Sin retorno II

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Carmen hizo ese gesto de reprobación que tan bien le conozco, y solté a la Lady: lo que menos quería era una escenita de celos; además, nunca le di esperanzas.

—Cartón lleno —dije—. ¿El frasco?

El Laucha se paró encima de la cama y rebuscó en la punta del taparrollos. El frasco de insulina relumbró entre sus dedos.

Regina dejó caer el sobre con la jeringa y la aguja. Nos quedamos contemplando el envoltorio plástico.

—Ahora —dijo Ordóñez, y empezó a gesticular— nos falta decidir quiénes serán los emisarios. Un dilema bien difícil, damas y caballeros aquí presentes… si se me permite el término “dilema”. ¿Quién? ¿Quiénes pondrán coto a tan dolorosa situación, eh? ¿Quiénes modificarán la inercia de un cuerpo que se desplaza con velocidad uniforme?

Todavía la pastilla no le había hecho efecto, deduje.

—Pare, ingeniero —dijo el Laucha, y sacó un mazo de naipes del armario—. Acá tengo la solución. Los dos primeros reyes son los elegidos.

Se sentó arriba de la almohada, volvió a adoptar la posición de Buda y mezcló las barajas. Carmen cortó.

Rodeamos la cama.

El Laucha empezó a repartir.

—Los reyes ganan —murmuraba—. Los reyes pierden. Los reyes ganan… Los reyes…

Un tres.

Una sota.

El dos de copas.

Los naipes revoloteaban y caían como sentencias. El caballo de oros. Un cinco. Otro dos. Una gota de transpiración me bajó por la espalda.

Cuando le tocó a él, el Laucha se quedó mirando su carta.

Nos mostró el rey de bastos.

Alguien suspiró, y sentí la mano de la Lady buscando la mía. Se la oprimí con fuerza.

—Los reyes… ganan —continuó murmurando el Laucha, y le temblaba la voz—. El Laucha pierde.

Otra sota.

El as de espadas.

—Se dividieron sus vestidos —dijo Regina—. Y echaron a suertes su manto.

Un seis cayó frente a Ordóñez, y otra sota ante la Lady. Contuve la respiración hasta descubrir el siete de bastos que me había tocado, y sentí una alegría mezquina.

Un ocho para Carmen, un tres para Regina.

Una carta más.

Zunilda se tapó la boca y empezó a llorar: el rey de espadas era suyo.

El Laucha recogió las barajas y las mezcló con gesto mecánico. Lo miré y me guiñó un ojo.

—No puedo —dijo Zuni—. Yo no puedo.

Carmen la abrazó.

—El momento de una resultante —recitó Ordóñez, mientras daba vueltas por la pieza— es igual a la suma de momentos de las fuerzas que la componen.

—Cuando vivía en el sur —lo interrumpió el Laucha—, las avutardas eran una plaga.

Lo observé: quizás él también necesitara una tableta o dos. La mano de la Lady era una garra estrujándome los dedos.

—¿Las avutardas?

—Las avutardas —continuó el Laucha, ausente—. Unos pajarracos de vuelto corto; como nosotros. Se comen el pasto de las ovejas. Entonces hay que arriar las bandadas de avutardas. Con una avioneta, se hace. Las asustan y empiezan a volar. Las van persiguiendo mar adentro, hasta el punto de no retorno.

—Qué punto —preguntó Regina, que torcía la cabeza.

Zunilda seguía llorando en los brazos de Carmen.

—El punto de no retorno —repitió el Laucha—. El punto en que ya no pueden volver de tan cansadas que están. Vuelan hacia la costa y van cayendo al agua. Desde la playa, son una nube disgregándose. Parece como que lloviera. Y llueve, sí, llueven avutardas...

La Lady le manoteó las cartas y empezó a buscar.

—Dame eso acá —dije, y se las arrebaté—. Voy yo. Zuni, tranquilizate: voy yo.

 

—Nos queda menos de media hora —el Laucha se apoyó en la puerta vaivén y me miró—. Marito...

