude identificar desde dónde.

Anduve medio a los saltos, medio arrastrándome, hasta que el cansancio no me permitió dar ni otro paso.

La antorcha se apagó, y quedé cegado hasta que me acostumbré a la oscuridad lechosa que producía la luna llena.

Al rato me pareció distinguir un punto de luz anaranjada, ¿otra antorcha?

—¿Soldati? ¿Néstor? Soy yo —dije—, Teodoro.

Entonces distinguí otro punto de luz, a la misma altura que el primero. Se acercaban a mí.

Había una pestilencia densa, que repelía y daba ganas de aspirarla al mismo tiempo. Yo no podía dejar de mirar las luces anaranjadas, en su interior había chispas verdes que giraban y sendos puntos rojos, como brasas de cigarrillo.

Fascinado, advertí que yo levantaba el Winchester hasta mi cadera y apretaba el gatillo. Mis manos parecían pensar por sí mismas: apalancaban el cerrojo y volvían a disparar. Los tiros me sonaban apagados como estallidos de bolsas de papel.

Una silueta se perfiló en torno a las dos luces, y una respiración de fragua me quemó la cara.

Click.

Así hizo el Winchester: Click, click, y lo dejé caer. Tardó una eternidad en llegar al suelo y hundirse.

En ese momento pensé que no habría nada mejor que cerrar los ojos y dormir. Enrollar el cuerpo y dormir.

La pierna herida no me dolía en absoluto. Me extrañó que no me sostuviera y que, mucho después, mi cara golpeara contra el barro. Pero eso tampoco me dolió.

 

 

—¿... tás bien, Teodoro? —el lobisón seguía clavándome los ojos anaranjados—. ¿Me escuchás?

Su voz me recordaba a la de Néstor. Creo que grité.

—Tranquilo, viejo. Soy yo.

Y era Néstor, que me daba palmadas en las mejillas.

Una raya violeta anunciaba el día. La luna era un disco pálido, pronto a desaparecer.

Quise sentarme. Néstor me sostuvo. Me incliné hacia un costado y vomité.

—Tome un poco de agua, jefe —reconocí a Arizmendi, que me tendía su cantimplora.

Néstor se internó en el fachinal. Alguien, fuera de mi vista, parecía llorar.

Me enjuagué la boca. Miré mi muslo derecho: semejaba un jamón atado con trapos sucios, y latía de dolor.

—Veo que se vendó la herida —dijo—, quizá haya que llevarlo al médico para que la desinfecte y la cosa. ¿Eso se lo hizo el lobisón?

—Se me clavó una tacuara—dije, y después pregunté si yo lo había matado.

—¿A quién? ¿Al lobisón? No, no le pegó ni un tiro.

—¿Y entonces?

—Yo lo maté —dijo Arizmendi. Se humedeció los labios como si se relamiera y repitió:— Yo lo maté. Justo cuando ya se le echaba encima a usted, lo maté.

El día nos alcanzaba con un sol enfermizo. Acomodé la venda improvisada lo mejor que pude, extendiendo el pañuelo pegajoso de sangre y barro.

—Déme una mano —dije—. Ayúdeme a levantarme, quiero ver al animal. ¿Qué son esos gemidos?

Apoyado en Arizmendi esperé a que se me pasara el mareo. Di unos pasos inseguros hasta un matorral de juncos.

Allí lo vi. Vi su cuerpo musculoso y deforme: los hombros anchos, la giba, los brazos desproporcionados, las garras, los colmillos. Una baba espesa se le enredaba en las cerdas del pecho. Los ojos eran de un anaranjado opaco.

—Ahora no parece tan terrible —dije.

—Ahora, no—dijo Arizmendi. Y me señaló los despojos de uno de sus perros, Chungo o Moro, no supe reconocerlo, abierto en canal y enredado en sus propias tripas.

—Al otro lo partió en dos —agregó en voz baja.

—¿Quién llora? —repetí.

—Francisco —dijo—. El lobisón mató al hermano.

Al rato rodeamos el fachinal. El cadáver del mellizo muerto parecía un muñeco descalabrado. Francisco lloraba de espaldas a él, y Néstor, apoyándole una mano en el hombro le hablaba en voz baja. No entendí las palabras, pero vi que el Soldati sobreviviente le ofrecía su Magnum .357, y que asentía.

Entonces noté la cortadura en el brazo de Arizmendi: iba desde el dorso de la mano hasta el codo. Un surco profundo, de bordes irregulares. A los lados ya le aparecían unos pelos negros, cerdosos.

Quise hablar, pero una mirada suya me enmudeció. Me salió un suspiro entrecortado. Arizmendi me sostenía por un brazo, y sus dedos eran un torniquete.

Néstor se nos acercó.

—Llévese a Teodoro hasta el pueblo —le dijo—. Nosotros nos vamos a quedar un rato a limpiar este desastre.

Arizmendi dijo que sí con un gruñido.

CONTINÚA...


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