El buró (Parte 1)

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-I-

Aquella mañana se había levantado de muy buen humor.

Era un día soleado y alegre, como nunca se había disfrutado en las bulliciosas calles del París ochocentista. El bullir del gentío era parte de la idiosincrasia en la hermosa y cultural villa. Raro era el día en que las gentes se cobijaran pronto en sus casas para abandonar el trasiego de la animada tremolina; hiciera sol o tormenta, cayeran chuzos o copos de nieve, siempre había un roto para un descosido, gentes para unos gustos y otros; era el precio a pagar por la variopinta mezcolanza de razas y culturas que se apuntaban a la urbanidad civilizada. Tan sólo la noche cerrada conseguía calmar algo la circulación de esa peculiar sangre que recorría las principales arterias de la ciudad.

Pero por pocas horas: las estrictamente necesarias para cumplir con el obligado descanso.

Jean-Jacques se amamantaba de ese bullicio callejero -mi “droga mundana”, así lo definía con la boca pequeña-, poco a poco, degustándolo, como el que toma la reconfortante sopa con cucharilla postrera.

Los empedrados bulevares, aunque pardos y otoñales, lucían animados como siempre e invitaban al disfrute del paseo.

Así pues, alzando la vista al frente, tomó sin más dilación las riendas de sus largas piernas y comenzó la andadura aceptándolo como un regalo personal, cabeza alzada y pasos medidos, metódicos, amenazando al mundo con su sola presencia.

Se fue trazando mentalmente el itinerario… Acudiría primero al mercadillo para adquirir un pescado -el más barato, su peculio no le daba para más-, un pan y quizás alguna pieza madura de fruta. Después asomaría su figura por alguna de las tabernas de Montparnasse para observar y aprehenderse del perfume de ese curioso submundo. Pero sin prisas -se dijo-; antes pararía en el camino y contemplaría las aguas del Sena donde los patos y sus parientes, los encorsetados cisnes, agitarían sus plumosas colas picoteando no se sabe qué cosas o animalillos que nadaran bajo la superficie. Tal vez pareciera que filosofaran entre ellos… Su fuerte no era precisamente la poesía, pero le resultaba muy embriagador escuchar el contraste del chasquido de sus picos con el chapoteo de las aguas, y eso le hacía detenerse intentando construir en su interior alguna que otra rima, siempre penosas, por cierto.

Allí -meditaba-, en aquellos lugares, dormitaba toda la historia de la bulliciosa urbe… Ese tesoro era lo que el joven escritor pretendía explotar en su propio beneficio; apoderárselo para sí mismo, robarle a la ciudad esos viejos y añorados olores a papel y a madera, a hierro y adobe, a ciencia y arte, y si acaso pudiera, con todos los sentidos, para después trasladarlo a sus historias donde los atrabiliarios personajes creados por su ardorosa imaginación tomaran vida e interpretaran con pasión sus particulares “perfomances”.

Sería un buen día para el paseo, para la contemplación y sentir de nuevo el solaz de notarse vivo y creativo. Recopilaría en su caminar todas esas emociones al vuelo, figuras de caras enfadadas, o alegres, incluso inexpresivas; sonidos, ademanes e insultos, el ruido quejumbroso de carretas y los golpes de los badajos en el campanario de la catedral, la Notre Dame… Coleccionaría los gritos y movimientos de los alfareros y resto de mercaderes, el miedo a los sitios escondidos, algunos oscuros y malolientes de orín y excrementos, el olor caliente de aquellas desdichadas mujeres entradas ya en edad, ahora vendedoras de sexo rancio, la loca algarabía de los niños, ensimismados en sus inocentes o -a veces, las más de las veces, cabría decir- juegos crueles… Todo, todo eso era un material de incalculable valor para sus creaciones.

Tendría la ocasión también de plasmar en su fuero interno la motivación de hombres envueltos empapados en sudor y mugre ética por el esfuerzo de su delincuencia; a los chulos señoritos contratando sexo a las jóvenes prostitutas de las estrechas calles de Montmartre por dos miserables monedas de cobre; el olor a estiércol, a cieno, a aguas estancadas, a hojas muertas… La vida misma, con todos los contrastes que gratuitamente ofrecía su viejo y querido París.

Nada era desechable al escritor que llevaba dentro.

Presto pues, sus primeros pasos se dirigieron hacia los tenderetes que lucían con múltiples colores el asediado mercadillo. Allí dispondría de tres o cuatro monedas fraccionarias que convertirían su bolsa panadera en algo más rollizo que un simple trapo, haciéndose de esta manera también más importante, sobre todo después de haber comprobado mentalmente que el precio total de las vituallas adquiridas había sido muy interesante para su mermada calderilla.

-II-

La charla y discusiones con los mercaderes le divertían sobremanera. Le resultaba un juego emocionante llevarles la contraria con muy simulada mala cara, retándoles siempre hasta la extenuación en el precio que exigían por sus básicas viandas. A menudo conseguía sacarles de sus casillas con argumentos elocuentes y complejos, siempre tramposos, cierto es, hasta que  -de tanta pesadez y mareo gratuito- lograba por fin la venta a la baja y, de esta guisa torticera frente a sus mentes poco educadas, obtener precios más cercanos a sus pretensiones de compra.

Como es natural, sus estratagemas le procuraban que, al darse la vuelta tras obtener el éxito en su pícaro negocio, a sus espaldas algún que otro tendero -dándose cuenta poco después de la trapacería- le dedicara con aspavientos los peores improperios, dirigidos bien hacia su longilínea persona, bien acordándose de su santa y difunta madre.

Pero poco le importaba sus caras destempladas. ¡Todo por la causa! No estaba su economía para comprar un cuartillo a precio de cuartillo y medio.

Sumido en sus pensamientos, apenas se dio cuenta de haber sobrepasado la orilla izquierda del río donde solía sentarse a observar y meditar. Pensó en volver, pero lo desechó al considerar que la vuelta después por el mismo camino también le brindaría la oportunidad de visitar una vez más uno de sus sitios preferidos. Accedió, pues, a la calzada con paso decidido evitando interceptar el camino de un carruaje tirado por un par de hermosos caballos ricamente enjaezados. Debido al frío reinante, el sudor de los nobles brutos que tiraban de la carretela se evaporaba en caprichosas volutas que escapaban de entre sus crines haciendo de sus poderosos cuellos una estampa perfecta para un nuevo cuento que, de repente, se plasmó en su cerebro… Lo anotó en su libreta para después hacer uso conveniente del caprichoso momento.

Tras cruzar el bulevar, dio a parar a la entrada de una empinada callejuela que desembocaba frente a la Estación del Oeste, recientemente construida. Después se pasaría por la estación para echar una primera ojeada; hasta ahora, no había tenido la oportunidad de curiosear en ese lugar, raro en él porque los trenes le habían entusiasmado desde muy pequeño. Había leído en la prensa local que en el futuro esa estación sería un punto de confluencia en el tránsito europeo de mercancías, especialmente desde Alemania, aumentando con ello las posibilidades de exportación, siempre necesario para Francia; aunque también los trenes de pasajeros brindarían a muchas gentes soñadoras como él la oportunidad de conocer más horizontes que los de la antigua Galia.

(Continúa...)


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