—¿Qué?

—Gracias.

—¿Por?

—Con la Zunilda no hubiera podido...

—Movete, viejo choto —dije—, o te empujo adentro.

Bajo los tubos fluorescentes, Laura ocupaba la cama de la derecha. La otra permanecía vacía. El clac-pufff del respirador era el único sonido. El Laucha se acercó a ese bulto minúsculo que había sido Laura Ríos. La alegre, la dulce Laura Ríos.

Clac-pufff, clac-pufff.

—Adiós, hermosa —dijo, y le pasó los dedos temblorosos por el pelo húmedo—. Adiós.

Le apreté el brazo al Laucha: lo vi tragar con dificultad, mientras llenaba la jeringa.

—Cuánto —pregunté.

—Todo —dijo, y noté su rabia, su furia—. Todo el frasco, no sea cosa que...

Hizo dos intentos por atravesar la ampolleta plástica de la cánula, y falló. La aguja resbalaba en la superficie curva.

—Puta madre —rezongó—. No se deja. Pero no te vamos a fallar, Laurita.

Le arrebaté la jeringa.

—Sostené el tubo —dije.

Lo agarró como estrangulándolo.

Clavé la aguja y empujé con el pulgar. La insulina cayó en un chorro incoloro. Se me nubló la vista, sentí el tope del émbolo. Me sentí más viejo y más inútil que nunca. Las piernas y el corazón me pesaban, el pijama se me pegaba al cuerpo.

 

En la pieza del Laucha sólo quedaban Regina y la Lady. Nos contaron que Carmen se había llevado a la Zuni. Y que Ordóñez, finalmente alcanzado por el rayo del Valium, se había ido tanteando las paredes y haciendo eses.

Nos quedamos en silencio, aguardando.

 

En algún momento sonó el pitido de la alarma. Y, aunque lo esperábamos, nos dio impresión.

Escuchamos el arrastrar violento de las sillas y las corridas en el pasillo. La voz ronca de Iturbe, puteando y reclamando a gritos el desfibrilador. Los movimientos pesados de Gómez, que también gritaba. El zumbido me taladraba los nervios. ¿Por qué no la apagaban de una buena vez a la alarma esa?

Cuando se alejaron nos dispersamos. Le di un abrazo al pobre Laucha antes de salir.

Noté que Regina rezaba en voz baja cuando entró en su pieza.

Escuché a Gómez: desde la centralita intentaba comunicarse con el doctor Imbert.

 

Me detuve frente a la puerta de la Lady, que la empujó y se mantuvo allí, sosteniéndola.

—Si me quedo sola, no voy a poder dormir.

—Ni yo —dije.

Cuando nos acostamos, entrelazó sus piernas con las mías.

—Nos van a descubrir —dijo con los labios pegados a mi pecho—. A la primera de cambio, Ordóñez o Zuni van a contar lo que hicimos, Mario. Y de ahí, derecho al manicomio.

—No creo —dije, acariciándola—. Pero, llegado el caso de que alguno se vaya de boca, los capos se callarán muy bien callados. ¿Te imaginás los titulares, los noticieros? No, Patricia: van a cerrar el pico, y a seguir cobrando por cada día que mantengan con aliento a un viejo.

Me besó y dijo:

—¿Lo repetirías por mí?

—Vas a vivir mil años más.

—Puede que sí, pero no sé si quiero durar tanto.

—Yo tampoco.

—¿Te sentís vivo? —dijo, mientras tironeaba para sacarse el camisón—. Digo, vivo de vida, no de duración.

—Todavía sí —me sonreí en la penumbra—. Y en estos momentos siento unas partes más vivas que otras.

—Ramírez —dijo, y se estiró como una gata—, usted es un viejo verde.

Me volví para abrazarla.

Mierda, pensé, cumplimos la promesa. Laura había escapado: indiferente al punto de no retorno, volaba mar adentro.

Una joven avutarda aleteando con fuerza en el cielo azul.

Volaba.

Y la costa era una línea que se perdía en el horizonte.


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