El buró (Parte 5)

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...Cuando llegó al portal ya tenía decidido el final del primer relato que escribiría esa noche.

Presto pues, subió los escalones de dos en dos y abrió la puerta…

***

-VII-

La poca luz reinante no ayudaba mucho. Los farolillos de gas existentes en la plaza eran algo mortecinos y el ventanal apenas recogía sus débiles reflejos; tomó a tientas el candil de parafina que tenía en la pared, localizó la mecha y la prendió. Poco a poco, la temblorosa proyección de la llama le permitió distinguir con más claridad los objetos circundantes y lo primero que hizo fue buscar entre la semipenumbra la figura del buró.

Se acercó y observó extrañado que a la izquierda del tapete se disponían, perfectamente ordenadas, unos cientos de cuartillas de papel en blanco que él no recordaba haber dejado allí.  Pero lo que más le sobresaltó -poniéndosele esta vez los pelos como escarpias- fue la disposición del tintero y la pluma, ambos meticulosamente preparados para la escritura.

Era evidente que él no había sido el autor de esos preparativos pues hasta su vuelta carecía del material necesario. Se quedó pensativo intentando descifrar el misterio, lucubrando sobre quién pudiera haber entrado en su morada y gastarle la “divertida” broma.

Quizás fueran los recientes vapores del vino -se dijo, dubitativo.

Dejó el capote sobre el lecho y, con ciertas precauciones, tomó asiento frente al buró dispuesto a plasmar algunas ideas…

…¡Valdría más que no lo hubiera hecho!…

Una especie de halo carmesí rodeó todo el contorno, como si una burbuja hecha de un magma líquido y transparente hiciera de ambos, escritor y buró, un mundo aparte de aspecto infernal. Las gavetas del escritorio -excepto dos- se abrieron y cerraron sin cesar comenzando a interpretar una melodía agónica y tamboril imitando los latidos de un corazón…

… Pom, pom, pom, pom, pom, con un ritmo rápido… cada vez más rápido…

Tras esta primera acometida fue bajando durante unos segundos para después retomarlo alocadamente, y así secuencialmente, una vez tras otra…, pom…, pom… pom…, una y otra vez, una y otra vez…

En el intervalo de esos espasmos cardíacos uno de los folios se movió lentamente, como llevado por una invisible y fantasmal mano, para después colocarse en el tablero frente a los desencajados ojos de Jean-Jacques… Un segundo después, la embrujada pluma salió del tintero y repitió el mismo movimiento con vida propia, con la punta ya humedecida en tinta, lista para la escritura, ofreciéndose con movimientos sensuales a la mano del escritor e incitándole a plasmar en el folio todas las ideas de un gran relato.

-¡Esto es… esto es insólito; tengo que estar soñando! ¡He de levantarme y salir de aquí…! -gritó aterrado, negándose a la fantasmal invitación del utensilio.

Bastó pronunciar estas últimas palabras para que en un instante, como un resorte y a una sola orden, se abrieran las dos gavetas que aún permanecían cerradas saliendo de ellas cinco pequeños diablillos. Su aspecto, pese a su pequeñez, era tenebroso: ojos grandes y rasgados, incendiados de odio, piel arrugada de un color rojo sangre, unas bocas contraídas por risas burlonas y crueles, y sus piernas remedando las patas posteriores de un macho cabrío.

Los cinco vestían pantalón corto de peto y una camisa a cuadros azules.

Sin más dilación, de un saltito y todos a una, se precipitaron desde el borde de las gavetas hasta el centro del tablero y, con movimientos perfectamente aprendidos y controlados, al unísono, cogidos de la mano a veces, sueltos en algún compás en otras, comenzaron a ejecutar un baile obsceno, retorciéndose, dándose palmadas, juntando sus bocas y sobándose voluptuosamente las entrepiernas unos a otros…

Gritaban, repetidamente, cada uno de ellos con una vocal distinta, ¡Ja, Ja…!, ¡Je, Je…!, ¡Ji, Ji…!, ¡Jo, Jo…!, ¡Ju, Ju…!,  y no porque se carcajearan del joven y aterrado escritor, sino porque pronunciaban sus propios nombres a modo de presentación mirándole fijamente a los ojos.

-¡Esto es delirante… Dios mío, quiero salir de aquí! -gritó, intentando levantarse del asiento y huir de aquella horrible escena, sin conseguirlo.

De súbito, se hizo el más absoluto silencio. Las gavetas cerraron su infernal tamborileo y los diablillos aprovecharon ese momento de distracción para, entre los cinco, sujetar al escritor con sus pequeñas garras de seis dedos y conseguir de esta forma hacerle coger por fin la volátil pluma. Sintió repentinamente una insuperable comezón en su mano, un deseo irrefrenable de contar historias, cuantas más mejor, cientos de relatos… Ese había sido siempre su deseo…

¡Y a buen seguro que cumpliría su sueño…!

Todo lo demás aconteció de esta misma forma, mañana tras mañana, tarde tras tarde, noche tras noche, hasta el final de la semana siguiente en que sus fuerzas se extinguieron y se dio por vencido frente a su bello y maravilloso buró.

Al cabo, cientos de hojas manuscritas quedaron dispersas en el suelo; los diablillos iniciaron rápidamente la recogida guardándolas en perfecto orden, distribuyendo las resmas entre las diversas gavetas del escritorio.  Después, con la técnica propia del más experto cirujano, cortaron del vientre de Jean-Jacques un trozo rectangular de piel, guardándola bajo llave.

Finalizado el trabajo, se retiraron entre carcajadas para despedirse, encerrándose en los nidos que antes los habían cobijado.

La esfera infernal desapareció y todo volvió a la normalidad…

Excepto Jean-Jacques.

(Continúa...)


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