Algunas mujeres (2): Del 1.900...

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Maneja la vieja el bolillo cual eficaz cirujana; de izquierda a derecha lo lleva con soltura increíble tejiendo el encaje con sus finos hilos. Lo mira descuidando sus dedos, sus curvados dedos, de soslayo a sus ojos, casi huyendo de ellos por miedo a encontrarse el desprecio, o buscando en algún descuido sumirse en su fondo en defecto del cariño que merece y cien veces negado, por olvido, por despego, por distancia, por ausencia, por silencios ni siquiera estudiados.

Canturrea la anciana una rancia canción de labranza que habla de un amanecer lejano en la que el sol, la azada y los bueyes interpretan la pasada historia de una antigua nación, casi extraña para él, de cuento de miedo quizá; y se nota que siente en su frente el hoy seco sudor del esposo marcando otra dura faena en el pedregal, rompiendo la tierra a golpe de esfuerzos y “¡mecagoendios!”... Y el botijo, el fresco botijo que amparó del cansancio y la sed al sufrido labriego con el dulce frescor de su arcilla.

Remueve con celo el puchero cual sutil cocinera, curtida en mil ollas del pobre, sentada en su baja sillita de mimbre del mil novecientos frente al fuego del hogar, rojo y crepitante, absorta en ambas faenas mientras dibuja en el hervidero del sustancioso magma esos circulares y rítmicos bailes con la misma cuchara de tosca madera que batió en su guerra tantos tropezones y secos garbanzos… desde entonces.

De nuevo se ha vuelto y le ha buscado con esa mirada huidiza, sin palabras, vestida de negro azabache, como siempre desde que él nació, desdentada y arrugando el ceño; su cabeza es un bulto pequeño que deja escapar un mechón plateado de un pelo ya ralo que esconde un viejo pañuelo de paño…  Y, quizás aburrida de ver que no mira y tampoco le habla, retoma con quebrada voz ese canturreo de albas en el duro campo, sus albas, y deja escapar una lágrima por saberse querida por él, que en el Cielo está y también la espera, como afirma entre lloros cuando reza en silencio al salir el sol…

Lo recuerda entre lágrimas al abrir su ventana, su única ventana, frente al pedregal.

Vuelve al trabajo, observa de nuevo el puchero del que surgen airados vapores; se sienta y remata bajo un corto suspiro el último encaje en ese blanco sudario que lleva tejiendo más de seis años desde su partida, su último adiós.

El traje de novia está listo.

Recuenta la abuela su tiempo cual sutil relojero…

El poco que le resta…

Mirando a su nieto…

Que la ignora.


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